Cartas de colores

28. Tesoros del momento

Me desperté sudando frio en medio de la oscuridad, sabía que no faltaba mucho para que él también lo hiciera por eso me moví rápidamente.

Quería salir del lugar antes que fuera tarde, todas las noches era la misma rutina y sabía bien cuál sería el resultado final. Avance a oscuras por el pasillo teniendo cuidado de no hacer más ruido del necesario sin preocuparme de prender la luz, incluso si eso solo dificultaba mi escape.

Cada hora que pasaba en la penumbra era una tortura pues tenía miedo de lo que se podía ocultar en ella a pesar de los esfuerzos por negar lo contrario, pero mi necesidad había crecido al punto de dejar atrás los múltiples escenarios dignos de películas de terror para llegar a ese lugar.

Una vez que crucé la puerta supe que solo me distanciaban unos pasos de ese tesoro que anhelaba desde hace tiempo, pero que no había podido obtener porque me lo había negado cruelmente ese hombre que era vital que no descubriera mi desaparición.

Lentamente me acerqué sintiendo el frío de la cerámica bajo mis pies, estiré mi mano y…

— ¿Qué crees que estás haciendo?

— ¡Ay! —exclamé sobresaltada al ser sujetada por lo que quedaba de mi cintura desde atrás entre tanto la luz de la cocina se encendía—. ¡¿Me quieres matar de un susto?! —Le grité al hombre que me sacaba una cabeza y me veía con una gran cara de sueño.

—Esa debería ser mi pregunta ¿cómo crees que me sentí al ver que mi esposa no estaba a mi lado en la cama? —rebatió el hombre con el ceño fruncido.

—Es que… tenía hambre… teníamos hambre —justifiqué señalando mi gran barriga de siete meses y poniendo una cara de cachorro regañado.

—Pues me hubieras despertado —dijo el hombre con un suspiro de rendición al saber lo terca que era su mujer y más desde que comenzaron los antojos—. No quiero volver a sentir el miedo de despertar en medio de la noche y no tenerte a mi lado —explicó mientras abrazaba a la chica de la que había caído enamorado hace ya algunos años.

—Perdón —dije sintiendo como mis ojos se llenaban de lágrimas.

El hombre sonrió lentamente al ver la expresión de su esposa y se inclinó depositando un suave beso en sus labios, cuidando de que no se le fuera de las manos.

—Tranquila —pronunció el hombre una vez que se separaron. Abrió la puerta de la nevera y sacó lo que estaba seguro había mantenido despierta a su esposa. Unos pequeños bombones de diferentes sabores de su pastelería favorita—. Regresemos a dormir, ustedes dos deben descansar —dijo acariciando la barriga donde crecía su primer hijo, se arrodilló depositando un beso en el lugar provocando que los ojos de la chica brillaran enternecidos y felices por encontrar quien cuidará de ella, y la protegiera de los miedos que la atenazaban por la noche.



Athenea

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Editado: 17.12.2018

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