Código X 77

17-. Señuelo

JDM:

05:25 pm 7 de Enero 2013 Frontera de Denver, Colorado

Cada vez que me giraba, Freider se veía más pálido, y según mi experiencia en los laboratorios, eso solo podía significar que el virus estaba haciendo efecto. Después de todo, por cada segundo que pasaba, su cuerpo sufría fuertes espasmos, sin contar que estaba empapado de sudor.

Lleno de ansiedad, le dediqué otra mirada a través del retrovisor, y aumenté la velocidad. No podía dejar que muriera, mucho menos que se convirtiera en una de esas cosas.

Finalmente, divisé el edificio que buscábamos, y conduje hasta él. A simple vista se trataba de un almacén ordinario, pero en su interior experimentaban con distintas cepas del virus, y entre ellas, su versión más mortífera.

Rápidamente, estacioné junto a la acera, y sin salir del vehículo, eché un vistazo para asegurarme de que no hubiera ningún infectado a los alrededores. Al confirmar que la zona estaba despejada, di la señal y todos, incluyendo a Keeper, procedimos a bajarnos.

Inmediatamente, cerramos las puertas del auto detrás de nosotros, y corrimos unos metros hasta el almacén; pero al llegar, nos dimos cuenta que la puerta estaba cerrada desde adentro. Perfecto, solo eso nos faltaba.

Mientras discutía con los chicos qué hacer al respecto, vi cómo FJC tanteaba la entrada, retrocedía varios pasos, y soltaba un rugido gutural. Acto seguido, inclinó su hombro derecho hacia delante, y embistió la puerta con suficiente fuerza como para derribarla.

De inmediato, Itay y yo entramos a inspeccionar esa parte del edificio, y una vez que creímos que era segura, los demás empezaron a seguirnos de cerca.

Sabía que el dichoso laboratorio estaba allí, pero no conocía la ubicación exacta, y según lo que leí en el área 51, debíamos hallar un pasadizo que nos guiaría directamente para allá, aunque, por los momentos, estábamos en la zona que actuaba como depósito.

A su vez, había que evitar el área de los animales, puesto que en esos momentos seguramente andarían con libertad, y para complicar las cosas, los experimentos no se llevaban a cabo en criaturas comunes y corrientes; sino en especies salvajes y exóticas.

Con extrema cautela, avanzamos en búsqueda de interruptores o cualquier mecanismo que nos llevara al objetivo; y de repente, ante nuestra mirada incrédula, una de las paredes comenzó a descender, mostrando así un pasillo totalmente blanco.

—¿Cómo...? —mascullé.

—De nada —Itay me guiñó un ojo y señaló nuestra nueva ruta—. Ya que yo lo encontré, te toca asomarte de primero.

—Como quieras —le quité el seguro al arma y asomé la cabeza con precaución.

En seguida, pude divisar varias siluetas de guardias a lo largo del lugar, aunque estaban tan enfrascados en su conversación que si no hacíamos ruido podríamos entrar al corredor sin tener problemas.

Una vez allí, este torcía en dirección a otro pasillo con dos habitaciones. Rápidamente, Itay entró a una de ellas, y segundos después, volvió para informar que ahí no había nada útil. Esto solo nos daba una salida, por lo que, de inmediato, decidimos entrar al siguiente cuarto, donde pudimos observar varias mesas llenas de jeringas y tubos de ensayo con sustancias de colores.

En seguida, comencé a revisar el contenido de cada frasco bajo la mirada atenta de todos los presentes, y recordé que, a pesar de que el antídoto estaba allí, debía encontrarlo entre todas las cepas del virus.

Antes de que pudiera decidirme por una, FJC cayó al suelo de rodillas y comenzó a sufrir fuertes espasmos que terminaron de derribarlo. Rápidamente, escogí un frasco de color rojo escarlata, inmovilicé su brazo, y se lo inyecté en las venas.

Poco a poco, vi cómo los ataques se hacían más violentos, hasta que finalmente, el chico dejó de moverse. De inmediato, Vanessa me apartó con un empujón y se arrodilló a su lado.

—¡No me dejes! —suplicó, tomando su mano con fuerza—. No te vayas —agregó, antes de romper en llanto.

—No me voy a ningún lado —balbuceó Freider, abriendo los ojos con lentitud.

—¡Estás vivo! —exclamé.

Sin perder tiempo, Itay y yo lo ayudamos a reincorporarse. Seguía estando pálido, pero lucía mucho más estable que antes.

—Por lo que veo ellos también —señaló a unos sujetos vestidos con trajes militares, quienes portaban unas enormes M-16, y a juzgar por su apariencia, estaban muy bien entrenados.

—¡Cúbreme, Itay! —ordené, volcando una de las mesas y poniéndome detrás de ella.

Varias balas pasaron zumbando junto a mi cabeza, por lo que me vi obligado a esperar que recargaran, y entonces presioné el gatillo. Segundos después, escuché cómo alguien caía al suelo, y observé a Itay tomando uno de los frascos del laboratorio para luego arrojarlo sobre el rostro de un militar. Acto seguido, este comenzó a sangrar, y cuando pude verlo mejor, noté que la piel se le caía a tiras, como si se la estuvieran derritiendo.



Freider Korff

Editado: 01.04.2018

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