¡díganle que se calle!.

I - ¡Díganle que se calle!

 

 

Estoy de nuevo en mi habitación, intentando por fin dormir. He pasado unos días llenos de estrés que me han llevado al límite. Está lloviendo, por ser invierno es lo único que se espera, que llueva todo el día o toda la noche. Nunca fui fanático de la lluvia, me hace sentir triste y deprimido, es como si de alguna u otra forma influenciara en nuestros sentidos.
 


Cada vez las gotas se oyen más fuerte, ahogando el sonido de esta vieja casa. No tan vieja, crecí aquí. Tiene un significado muy especial para mí, este pueblo, un poco apartado, también. Después de terminar mi carrera como psicólogo decidí volver, a ver que tiene de nuevo para contar este lugar.
 


No hay mucho que ver, la mayoría del día permanezco haciendo hasta la imposible para no morir de hipotermia. Debí elegir otra época del año para vacacionar, fue muy estúpido de mi parte hacer un viaje tan espontáneo, cuando soy muy calculador.
 


—Jake, cariño... ¿En qué piensas?— Pregunta amablemente mi madre, tras entrar en la habitación.
 


—En nada... Simplemente recordando un poco...— Deja unas mantas sobre la cama
 


—Por esa cabeza pasan miles de ideas locas...— Agrega con dulzura
 


—Son simplemente ideas, no se pueden catalogar...
 


—Oh, claro que sí... Que no lo quieres hacer es distinto. Como sea, me voy a dormir
 


—Que descanses— Sale sin decir nada más, perdiéndose tras la puerta, que cierra
 


Cuando estaba más joven, podías divisar a kilómetros su alegría y amabilidad. Además, de su increíble carisma; que el tiempo se encargó en quitar poco a poco. El matrimonio de mis padres fue un fiasco, me alegra que finalmente tomaran la única decisión acertada en sus vidas, su divorcio. Aunque fue un proceso lento y doloroso, para mi hermana y para mí, supimos salir adelante. Fueron muy pocas las veces que lo veíamos, él es un hombre de negocios, siempre sumergido en el trabajo.
 


Planeo visitarlo, pero vive en un lugar más deprimente a este. A pesar que la pintura se esfumó de la fachada de la casa, tiene un toque colonial que mantiene cierto aire de misterio. La de mi padre es más escalofriante, no sé cómo una persona mayor, con problemas del corazón, puede vivir en esas condiciones tan miserables.
 


Dirijo mi vista a un lado y encuentro una foto muy antigua, se alcanza a ver a cuatro niños sonriendo ampliamente. Nos la tomaron con dos primos, fue un día muy agradable. Ver lo simple que era sacar una sonrisa en aquella época, mantiene en mi un rastro de lucidez, que mi trabajo lentamente me está quitando.
 


No es fácil escuchar día a día, los problemas de las personas, eso fue creando lentamente un agujero en mi pecho, que ni el mejor de los consejos puede cerrar. Diariamente veo cómo las personas se ahogan en un vaso de agua, no se dan cuenta que tienen un mundo en frente y elijen, en el peor de los casos el suicidio.
 


Escucho unos crujidos, que ignoro, la casa tiende a ser tenebrosa, pero cuando pasas tanto tiempo en este lugar, eso se te olvida. Gran parte de mi trabajo es racionalizar lo que sucede alrededor, para darle una explicación lógica.
 


Después de dormir por un par de horas, aunque siento que fueron minutos, escucho que tocan a mi puerta. Me levanto a duras penas y abro, pero no hay nadie. No es una sorpresa, en ocasiones mi madre es sonámbula, aunque lo niegue la he visto reiteradas veces. La dejo abierta, los espacios reducidos me sofocan, debo tener siempre una ruta de escape. Vuelvo a la cama he intento encontrar calor, pero es en vano. Tiemblo por el frío, aunque tengo más de cinco mantas, no consigo el preciado calor.
 


Me concentro en el techo, pues se oyen crujidos extraños. Deben ser las ratas o animales que habitan en la azotea. Hace mucho tiempo nadie sube allí, desde un accidente en el que la escalera se derrumbó. Casi me cae encima, fue un milagro; que nunca en la vida me supe explicar. Y, aun así, los crujidos nunca cesaron; hasta un día antes de irme a la universidad los escuché. Ahora que he vuelto diez años después, allí siguen, siendo motivo de mi tormento nuevamente.
 


De pequeño revisaba constantemente debajo de mi cama, esperando encontrar un monstruo. No lo hacía por miedo, sino por curiosidad, así haría un descubrimiento único para la ciencia. Cierro los ojos lentamente, intentando caer en un sueño profundo. Pero la turbia tormenta no opaca los pasos que escucho en la sala. No quiero bajar, no solo el frío me lo impide, me lo impide mi razón. Temo que, si bajo, encontraré un ladrón, igualmente no hay nada de valor en la casa; puede robarse lo que quiera.
 


Los pasos desaparecen y como si fuera poco llueve a cántaros. No puedo creer que alguien esté tan desocupado, como para salir a robar con esta tormenta. Ignoro mi subconsciente que me orilla a salir de la habitación y buscar esa explicación que tanto necesito.
 


No sé por qué vine en primer lugar. Si un día juré no volver— ¡Así sea el fin del mundo, no volveré a este asqueroso pueblo!— Fueron mis palabras exactas. No conté con las vueltas que da la vida y estoy aquí de nuevo. Algo me trajo a este lugar, escuchaba una voz, creo que es mi conciencia— Vuelve a casa— Percibía constantemente como un susurro en mi oído, no desaparecía, seguía ahí, junto a la larga lista de mis tormentos.
 


Después de descubrir que el amor no existe y todo era una gran farsa. Decidí alejarme de la gran ciudad, su estilo de vida al máximo, no es lo que estoy buscando. Mi declive amoroso se dio tras saber que mi novia era lesbiana y por encima de todo ello, había otro pequeño detalle. Empezó a salir conmigo porque su amigo, con preferencias sexuales que aún son dudosas para mí, le aconsejó. No me hubiera molestado en lo absoluto el hecho que fueran distintos, respeto la libertad de expresión y no puedo juzgar a nadie. Pero aun así la odio, por no decir que la aborrezco, por jugar con mis sentimientos, esos que tiempo atrás se esfumaron.
 



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En el texto hay: familia, hermanos, tormento

Editado: 14.12.2020

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