Cada Diciembre

CAPITULO IV

SIENNA

-¿Qué te pasa, Angie? Te escucho triste. ¿No has podido hablar con Kris? -Oliver insiste. Hoy fue un pésimo día. Llegué tarde al trabajo y el niño de papi ya me contó el primer strike.

-No es nada nuevo, simplemente llegó diciembre y sabes cómo me pone eso- Coloco el auricular aún más cerca de mi oído ya que la conversación se puso seria y Oliver tiende a bajar la voz, y por tonto que suene, siento que tiene el efecto que él desea. Profundidad.

-Trata de olvidarlo porque te haces daño, sabes que te adoro, pero no entiendo cómo siendo tan lista no puedas entender que ponerte así no te hace ningún bien.

-No puedo evitarlo, Oliver no sabes lo que es estar encerrada y que la cárcel seas tú misma.

-Conocí gente presa de verdad, tú no lo eres. No sabes de lo que hablas- el dolor de su voz es evidente. Sé de quién me habla. Sé cuánto lo extraña y cuánto se culpa por no haber notado los problemas que lo consumieron.

-Lo lamento, no imagino cuán dura puede ser la vida sin Ronnie- estiro las piernas alzándolas y apoyo los pies en el espaldar de mi cama mientras miro el poster de Gladiador que está a un lado. Era mi película favorita con mi abuelo. Porque también tengo una película favorita con cada persona que quiero.

Yo soy Lucilla, triste. Una sombra que teme gritar que está asustada, que se está quedando vacía, pero a mí no me amenaza ningún Comodus, a mí me encierra el orgullo, el rechazo de que la gente me vea débil.

-¿Angie? ¿Escuchaste algo de lo que dije?

Carajo.

-No, lo siento. Me distraje pensando. Pero te ofrezco un trato. Yo voy a tratar de manejar mi mierda cuando tú por fin aceptes que eras solo un niño. No era tu responsabilidad estar pendiente de Ron, tú lo amabas y en ese momento no podías notar todo lo que sucede a tu alrededor.

-Angie, si amas a alguien siempre te vas a sentir culpable por una acción; la cometas o no- es cierto- Pero me gusta tu trato. Dejar atrás tanto dolor no es una mala idea, ¿no crees?

Si tan solo fuera fácil.

-Lo pensaré, te lo prometo.

-Ya no llores- la línea queda en silencio unos segundos-Llama si necesitas algo, lo que sea, Sienna.

-Está bien. Te quiero, Oliver.

-No te pongas cursi, Rojita- él cuelga y puedo jurar que está sonriendo.

Oliver perdió a Ron cuando tenía 11 años y compartían habitación. Ronald se deprimió cuando su novia diez años mayor lo dejó y lo usó para robarle sus ahorros para la universidad. Ron quería estudiar en el continente Ingeniería Ambiental. Soñaba con mantener la belleza de la isla.

No solo se llevó su dinero, se llevó su vida. Le enseñó las drogas.

La isla es pequeña pero la mierda alcanza los rincones más recónditos; así que no estamos a salvo de esa porquería.

Ron murió un Diciembre.

Otra razón más para odiarlo.

 

 

 

La hacienda Miller es bellísima, está ubicada en un punto donde la luz del sol la hace lucir perfecta.

Faltan diez minutos para las nueve de la mañana y ya estoy en la puerta de la casa. El niño de papi ayer me regañó por impuntual y hoy no pienso darle el gusto. No quiso escuchar razones y eso ya me tiene de mal humor. Escucho pasos acercándose y la puerta se abre.

Ahora que me domina más la ira que la vergüenza me permito echarle un mejor vistazo a James O’Connell.

Su cabello es oscuro; una tonalidad entre castaño y azabache. Su piel está sonrosada y me sorprende que la isla ya haya hecho efecto ahí, ya que en Inglaterra es invierno. Su nariz, cómo no, es respingada, pero sus pómulos le agregan masculinidad a este rasgo. Su barba es ligera y no sé qué es esta maldita cosa de querer pasar mis dedos por ahí. Es más alto que yo y eso aquí es muy raro, porque las chicas no suelen ser altas, excepto yo.

No podría describir su musculatura ya que tiene una chaqueta pero puedo decir que se mantiene en forma.

-Señorita Cross, ha llegado diez minutos antes.

-Sí, señor. La impuntualidad no es lo mío- mi tono irónico no pasa desapercibido para él.

-Así veo- baja los dos escalones de la puerta y lo escucho susurrar –Ya sé porqué está brillando el sol.

Imbécil.

 

Después de recorrer la hacienda, cosa que nos tomó unas cuatro horas, volvemos a la casa. Al ser casi las dos de la tarde me dirijo a la cocina para preparar el almuerzo. Niño de papi me detiene en un segundo.

-Señorita Cross, ¿Tiene hambre?

-La verdad es que no, Sr O’Connell.

Pasa la mano por su cabello, que a pesar de ser negro es tan malditamente brillante y sonríe con sorna –Señorita Cross, le haré una pregunta y espero obtener su total sinceridad.

-Por supuesto.

-¿Cuántos años aparento?

No me jodas con esa preguntita de mierda.

-¿Disculpe?

-Responda, por favor- la sonrisa no deja su rostro.

Aprieto la mano en un puño a manera de contenerme y rodar los ojos. Lleva todo de mí, porque a pesar de que es un idiota hijo de papi y mami, que se cree especial por poseer todas las libras del mundo, es mi jefe.

Pero está bien, él me lo pidió. Por segunda vez en el día vuelvo a mirar su rostro, su cretino y hermoso rostro, muy a mi pesar.

Vuelvo a posar la vista en su nariz y esta vez me fijo en lo rizadas que son sus pestañas y sé que eso es herencia, porque yo tengo las pestañas igual por parte de papá. Sus labios tienen una sonrisa que te da a entender que sabe todo sobre la vida, lo bueno y lo malo. Ese es mi primer indicio. Tengo un aproximado y cuando abro la boca para responder, es su mirada la que me detiene.



Beatriz Dantés

#28154 en Novela romántica

Editado: 05.05.2021

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