Catlas, la isla invisible

Capítulo 9

Alan 

Alan

 

“Bipolar orgullosa con habilidades extrañas.”

Ha sido una buena forma de describirla. También podría haber agregado hermosa, bella, fascinante o especial, pero me vale más así. No es difícil subirle los humos, y no pretendí hacerlo.

Mis heridas continúan sanando paulatinamente. Y a ese ritmo ella y yo nos volvemos más cercanos. No hemos avanzado demasiado en el asunto de mi memoria, pero al menos ya no somos extraños el uno al otro.

Gea resulta ser una gran enfermera. Gracias a sus cuidados,  ya soy capaz de mover bien mis extremidades y por lo general únicamente me quedan cortes y golpes superficiales. Por lo general. Sí, aun persiste esa gran abertura atravesando la parte alta de mi espalda que me tiene tumbado en el suelo.

—¿Estás listo? —pregunta con urgencia. Si bien soy yo quien más lo aparenta, sé que ella también se encuentra terriblemente nerviosa.

—No…— susurro. Dios, va a dolerme. Siento sus rodillas apretarse a los costados de mi cuerpo, por lo que suelto un gemido. Gea está montada sobre mí como si yo fuera un caballo, pues es la posición más precisa que hemos acordado.

—¡Alan! —me regaña—. Pregunté si ahora te parece bien.

—¡No! —contesto en voz alta—. No quiero que me cosas cual muñeco destrozado—protesto. Soy consciente de mi renovado comportamiento infantil, pero simplemente no puedo evitarlo.

—¡Es la única manera! ¡Creí que habíamos llegado a un acuerdo! —se enoja Gea, y con razón. Hemos discutido esto por días, hasta que, muy a mi pesar y harto de que ella me recuerde que es la única opción diferente a sucumbir, la he aceptado. Ahora me estoy arrepintiendo. ¿Y si me muero de todos modos? —¡No puedo creerlo! —chilla y vuelve a apretar inconscientemente las piernas.  Otra descarga me recorre la espalda. Grito, tanto de dolor como para descargarme.

—¡Deja de presionar! —le espeto.

—¡Deja que te cure!— me acusa.

—¡Tú!

—¡No, tú!

—Tú primero.

—Como gustes —responde, utilizando un tono terroríficamente aterciopelado.

<<Mierda>> Eso es todo lo que puedo pensar mientras la improvisada aguja traspasa una y otra vez los bordes de mi herida, dejando un hilo hecho de una extraña planta salvaje, uniendo mi piel. Temo quebrarme una mano del esfuerzo que hago para no gritar, y no tardo en sentir el gusto a sangre dentro de mi boca, pues me corto el labio con mis propios dientes.

Veinte minutos más tarde, Gea se acuesta frente a mí, también con el estómago contra el suelo y sus manos colocadas en la tierra una sobre otra, para hacerle de soporte a su barbilla. Sus ojos multicolores me observan. No soy capaz de averiguar el color del iris porque hace rato que he cerrado los míos a causa del dolor. Siento que la espalda me explotará en cualquier momento y que el latido de mi corazón se multiplica por mil.

—No ha quedado tan mal —la oigo comentar tras un largo rato de silencio.

<<Dale la bienvenida a tu nueva y horrenda cicatriz, Alan>> ironizo para mis adentros.

—Ya verás que se pondrá mejor cuando te quite el hilo —continúa hablando más que convencida.

¿Quitármelos? ¡A penas sí había sobrevivido a la “cirugía”!  Suelto un gruñido. Necesito descargarme de alguna forma, o mis manos acabarán verdaderamente destrozadas. Abro la boca para escupir una mezcla de sangre y saliva. Paso la lengua por mi labio inferior para evaluar daños. Es un corte bastante profundo. Gracias al cielo, esa parte de mí cicatriza rápido, y no necesito la ayuda de ninguna muchacha inexperta cuyas herramientas consistan en una vara fina y afilada, y un pedazo de planta exótica.

El dolor comienza a amainar, y por ello, mi respiración vuelve a la normalidad. Pasados unos cuantos minutos, me quedo estático. Gea pasa suavemente uno de sus dedos por mis labios lastimados. Me provoca un efecto alucinador, y de repente, la adrenalina se me sube incluso más que cuando me perseguía la pantera. Escucho cómo se acomodaba a mi lado y supongo que está sentándose, será una posición más cómoda para continuar acariciándome. Sus dedos ligeros como plumas ascienden por mi mejilla, y con cada milímetro de piel, siento una corriente eléctrica recorrerme el cuerpo.

Segundos después, llega al inicio de mi cabello, que ha crecido unos tres o cuatro centímetros desde la primera vez que he despertado con la cabeza vacía. Allí se detiene, y se limita a juguetear con los mismos mechones una y otra vez. Comienza a cantar la misma canción de unas semanas atrás, esa que posee una melodía dulce y tranquilizadora. Me pregunto cuál será la letra…



Acilegna

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En el texto hay: naturaleza, amor y amistad, cientificos

Editado: 03.05.2018

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