Caso "dormilón": desde el pueblo de Pandera

CRÓNICA PARTE I

Siendo que no teníamos nada que ver con su historia, es bastante comprensible no vernos involucrados en los acontecimientos que posteriormente sucedieron. Las cuencas de sus ojos parecían dos profundos fosos y su temperamento desprendía cierto aire de auxilio. Las manos agarraban con fuerza un rosario negro y su mandíbula, completamente desencajada, ahuyentaba a los más valientes.

Las hipótesis de este desagradable suceso fueron múltiples, pero ninguna parecía racional. Unos decían que el mismo diablo se le presentó en altas horas de la noche para sacrificarle; otros, que su hermano G. había despertado de entre los muertos para darle su merecido tras largos años de agonía y sufrimiento hacia sus feligreses. Los más racionales pensaron que podría tratarse de un asesino en serie o un cobrador de impuestos que solo buscaba venganza.

Cierto es que era una imagen desagradable, yo lo vi 8 horas después de su trágica muerte. El velatorio fue largo y su ceremonia de enterramiento duró lo que dura el sol al caer en una fría tarde de febrero. Algunos pueblerinos asistieron por el morbo. No tenía familiares reconocidos ni buenos amigos. Los habitantes del pueblo lo recuerdan como un hombre solitario, sombrío y poco afectivo hacia sus vecinos y fieles asistentes a sus misas -que no llenaban ni la primera fila de bancos.

 

Lo que tenemos claro es que el buen párroco de la Iglesia del pequeño pueblo que se encuentra en esta localidad ha muerto. También, que fue en unas circunstancias especiales y de una manera peculiar. Apareció apoyado sobre sus rodillas, rígido y sin vida, parecido a un muñeco de cera, sin ojos ni alma, solo su cuerpo inerte.

Debería destacar que Don J. no era un hombre muy aclamado por su pueblo, ni rico, ni honesto, ni muy devoto tampoco. A Don J. le gustaban las fiestas que se celebraban en su pueblo cada septiembre como siempre, cuando su virgen más reconocida salía a la calle con todo su esplendor y sus feligreses acompañaban junto con cantos pésimos con mucho orgullo. Don J. asistía por pura cortesía a esta ceremonia, por él mismo estaría en el bar de la esquina, al lado de la tienda de frutas para darse una buena cogorza, afirman quien lo conocían por esos lares.



Loarce

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En el texto hay: los 90, asesinato, misterio

Editado: 24.04.2018

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