Aún recuerdo el día en que la música nos arrebató a los hijos. Fue en el año del Señor de 1284, cuando la peste de ratas nos había sumido en la desesperación. Creímos que lo peor eran aquellos dientes roídos en los graneros, aquellas sombras que se escurrían bajo las camas. ¡Qué necios fuimos! No eran las ratas el verdadero mal.
Un hombre extraño llegó al pueblo: alto, de andar rígido, con ropajes manchados de colores como si fuesen jirones de carnaval. Pero no era su aspecto lo que helaba la sangre, sino sus ojos, dos espejos vacíos en los que no brillaba el alma de un ser humano. En sus manos llevaba una flauta, tallada en madera oscura que parecía absorber la luz.
Con ella tocó una melodía que arrancó a las ratas de cada rincón. Miles lo siguieron como si hubieran reconocido a su amo, hasta hundirse en las aguas del río. El pueblo estalló en júbilo... hasta que se negó la paga. Fue entonces cuando aquel forastero sonrió. Una sonrisa lenta, podrida, que aún me persigue en las pesadillas.
Días después, cuando la campana mayor llamaba a la misa, la música regresó. Pero ya no era un aire ligero: era un cántico fúnebre, una sinfonía que parecía salir del vientre de la tierra misma. Los niños, nuestros hijos, se detuvieron de golpe. Sus ojos se nublaron, sus cuerpos se mecieron como muñecos. Y uno a uno, comenzaron a caminar tras él.
Nadie pudo detenerlos. Ni gritos, ni llantos, ni manos aferradas. Los cuerpos pequeños se nos escurrían como si el aire mismo nos los arrebatara. Un rebaño de inocentes conducido por un pastor infernal.
Los seguimos fuera de las murallas. La melodía era un cuchillo que abría la montaña. La colina de Koppelberg se desgarró como carne viva, mostrando un pasaje de sombras. El hombre entró primero, y detrás de él se perdieron nuestros niños, sus pasos resonando como ecos en una tumba gigantesca. La montaña se cerró, sellando la condena.
Desde entonces, Hamelín está maldito. Al caer la noche, algunos juran escuchar la flauta soplar en lo profundo de la tierra. Otros dicen haber visto figuras pequeñas, sombras de niños, merodeando entre las casas, llamando a sus padres con voces huecas. Yo lo sé: no son nuestros hijos. Lo que esa música engendró no pertenece ya al mundo de los vivos.
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Editado: 28.08.2025