Belleza bestial.

Alma del bien y el mal.

Aquí están los frascos vacíos para quienes navegan libres de culpa. Hay setecientas formas de evacuar la materia y reposar en lo incapturable, saciar la sed de vacío acaparando la trinchera de su alma vieja.

Entre las cavilaciones de los suspiros descansan pensamientos de tinieblas, fúnebres en su especie como témpanos recorriendo la espalda, espadas creando yagas, cuartadas abismadas en una bruma. Noches de brujas.

Han recluido dentro de las literas un cerebro impaciente, colapsan a diario ideas suicidas y desploman sobre la tierra las calcinaciones de un corazón envenenado. Una boca de estómago que destruye los toques mentirosos. Labiosidad.

Más que la moral hechiza de un rancio libro, donde su lomo guarda las pretensiones de guerras ganadas, victorias ficticias de un fugitivo; están tus manos edificando el cascarón terco de una libertad insistente, necesaria, hastiada del azúcar familiar.

Con lo que tus zapatos deshacen Aureliano dirigió sus tropas, al costado de un chiquillo igual de ansioso. Le purgó el carácter débil sobreponiendo la divinidad de tener independencia. Empuñar no sólo la máscara sino el títere completo, sus envergaduras debajo de la madera bien tallada. Con los hilos perforando ambos pulmones.

Mujer, en la puesta que Pascal heredó a la historia, al equilibro cristiano y metafísico; permanezco en la identidad de lo malévolo. Mi reciprocidad proviene del infierno y espejeo lo nauseabundo de mi existencia con la poca certeza que ser horrible me deja. No importa cuántas veces el alma de Dios esté más allá del bien y el mal, para mí atraviesa los desiertos con el agua suficiente. En imágenes sucias y arquetípicas de quien lame la luna buscando su miel.

Perdóname, mujer, y después huye, regocíjate y sé feliz. Pelea, muerde, clava, astilla, corta la respiración y hazlos morir; pero a mí perdóname. Limpia mis pecados con la saliva bendita debajo de tu lengua, escuece mi corazón fragmentado por este vértigo. Adormece mis sentidos hasta crear una fibra con ellos y humectar tus mejillas de mí.

Haz que mi sangre no valga una mierda. Mira lo que soy, tengo el espíritu muerto porque el hombre madura hasta que sus alas se trizan con el abandono, y comprende que la gloria estaba en lo que había maltratado. Malditos poetas los aborrezco.

 

 



Daniela Araujo

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En el texto hay: romance, poesia, prosapoetica

Editado: 07.11.2020

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