Cinco meses para decirte adiós

*10*

Quedaron en verse en la plaza.

Cuando Nick llegó, les dedicó una sonrisa.

Sídney suspiró. Esa sonrisa boba llenaba su estómago de mariposas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Nick.

—A buscar perritos callejeros —respondió Lore.

—Vi uno cerca del McDonald —comentó Sídney.

—Vamos, entonces.

Cuando llegaron al lugar, en efecto, encontraron un cachorrito comiendo de la basura.

—Vayan ustedes, chicos, a mí la verdad me dan miedo los perros —confesó Lore.

—Pero... entonces por qué me pediste que hiciéramos un proyecto sobre perros —le reclamó Sídney—. Pensé que te gustaban los perros.

—No. Es que sí me gustan. Solo que también me dan miedo. Es como los niños, me gustan, pero jamás tendría uno.

Sídney negó con la cabeza y se acercó al cachorro.

El perro le gruñó.

—Creo que le caíste mal —rio Nick. Y sacándose una galleta del bolsillo, se la ofreció al perro. El cachorrito la recibió y se dejó acariciar por él—. ¿Qué pasó, bebé? Esa niña te asustó. No te preocupes. Te entiendo.

Sídney entornó los ojos y él le guiñó.

—Hay que llevarlo a casa de mi tía —dijo Lore—. Ella cuidará a los cachorritos en lo que les conseguimos un hogar.

—Nah —dijo Nick—. Este me lo quedo yo. Ya me encariñé.

Pasaron la tarde en busca de más perritos y en total encontraron tres. Pocos, pero ya tendrían tiempo para buscar más.

Despues de dejar a Lore a su casa, Sídney continuó el camino con Nick.

—¿Y qué tal van las cosas con tu padre? —preguntó él.

—Bien. Ya hablamos.

—Qué bueno.

Llegaron a la floristería.

—Nos vemos, entonces —dijo Sídney a modo de despedida.

—Sídney.

—¿Eh?

—Espero un momento. —Entró a la floristería y salió unos segundos despues, con las manos en su espalda.

—Yo... Bueno, siento como te he tratado —dijo Nick, extendiéndole un ramito de girasoles que tenía escondido en su espalda.

Su mano rozó la de él cuando recibió las flores.

Nunca en su vida se había sentido así. Es decir, se sentía ligera, como si flotara.

No le dijo nada, le dio un rápido abrazo y corrió a casa.

—¿Y esa cara? —preguntó Adam, mientras ella miraba los girasoles.

—Eh... Nada. —Sonrió y subió a su habitación.




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