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Archivo 002 Un Maniquí

   La policía de Monterrey levantaba de entre los escombros los restos humanos que había dejado el aparatoso incendio de un almacén de ropa. Juan Casas era el dueño, dijo que estaba igual de sorprendido que la comunidad, pues no entendía el motivo por el cual su negocio se había incendiado sin que los bomberos -prácticamente- no se dieran cuenta. Comentaba que el negocio contaba con una muy buena alarma de incendios sin embargo pareció no funcionar bien.

   Juan, a pesar de lo sucedido,se sentía con suerte puesto que la noche anterior había salido de prisa del almacén después de recibir el último embarque de maniquís, sin embargo el resto de los trabajadores se quedarían esa noche ya que tocaba hacer inventario, cosa que para desgracia de ellos desembocó en tan terrible tragedia. Mientras que Juan le explicaba a los medios, una voz áspera gritaba desde algún lugar debajo de los escombros. Los rescatistas, policías, bomberos y demás voluntarios se alertaban del sonido y le buscaban. Después de algunas horas y de tensión televisiva encontraron a un hombre al que después se identificó como Antonio Rivera, uno de los obreros, presentaba heridas muy leves y quemaduras casi sin importancia, dentro de esta notica que ya parecía de por sí extraordinaria debido a la magnitud del incidente, también hicieron notar el curioso maniqui que se había encontrado sin marcas de nada, a lo cual la prensa se agarro para hacer especulaciones fantasiosas y sensacionalistas. Antonio se mostraba trastornado y algo impaciente por abandonar el lugar. -Oye chico, tranquilo, todo va a estar bien. Tranquilízate, el peligro ya paso- Le dijo Fernando Salinas, un policía local, como era de esperarse, Antonio no respondía a nada, solo repetía su nombre una y otra vez y entre veces pedía auxilio mientras se tocaba la yema de los dedos con el pulgar, en ambas manos. Cuando otro agente se acerco a Fernando para contarle de la hazaña del maniquí y mostrárselo, Antonio comenzó a gritar, gritaba desesperadamente, le temblaban las manos -¡Quítenmelo, quítenmelo!- gritaba esquizofrénicamente Antonio.
-¡Tranquilo!- Le dijo el policía sosteniéndolo y tratando de inmovilizarlo. -¡Es el, es el, no dejen que me haga nada!- gritaba al tiempo que se jalaba hacia atrás de ellos. -¿Pero de que rayos estas hablando chico?, realmente te afecto lo del incendio- Al poco tiempo del aquel incidente, se dictaminó que Antonio había quedado demasiado perturbado como para seguir con una vida normal, por lo que fue confinado a un hospital siquiatría o donde al menos, en palabras del mismo Antonio, podía sentirse seguro de lo que había aun ahí afuera, puesto que siempre decía que había sido el maniqui el que había iniciado el incendio, pero según palabras de algunos enfermeros, Antonio en ocasiones recordaba mientras dormía lo que había pasado esa noche y recaía en su misma enfermedad, despertando violentamente, golpeándose la cabeza, aventándose contra las paredes acolchonadas.

   Una noche, Antonio rondaba por los pasillos del hospital y pudo ver por la ventana como una vagoneta se echaba de reversa en la puerta principal. Tras el vidrio observo como bajaban tres objetos que asimilaban la forma de un maniquí. Sintió como el frió le recorría la piel. Se armo de valor y bajo de cuclillas hasta el sótano, tomo una escoba y regreso hasta el almacén. El Dr. Nicolás Gutierrez atendía al señor que había llegado con la vagoneta, mientras que Antonio se escabullía entre las cosas del pequeño almacén y llegaba hasta lo que a él le había parecido tres maniquís. El doctor firmo de recibido y en seguida el conductor de la vagoneta se marcho. Nicolas cerro la puerta tras él, apago las luces y salió del almacén. Antonio aun estaba adentro y descubrió las tres figuras quitándoles la manta blanca con las que estaban tapadas. Entro en shock, miro a los tres maniquís y recordó todo muy rápido, sintiendo un frío que le hizo doler hasta la espina dorsal, para cuando volvió en si, había quebrado dos de ellas y se abalanzaba sobre la única que una aun estaba intacta. El doctor, que se encontraba al final del pasillo, escucho todo aquel ruido, dirigiéndose casi impulsivamente para ver que ocurría y justo entro para ver como Antonio aplastaba la cabeza del tercer maniquí. - Seguridad, necesito ayuda, paciente con ataque de histeria, estoy en el cuarto de almacén- gritó el doctor a través de un pequeño walkie-talkie y después de una breve estática hubo respuesta, una voz gruesa respondió que estaban en camino y fue en menos de un minuto, al entrar a la habitación vieron a Antonio gritar de locura y desesperación, de pronto uno de ellos le agarro por la espalda mientras que el otro le inyectaba morfina. -¡Tranquilo, tranquilo, todo va estar bien!- le decía forcejeando uno de los guardias. -yo sabia que algún día te descontrolarías, Detenlo ahí - En pocos minutos Antonio fue perdiendo fuerza y el sueño le iba venciendo hasta que por fin cayó dormido. Lo ultimo que alcanzo a ver fue borrosamente al doctor que le repetía constantemente, "a partir de ahora,todo va a estar bien."

   Antonio recobro el conocimiento, y aunque sabia que estaba desnudo, no sentía ni frió ni calor. Tampoco se podía mover, unos cinturones le mantenían pegado a la cama que estaba completamente parada. Movió los ojos de un lado a otro y se dio cuenta que estaba en una sala de operaciones que no conocía y que nunca la había visto en el tiempo que había estado en el sanatorio.



Orlando G

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En el texto hay: historias cortas, terror, terror creepypastas

Editado: 13.09.2019

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