Between home and dream

Capitulo 10: revelacion

Jay subía los escalones con el grimorio en la mano, apretándolo como si se le pudiera escapar. A cada paso, los recuerdos se arremolinaban en su mente: cuando conoció a Lilith en la secundaria; la primera vez que sostuvo un arma; y la última vez que la usó, antes de volver. Ahora, con todo lo que había visto y sabido, cada uno de esos momentos se sentía… distinto.

Al llegar al final de la escalera, cerró la puerta del sótano con cuidado y apoyó la espalda contra ella. Suspiró. El aire del piso superior parecía más ligero que el del sótano, pero no por eso más limpio. Se dio vuelta y se sorprendió. Donde antes había una línea vertical en el empapelado —la cicatriz que marcaba la entrada a la puerta oculta—, ahora no había nada.

La superficie estaba lisa, continua, como si jamás hubiese sido interrumpida. Tocó la pared con la palma de la mano. Liso. Frío. Inerte, como si la memoria misma hubiera sido borrada.

El corazón se le aceleró. Miró su mano: el grimorio seguía allí. Pesado. Con textura. Real.

La puerta había desaparecido, pero lo que ocurrió detrás de ella seguía intacto.

No sabía qué había provocado esa desaparición, pero intuyó algo: la ilusión se estaba defendiendo.

Se apresuró. Tenía que esconder el libro antes de que Lilith y Sophie volvieran. Eligió un lugar que solo él podría recordar, al que solo él tenía acceso: el baúl de su auto. Sophie tenía prohibido subirse sin supervisión, y Lilith usaba el suyo propio.

Abrió una compuerta de mantenimiento en el baúl —una vieja trampa que recordaba desde que restauró el auto— y escondió el grimorio allí, envuelto en una manta de herramientas. Cerró con firmeza justo cuando escuchó el motor del coche familiar apagarse frente a la casa.

Se adelantó a la sala de estar y se sentó, tratando de respirar lo más tranquilo posible. El corazón aún le latía fuerte, pero su rostro era una máscara domesticada.

La puerta se abrió y Sophie entró como una reina victoriosa.

Detrás de ella, Lilith cargaba tres bolsas entre los brazos. Su rostro estaba iluminado por una expresión serena, levemente divertida.

—Sofi, ve a lavarte las manos, por favor —dijo sin alzar la voz.

—Sí, mamá —respondió la niña, desapareciendo por el pasillo.

Jay la saludó con una sonrisa que sonaba más natural de lo que él mismo esperaba.

—Por fin volvieron —dijo, como si no hubiera pasado nada.

—Sí —respondió Lilith—. Y con refuerzos.

Jay se acercó para ayudarla con las bolsas. Las apoyó sobre la mesa y abrió una de ellas.

—¿Cómo les fue? —preguntó.

Lilith sonrió.

—Fíjate en eso y vas a ver —dijo, señalando el contenido.

Jay apartó algunos productos y encontró dos cajas de cereales de colores. Rio por lo bajo.

—Te lo dije…

—Y eso que no viste la otra que quedó en el auto —replicó Lilith, con una mirada cómplice—. Ayúdame a traerla.

Jay resopló, fingiendo rendición.

—Qué débiles somos…

Salieron juntos al frente de la casa. El aire fresco los recibió con un suspiro, casi como una promesa de normalidad que, sin embargo, parecía demasiado frágil para sostenerse. Lilith abrió el baúl de su coche y buscó entre las bolsas. Sacó un paquete pequeño, rectangular.

—Mira lo que compré —dijo, mostrándoselo.

Jay frunció el ceño. Lo reconoció al instante.

—¿Esto es…?

—Sí. Esa golosina que compartimos en nuestra primera cita —dijo ella, con una sonrisa tenue—. Las vi en el estante y me pareció lindo traerlas. Capaz podemos repetir aquella noche, ¿no?

Jay la miró. Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Ella sostenía ese recuerdo como un tesoro frágil y valioso.

Y él la veía sonreír como si ella tuviera en sus manos un tesoro. Algo en ese gesto —pequeño, dulce, doméstico— le llegó hondo.

—Sin duda lo haremos —dijo, y le sonrió con sinceridad.

Desde el interior de la casa, la voz de Sophie rompió el momento:

—¡Mamá, tengo hambre! ¿Puedo abrir algo?

—¡Ahí voy, cariño! —respondió Lilith, dándole el paquete a Jay para que cargara lo demás.

Ella regresó hacia la casa con pasos suaves, livianos. Jay la siguió con la mirada, sin moverse aún. Su figura, su silueta contra el fondo del día, se le hacía hermosa y, por alguna razón, levemente distante.

Se quedó allí unos segundos, mirando el vecindario.

Las casas perfectas. El césped recortado. Las nubes quietas en el cielo.

Todo parecía tan… ordenado.

“¿Todo esto es falso?” La pregunta se repetía en su mente, no como duda, sino como un golpe frío que le atravesaba el pecho.

Apretó el envoltorio de la golosina con la mano, como sellando una promesa silenciosa.

Encontraría al conjurador.

Y cuando lo hiciera, sabría, al fin, cuál parte de todo esto era real.

Guardó el paquete en el bolsillo y entró a la casa con las bolsas.




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