"Cambiar por Ti"

Capítulo 2

Narra Safira:

Me miro al espejo una vez más. Y sonrío al ver una chica linda disfrutando de su adolescencia.

Sí, eso soy. Linda, confiable, alegre y con una habilidad que muchos no la ocupan, pero para mí, es especial.

Agarro mi teléfono y un poco de dinero.
Bajo las escaleras y paso por la sala donde están mis padres.

—Vuelvo más tarde, nos vemos —sólo me miran y vuelven a lo suyo.

Muy raro de ellos.

No me pusieron condiciones.

Tampoco me dijeron algo.

Pasa algo y lo sabré.

Salgo de la casa y me voy caminando hacia el parque en donde nos veríamos con mis amigos.

El día está hermoso, una pequeña brisa fresca de otoño corre. Las hojas están empezando a teñirse, van del amarillo muy clarito al rojo oscuro.
El paisaje es hermoso, lo único que me gusta de esta estación es que no hace ni mucho calor ni mucho frío.

Veo a mis amigos y me acerco a ellos. Todos me saludan pero Lucila, no me saluda, esquiva mi mirada. ¿Qué le pasa ahora?

—Me da gusto volver a verlos. 

—Nada de formalismos por favor, sabés que cuando nos juntamos es en realidad que nos escapamos de nuestra realidad y porque queremos disfrutar y vernos. 

—Pero ahora me vas a criticar por mi forma de saludar, ¿perdón? —lo fulmino con la mirada y el sólo sonríe de lado.

—Disculpa. Me había olvidado de la señorita recta.

—Y aquí vamos de nuevo —dice otro de mis amigos.

Ohh claro que sí.

—Que me vista y hable más formal que los demás, no significa que sí o sí soy recta, disciplinaria y todo lo que quieras llamarle a eso —sonrío lo más falsamente que puedo y me alejo de ellos ignorando sus comentarios tontos. 

A veces desesperan.

—Luci, ¿pasa algo? —la pelirroja está sentada en una banca lejos de los demás 

—No. Solo... solo estoy un poco distraída nada más. 

—Pero...

Su teléfono nos interrumpe. Lee concentrada el mensaje que le llegó y sale corriendo. 
Bien, sí, está mal.

La tarde la pasamos genial. Contábamos chistes, jugábamos, hacíamos retos y por último nos íbamos a comer algo. Eso es importante.
Terminamos de comer y nos ponemos a hablar un rato antes de irnos.

Mi teléfono suena y es un mensaje de mi madre.

—¿Está todo bien?

—Si... me tengo que ir, tengo una cena esta noche. Los quiero.

En realidad no.

Saludo a cada uno y me voy al shopping. Mi madre dijo que comprara un vestido para esta noche. Suerte que traje dinero.

Ya llevo más de 20 minutos dando vueltas para ver algo lindo. No es que me preocupe mucho, pero debo verme bonita.

En la vidriera veo uno que me convenció. Entro y me atienden. Le digo a la chica cuál es el que me interesa y la sigo hasta el probador.

Veo en el espejo como me queda. No es ajustado pero por la parte de arriba si. Tampoco es muy largo el vestido pasa un poco de mis rodillas.

Abro la cortina y no está la vendedora, un chico de mi edad está por entrar a un probador pero se detiene. Me mira de arriba a bajo y sonríe de lado negando.

—¿Qué miras tanto? 

—Perdón que diga esto, no te queda ese vestido turquesa —me mira pensativo y asiente—. Sé cual te servirá.

Antes de que pueda responderle se va. Al rato viene con uno que me quedo anonada al verlo.

—Lo veo en tus ojos, lo quieres, ten —me pasa el vestido y rápido me cambio.

Abro la cortina y se lo muestro. —¿Ahora si?

—Da una vuelta.

Hago caso y sonríe, se acerca hacia mi espalda para atar el cinto. Me agarra de la cintura y su aliento choca en mi piel de la nuca. Nunca sentí esto. Me estremezco y cierro los ojos.

¿Qué es esto lo que siento?, ¿qué hace?
  
Se aleja de mi y sonríe—. Excelente. 

Salgo de mi aturdimiento y lo miro nerviosa—. Gracias. Y espera —traigo un corbatín celeste—. Resalta tus ojos y te quedará bien.

—Si tu lo dices.

Vuelvo a entrar y lo miro con admiración el vestido. Es de color carmesí, mi favorito por cierto. Tiene escote de corazón, es largo hasta las rodillas, también tiene un cinto plateado con perlitas haciendo un gran contraste llamativo en el vestido. Totalmente es el indicado.

Pago el vestido y me voy del lugar.

Cuando llego a mi casa, no hay nadie. De seguro deben estar preparándose y aún no terminan. Hago lo mismo, me maquillo un poco, rizo mi cabello y me coloco uno que otro accesorio, por último el vestido y los zapatos de tacón negro.
Ya lista, me quedo sentada en la orilla de la ventana esperando a que me vengan a buscar. Pasa el tiempo sin saber nada. Escucho murmullos que provienen de la entrada de la casa.

Decido salir de mi habitación.

No sabía que al salir de esa puerta... ya no sería la misma, no sería todo lo mismo.

Llego a las escaleras y veo a mis padres hablar con un hombre bien vestido: traje negro, camisa negra, corbata roja. No puedo ver más porque mis padres lo tapan. También parece que trae alguien más.

El hombre me mira entrecerrando los ojos y sonriendo de lado. 
Camina hacia el final de las escaleras, un brazo lo tiene hacia atrás y el otro extiende una mano. Claramente, esperándome a que baje.

Me concentro en pisar bien los escalones y bajo.

Indecisa, tomo su mano y le da un beso.

—Señorita.

—Buenas noches —contesto con educación.

Mira hacia atrás y hace una seña con el brazo, cuando llega a su lado me paralizo al verlo.

—Sebastián. Te presento a Safira —un momento, ¿cómo sabe mi nombre?—. Vayan afuera, después los llamaremos.

Miro a mi madre que sonríe pero la gota de emoción no llega a sus ojos. Algo raro pasa.

Nos dirigimos hacia la puerta y salimos. Un gran silencio incómodo se hace presente. Hasta que decido hablar.

—¿Qué raro no?

—¿Raro qué? —su tono de voz ya no es como el de hace unas horas, dulce, amable, ahora es frío e indiferente.

—En el que nuestras familias se conozcan y... nosotros no, bueno hoy hablamos, pero igual.

—No me importa.

Con esa respuesta quiere decir que no quiere seguir hablando.
Me alejo de él y camino por el jardín.

¿Qué nos estarán ocultando?, ¿para qué están aquí? No creo que sean los negocios de mi padre ¿o si?
Pero así como han estado actuando, me preocupa. No es normal en ellos y creo que algo ha pasado y no me han querido contar.
Pero parece que aún no entienden que ya no soy una niña, tampoco es que ya me considero una adulta. A lo que me refiero es, que puedo entender cualquier cosa y si es de urgencia o algo grande.

Sumergida en mis pensamientos choco con alguien.

—Cuidado. Tal vez te hubieras hecho daño o algo.

Lo tengo tan cerca que ese nerviosismo de antes lo estoy sintiendo ahora.

—Si... sí —sacudo la cabeza y camino hacia atrás, él me sigue—. Es que estaba pensando, nada más. 

—Pobrecita, no sabe nada. Te han ocultado las cosas, te tratan como una niña chiquita aún —hace un puchero molestándome un poco.

—Sí. Tengo recién cumplidos los quince años y no me toman consideración aún. 

—¿Quince años?, te digo de verdad, creí que tenías diecisiete o dieciocho años.

—Tampoco es para exagerar. ¿Cuántos años tienes? —paro en seco y lo escucho atenta.

—Dieciséis años —vuelve a acercarse a mí y yo vuelvo a caminar hacia atrás hasta que topo con un árbol.

—Eh... disculpa pero...

Escuchamos a mi madre llamar desde adentro. 
Nos miramos nerviosos. Me llama la atención sus ojos. Son unos hermosos ojos celeste pero sin ningún brillo.

Él es más alto que yo, así que se inclina y me toma del mentón.

Como si fuera eterno el momento, él me besa. Empieza con un beso simple que poco a poco correspondo, y después se torna más apasionado. Me agarra de la cintura y me apega más a su cuerpo. Yo sujeto su nuca no queriendo que se separe, no quiero que pare. Muerde mi labio inferior y se separa.

Respiramos agitados y caigo lo que hemos hecho. Lo miro a los ojos y ahora tiene apenas un brillo pero se nota muy poco.

—Espero que hayas disfrutado tu primer y último beso porque después, todo no será lo mismo —habla en su tono frío otra vez.

Lo veo que se va hasta que entra a la casa.

Maldito bipolar que ha conquistado mi corazón y me ha hecho confundir más de lo que estaba.

Bueno, volvamos a lo que pensaba antes... ¿QUÉ ACABA DE PASAR?
 



María Carrizo

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En el texto hay: decisiones, amor, dolor

Editado: 06.12.2019

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