Crónicas de Anthir: Coronas y Corazones

Compasión

Pasaron los meses y el reino seguía reforzando sus muros. Los pueblos aledaños lo curtían con sus mercaderías. Las herrerías empezaron a fabricar más armas. Todo marchaba con normalidad excepto para el guardián que aún no lograba comprender el enigma que tenía por resolver.

—No veo la hora de la unión de las estrellas —dijo mientras estaba acostado en uno de los aposentos del castillo—. No he aprendido absolutame nte nada de ellos. Son muy inestables, se discuten por sandeces y se irritan y lloriquean por casi todo —tomó unos ramos de uvas que   estaban en una mesilla como aperitivo—. Dónde estarán Miroth y Arktruim, de seguro paseándose por los hermosos valles y yo aquí en este lugar de locos —señaló a regañadientes.

Cuestionándose en soledad, Lakan decidió dar un paseo y explorar los  alrededores del reino. Salió del castillo y empezó a caminar por las calles de la gran ciudad, todos los saludaban con una ligera reverencia denotando respeto, este solo sonreía apáticamente ya que para él nada de eso tenía sentido. Al llegar al portón principal los guardias al verlo lo abrieron inmediatamente.

—¿Dónde se dirige Señor? —preguntó con curiosidad unos de los soldados—. En las afueras hay bestias peligrosas, grandes grupos de ladrones y forasteros.

El guardián solo sonrió y prosiguió su camino hacia las afueras del muro. Fue así que anduvo por varios días preguntándose por muchas cosas que le taladraban la cabeza.

—¿Por qué nos ordenó a convivir con estos? ¿No bastaría solo con estar presentes en la venidera guerra? —Cruzó el torrente de agua que partía el terreno, brincando sobre las resbaladizas y mohosas piedras—. ¿Depender de ellos? —se le escapó una risita burlona.

Seguía avanzando hasta que el refulgente sol se escondió tras el horizonte dando lugar a las estrellas. Mientras miraba las estrellas se detuvo cuando escuchó que lo estaban siguiendo.

—¡Detente maldito! —gritó el hombre apuntándolo con su espada.

Lakan giró la cabeza y lo miró de reojo.

—Qué es lo que desean —respondió con aguda voz.

—Tus pertenencias. ¡Deja en el suelo todo lo que tienes y marchate!,    ¡estamos un poco cansados de matar! —exclamó el líder con su chillona voz.

—Tampoco quiero matar a nadie —refutó.

—¡Insolente te despedazaremos! ¡Mátenlo y den su carne a los cuervos! —ordenó gruñendo y mostrando sus dientes negros.

Los doce hombres se abalanzaron, pero estos fueron cayendo como hojas en el otoño, al poco tiempo los forasteros estaban agonizando en el suelo.

—¡Qué clase de demonio eres! —dijo con temblorosa voz.

El guardián se iba acercando lentamente hacia el líder. Cuando se percató que se orino en sus pantalones debido al miedo entonces simplemente lo dejo ir, no valía la pena perder el tiempo en nimiedades. Los otros murieron desangrados y en silencio.

Mientras más se adentraba, los asaltantes se hacían más frecuentes pero, estos no eran impedimento para que Lakan siguiese deambulando por el bosque. Después de seis días de caminata entre los interminables arboles, se encontró con una casa de dimensiones ínfimas que estaba muy deteriorada y cubierta por malezas, era la única en todo el recorrido, situación que no le llamó la atención ya que después de todo nadie en su sano juicio querría vivir en medio de la nada y rodeado de asesinos. Se acercó por simple curiosidad y pudo visualizar una pizca de luz saliendo por una pequeña ventana. Al acercarse escuchó voces, se asomó por la  ventana y lo que vio lo dejó un tanto sorprendido. Estaba una mujer que tenía la piel muy pálida y con lágrimas en los ojos. Ella se encontraba  postrada en una cama acariciando la cabeza de un niño que estaba de rodillas al borde del lecho dándole de beber un preparado de hierbas. Lakan notó que el chico tenía varias heridas, vestía ropa ajada y sucia; por su cintillo hecho de cuerdas colgaba una pequeña daga sin filo alguno. En esto prestó atención y escuchó la conversación.

—Estás agotado y magullado, descansa para que sanen tus heridas, te lo ruego —se escuchó la débil voz—. Te has esforzado tanto en estos días para conseguir las hierbas. Si no fuese por ti, no seguiría en este mundo... mi corazón llora al verte así. Eres un gran hombre mí amado hijo...

El niño apretando fuertemente la empuñadura de su daga miró a la mujer.



Reuel Cott

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En el texto hay: misterios, caballeros y espadas, guerras y pasiones

Editado: 09.11.2019

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