Cartas de colores

29. El viento que habita en el océano

Como cada día desde hace mucho, me senté debajo de una palmera y dirigí mi vista al mar sabiendo que lo encontraría…

El sol iluminaba su cabello, mientras como nacido para eso él danzaba entre las olas y las surcaba con su tabla de surf. Parecía como si nada lo pudiera distraer del placer de estar en el mar, y bien sabía que era cierto.

Siempre sin ninguna falta, él estaba ahí, desde que una mañana mientras dibujaba el mar con el sol apenas iluminando sus aguas, lo había visto.

Fue casi imprescindible el dibujarlo y es que, nunca había visto algo así. Sus ojos negros como el carbón y su pelo negro como el ala de un cuervo, parecían destacar en medio de las gotas salinas que simulaban querer jugar con él.

En cuanto se subía a una ola, que resplandecía por los rayos del sol que la atravesaban, comenzaba su danza, o lucha. Pues sus movimientos eran certeros y mientras manejaba con destreza y soltura la tabla de surfear, al mismo tiempo parecía como si tratará de derrotar al mar uniéndose a él… era algo demasiado contradictorio y misterioso… él era misterioso.

Sentía como el agua rompía contra mi mano y se deslizaba a mi alrededor mientras nada me impedía el verme envuelto por esa sensación de vértigo que inundaba mi cuerpo en cuando me acercaba al final de la ola y con ello el túnel se hacía más angostó.

Lo que parece una rutina, para él era una alegría. Remar con sus brazos por el agua cristalina, esperar a que del mar surgiera una ola y luego deslizarse por ella como si nada más existiera. Todas las penas, los pensamientos, y el peso de un futuro incierto se disolvían en las aguas saladas.

En esos momentos él era libre. Podía simplemente perderse entre las olas y luego salir para repetir el proceso que atrapaba su cuerpo y su espíritu.

Es posible que nunca se cansara de verlo remontar una y otra vez las olas, pero es que era algo… simplemente magnifico.

Casi no tenía palabras para describirlo, y no importaba cuantos dibujos hiciera, de alguna u otra manera siempre había algo nuevo que la inspiraba.

Pero es que el ver como su alma parecía tornarse salvaje en medio del mar, era algo que no se veía todos los días.

Danzaba con las olas, se deslizaba por ellas, pero también era capaz de romperlas…

Es como el viento, pensó extasiada. Sería casi imposible imaginarlo en otro lugar que no fuera el que tomaba cuando surfeaba en esa playa casi desierta y completaba el paisaje oceánico.



Athenea

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Editado: 17.12.2018

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