Crónicas de Anthir: Coronas y Corazones

Orgullo

En el pueblo Antorcha, la niña cuidaba cada detalle de la habitación en la que se encontraban Robfrid y Harv. Se encargaba minuciosamente de las hierbas medicinales, que no faltase el agua y que estén cómodos. En eso, ambos despertaron un tanto desorientados e intercambiaron miradas.

—¿Cómo te sientes Robfrid?

—Mucho mejor de lo que recuerdo, el dolor se disipo bastante. ¿Qué es este lugar?

—Creo que una taberna. Las vendas y las hierbas hicieron un buen trabajo, todo esto gracias a nuestra nueva amiga. Has hecho un buen trabajo. —Al escucharlo la niña se sonrojo y bajó la cabeza con timidez—. Ahora que lo pienso… solo recuerdo que llegamos hasta la puerta. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

—Se desvanecieron apenas llegamos, llevan dos días durmiendo —sonrió—. Esto es lo menos que puedo hacer por ustedes, después de todo salvaron mi vida —añadió la niña con ojos brillantes.

—No es una deuda, es nuestro deber mantener a salvo a las personas buenas como tú —dijo Harv—. Pronto ya verás a tu padre y sé que rebosará de alegría al verte.

—Tengo por seguro que será así.

—Bien, hora de levantarnos.

Empezaron a estirar sus cuerpos para sacar la pereza de esos dos días en cama. Volvieron a vestir sus botas, engancharon sus cintillos y volvieron a tener sus espadas tal como lo deseaban, a su lado.

—Se siente tan bien volver a tenerla. Ahora me siento seguro de vuelta —dijo Harv mientras ajustaba la funda de su filo.

—Tienes razón —apretó con emoción la empuñadura de su arma—. ¡Bien, es hora de partir! —señaló con entusiasmo el príncipe.

Las chuecas escaleras de aquella taberna rechinaban con cada paso. Al bajar, vieron a una obesa mujer con una pañoleta de color purpura detrás de un mostrador.

—¡Miren a quienes tenemos! A nuestros amigos aventureros. —Ambos la miraban sin saber de lo que estaba hablando—. Lo sé, lo sé... por si no lo recuerdan, se desmayaron en la entrada de mis aposentos como dos pequeñas princesitas y, esta adorable niña me relató sobre sus hazañas y los tuve compasión. Curamos sus heridas y los alimentamos mientras alucinaban cosas, fue muy gracioso —remedó a uno de ellos.

—Estamos muy agradecimos señora —dijo Robfrid.

—Vaya, para lucir como forajidos poseen buena educación —acotó sorprendida mientras limpiaba la mesa de madera.

—¿Cuánto es nuestra deuda? —El príncipe hizo una rápida deducción de cuánto podría salir la estadía, pero de igual manera quería probar la honestidad de la mujer.

La corpulenta mujer los miró seriamente y levantó una ceja.

—Hummm… déjame pensarlo. El costo sería unas cinco monedas de plata, pero teniendo en cuenta sus proezas, ¡los dejaré en tres! —dijo con fervor la mujer.

Ese era el monto que Robfrid tenía en mente, metió sus dedos en el monedero y juntó unas diez monedas de plata.

—Nos gusta pagar el precio justo. Gracias nuevamente por todo lo ha hecho por nosotros. —Puso sobre la mesa las diez monedas de plata apiladas una encima de la otra.

—Que del cielo descienda abundancia sobre ustedes. Nunca he recibido una paga igual, muchas gracias nobles jóvenes —la mujer estaba asombrada.

—Hasta pronto —se despidieron respetuosamente y nuevamente volvieron a caminar por las ajetreadas calles—. La verdad, no esperaba encontrarme con una persona bondadosa aquí después de todo lo que hemos visto.

—Ahora que lo recuerdo, tengo una promesa que cumplir. Busquemos ese campanario.

—Creo que recuerdo haber visto uno —dijo la niña—. Síganme.

La niña zigzagueó por las calles hasta encontrarse con aquel colosal campanario.

—Me dijo que era aquí —Harv se asomó por una de las ventanas y vio al niño que estaba cuidando a sus padres. Golpeó con sus dedos el vidrio para llamar la atención del niño y este lo miró con sus apagados ojos.

—¿Señor? —dijo con débil vos el niño.

—No te recuerdas de mí.

—Sí, me has salvado de aquel espantoso lugar.

— Y bien, ¿ya no has vuelto a robar? —dijo cruzando los brazos.

—No señor, ahora lustro botas y limpio tabernas. Ya aprendí la lección.



Reuel Cott

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En el texto hay: misterios, caballeros y espadas, guerras y pasiones

Editado: 09.11.2019

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