Defensores de Havenfield

Capítulo IV

Antes de tomar una decisión, piensas, compartes la idea, escuchas opiniones, reflexionas y concluyes si es buena o no. Eso fue lo que, al me­nos, traté de hacer cuando opté por emprender este camino, pero no es el caso de Kate. Es algo impulsivo. No tendrá un buen efecto en su futuro, ni en el mío.

- ¿Acaso enloqueciste? –le pregunto a Kate, enfadado–. ¡No debes venir conmigo! ¡Regresa a tu casa!

- No –responde–, tengo razones.

- ¿Razones, Kate? ¿Razones? ¿Cuáles Razones?

- ¡Mis padres están allá! –exclama, suplicante–. No tengo la misma vida en Plaza de Mármol desde que ellos fueron reclutados a la fuerza cuando intentaban ayudar en El Fuego.

- ¿Tus padres desaparecieron en El Fuego? –pregunto con curiosidad pero parece molesta y responde algo irritada.

- Sí, estaban con uno de mis tíos y algunos vecinos llevando provisiones a los sobrevivientes que ya no tenían. Mi tío logró escapar y nos contó lo que vio. Fue el que te molestó cuando llegaste. ¡Y gracias al cielo, llegaste! Yo buscaba una excusa para escaparme y poder presen­tarme como recluta voluntaria… y apareciste tú –dice, intentando mantener el tono serio.

- ¿Yo soy tu excusa? –pregunto, en tono burlón para romper la ten­sión.

- Lamentablemente, sí –se esfuerza por ocultar una sonrisa, pero no puede y ambos reímos.

Me explica luego, que en casa no aceptarían que se alistara en los Defensores de Havenfield por ningún motivo, pues en la historia familiar, ninguno de los Smith ha regresado con vida después de haber ido a una guerra. Entonces, si ya es duro soportar el tener a dos miembros de la fa­milia en las tropas de combate, tener a un tercero, sería la chispa que los hiciera explotar.

Pienso en mi madre y en Yannick. Ya es pasado el mediodía. Me preocupa como estén. Más que Yannick, me preocupa mi madre, el cómo habrá tomado la sorpresa que le dejé en la habitación. Si no ha sido fácil para mí, mucho menos lo será para ella.

El recordar brevemente mi hogar me hace bajar la mirada y suspi­rar.

- Estarán bien –dice Kate, colocando su mano sobre mi hombro–, tu hermano y tu madre, estarán bien.

- Lo sé, el problema es mi madre. Que mi padre muriera fue devas­tador para todos, más para ella. Y yo… –dejo la idea a medias y hay un corto silencio.

- Y tú vas a volver con ellos –completa Kate.

- Esa es mi promesa, volver.

- ¿Qué te preocupa?

- Que cumplirla no está en mis manos.

Mientras nos acercamos a la estación de trenes, le cuento a Kate la historia de la muerte de mi padre, ella me cuenta algunas cosas breves, cómicas, acerca de su infancia y adolescencia, y anécdotas de sus padres. Una de estas historias cuenta cómo una vez estaban en una elegante fiesta en una de las lujosas casas de Plaza de Mármol, y su padre, borracho, tro­pezó cerca de la mesa donde se encontraban las bandejas con bocadillos y la fuente de chocolate; durante su caída, intentó sostenerse, pero cogió el mantel y todas las bandejas y el chocolate le cayeron encima.

- ¿Y tu hermano? –me pregunta–, sólo sé que se llama Yannick, cuéntame de él, ¿qué edad tiene?

- Tiene 15 años, los cumplió el 28 de febrero, una semana después del impacto. Es muy parecido a mí, cabello negro y algo liso, mo­reno, ojos cafés oscuros, un poco más bajo de estatura que yo.

- Ha de ser muy guapo, entonces –bromea.

- ¡Por supuesto! –sigo su juego–, si no fuera por la diferencia de edad, seríamos gemelos

- Creído –ríe.

- ¿Y tú, tienes hermanos?

- Tenía una hermana. Su nombre era Lilian. Tenía 5 años cuando una enfermedad degenerativa acabó con ella.

- Lo siento tanto, de verdad –contesto mirándola a los ojos.

- Fue hace bastante tiempo en realidad. Era mayor que yo por dos años, así que no la recuerdo mucho –dice sin nada de dolor en su voz.

Nos acercamos a la estación de trenes. Aún nos falta la mitad del camino por recorrer. Son cerca de las 12 pm. A pesar del fuerte sol, el aire está menos frío que hace un par de horas, pero se mantiene fresco. Nos sentamos en las escaleras que van a la entrada de la estación, para des­cansar un poco. La compañía de Kate resulta ser agradable, a pesar de rehusarme en un primer momento.

Ambos tenemos sed. Sacamos un par de cantimploras y unas galle­tas del morral. Me siento agotado. He caminado por unas 3 horas, sin con­tar el descanso que hice en el búnker de Kate. Tengo sueño. Pero ya habrá tiempo para dormir y descansar en el cuartel.

Busco entre mis cosas las fotos de Yan y mi madre que traje.



Arturo Petrovic

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En el texto hay: guerra, amistad, suspenso

Editado: 22.02.2018

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