Cuando El Cielo Desciende

1. OBRA TEATRAL

 

    Ante el cielo, un ventanal ofrecía una excelente vista. William retrocedía su Talbot Horizon, y estaba totalmente preparado para llamar la atención a todos con los que se cruzara. Su reluciente marrón en aquel traje, y la solapa repleta de una especie de brillo que no se nota demasiado, y aquella flor rosa era algo totalmente increíble. Tranquilízate... tranquilízate, se decía. Intentaba mantener la calma, y no liberar los nervios, como solía hacerlo siempre. Daría esa explicación para así quitársela, maldita explicación. Desde hacía unos días debía estudiarse toda una hoja entera, era una hoja gruesa N°6. Siempre que William la miraba, decía: maldita sea, esto es edición De Bolsillo, esta letra que le pone esta gente. Era todo así, una tipografía a lo más Garamond número diez. Sin color negro, era algo transparente, y aquellos que debían de utilizar lentes adiós sea. Se ajustó los cordones en sus zapatos, se acomodó patéticamente la solapa, al igual que la rosa. Una niña se le cruzó, la ignoró por completo y luego, fijó su vista en aquel ventanal. Quedó sorprendido.

Accedió rápidamente por la entrada; un rectángulo horizontal altísimo, sosteniendo una lámpara de 1960. Lanzaba luz a gran parte de todo el vestíbulo. Luego, al llegar hacia la recepción, el camino seguía por cuatro pasillos angostos. William se presentó ante la recepcionista, de pelo anaranjado y una pulsera de los Rolling Stones.

-Vengo de visita -comentó el- me invitaron a participar de una obra teatral.

-Si... ¿usted es...?

-William Casper Stewartz. Si necesita algo de ayuda... sabe, yo interpreto al señor macabro.

-Excelente. Pase por el pasillo de allí, aquel izquierdo. Dirígase derecho y en cuanto encuentre una estatua de un tipo muerto doble hacia la derecha. Póngase robusto, la puerta que da acceso al salón principal es demasiada dura.

-Enterado. -Volvió a ajustarse los cordones, se acomodó, nuevamente, la solapa y suspiró de nervios. De ese suspiro lanzó una horrenda mancha verde que fue a parar al suelo, «ya andas haciendo el imbécil», pensó. Lo pisó rápidamente y se liberó ante una multitud de personas que charlaban como pequeños de seis años, dirigiendo sus palabras a los adultos, «cállense, malditos idiotas». Metió paso hacia aquel angosto pasillo izquierdo, frunció el entrecejo al ver el largo camino y comenzó a dar pasos con mayor rapidez. Transpiraba como un desaforado y en un momento se paró, como si fuera una estatua.

-Deja de estar nervioso, Willy, recuerda a mamá. Recordar a uno de tus seres queridos no da nervios, vamos... let's go, -susurró. Nadie lo observaba, y eso lo enorgulleció. Llegó hacia la estatua, era demasiado extraña. La miró durante unos segundos, luego siguió camino, doblando hacia la derecha, como esa mujer le había comentado.

 

El espectáculo estaba en marcha. Miles de personas lo observaban tranquilamente, mientras reían, algunos lloraban y otros sentían un escalofrío. Vigésima escena. Era una obra demasiado larga. Se asomó, detrás telón, una figura catastrófica, que se acercaba lentamente a su presa, la señorita Hobbie. Con cuchillo, que se veía la falsa calidad, se notaba como la goma estaba a punto de caer. Derramaba sangre de los ojos, y decía: vengan, niñitos... oh, una niñita.

William en ese momento se pensó: demonios, ¿por qué me toca este papel? Aparezco y llega ese caballero Gordan y... adiós yo. Su última escena es pésima, no me gusta esta obra, pero por lo menos consigo algo de dinero. Un tipo de traje de hierro se acercó rápidamente con su caballo y una espada en mano.

-Deja a mi lady, feo monstruo. Suelta el cuchillo o lamentarás haberme conocido. -William levantó a la chica, y comenzó a acercarle el cuchillo al cuello.

-¿Esto es lo que quieres, insecto? ¿Quieres ver a tu “esposa” derramando sangre? Apestoso. -El caballero Gordan lanzó su espada, golpeando contra esa fuerte máscara. William cayó hacia el suelo. «¿Por qué las personas aplauden?, demonios, acabo de morirme». Un final demasiado feliz, idéntico a todos los finales, el que el príncipe salva a la princesa. En el momento en el que Gordan rescata a su mujer, el telón se baja y todos se dirigen al vestuario. William se paró, parecía que esa falsa espada le había pegado en serio, a cada rato se andaba toqueteando para comprobar si tenía sangre.

Un rectángulo, montado por millones de banquetas y una chimenea que siquiera tenía fuego, junto a una mesa de comedor y alguna que otra chancla tirada, agregando las palomitas en el suelo y poca Coca-Cola, es a lo que se denominaba “vestuario”. Pocos muebles, donde todos habían guardado su ropa. William era el tres, de los cinco que había. Todos se dirigieron hacia el. El se sentó en la banqueta ubicada del lado derecho de la entrada. El guionista de la obra apareció mágicamente. Dio algunas palabras las cuales William las tiró al cesto de basura -les habían importado nada- y comentó:



Barbero Santino

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En el texto hay: extraterrestre

Editado: 04.04.2018

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