Diluvio. El despertar de la reina Zafiro

Capítulo II. La voz en el viento

Sebastián, que parece haber sido el primero en llegar, relata que despertó en una noche sin luna, en una suerte de pampa de pastos amarillentos, sin árboles, animales o cualquier otro ser vivo a la vista, más allá de la incesante flora que parecía marchitarse ante cada una de sus pisadas.

     No entendía nada; lo que apreciaba no era real; pero estaba seguro de no estar soñando. No recordaba lo que había pasado los últimos días y mucho menos cómo había ido a parar a aquel paisaje misterioso, decadente y desolador.

     Pensó durante varios minutos permanecer inmóvil en aquel sitio hasta que el sol se elevara por el oriente, y poder así, tener un panorama más claro sobre dónde estaba y hacia dónde debía moverse.

     No pudo esperar tanto. La ansiedad lo invadía por completo y decidió seguir el sendero, o lo que quedaba de él, víctima de un alarmante abandono. Era evidente que desde hacía mucho tiempo, solo las hojas quebradizas, los vientos revoltosos y los espíritus invisibles de la soledad, eran los únicos huéspedes de aquel camino que supo ser, seguramente, una importante vía de comunicación en un pasado lejano y olvidado.

     Luego de varias horas de caminar, comenzó a vislumbrar a lo lejos enormes árboles cuya altura se perdía en la noche y una frondosa vegetación, apenas iluminada por la tenue luz de las pocas estrellas que dominaban el negro cielo. Aquel paisaje, que se alzaba abrumador e imponente, desafiaba su idea inicial, puesto que, se encontraba en las antípodas del camino derruido, de tierra y piedras, que había decidido seguir cuando comenzó a caminar. Era una encrucijada; no porque el sendero sufriera una desviación y regalara dos vías distintas que lo obligaban a elegir; sino porque una voz dulce y aniñada lo invitaba a abandonar su elección primaria para adentrarse en aquel bosque oscuro y sombrío.

     «Sebas» «Sebas» escuchaba en forma de melodía, como si estuvieran atrayéndolo, guiándolo hacia un lugar donde lo esperaban con ansia. Todo estaba absolutamente oscuro; si afuera las estrellas servían de guía para atravesar el campo abierto; en el bosque todo se tiñó de negro, gracias a la densa vegetación y, sobre todo, a las innumerables e intrincadas ramas celosas que no permitían ni el más mínimo atisbo de luz. En ese contexto, solo la voz de aquella niña orientaba sus pasos...

     Mientras caminaba se percató de que, al igual que en aquellos largos y tristes pastizales, no había ninguna señal de vida en el bosque salvo, una vez más, por la gran cantidad de vegetación que lo rodeaba. Ni el ulular de las lechuzas; el canto de los pájaros o el incesante zumbido de la noche perpetua parecían estar presentes aquella jornada.

     Debía ser un sueño. Solo un sueño o una pesadilla podían explicar tanta soledad, tanta desolación. De repente, la voz cálida y abrazadora que lo guiaba dejó de retumbar en su mente; un escalofrío lo atravesó sin piedad de pies a cabeza y fue ahí, justo ahí, donde observó, a los pies de un árbol inclinado, una casilla de madera que dejaba ver luz artificial en su interior. Sonrió. Después de tantas horas de desconcierto y de deambular por bosques y praderas, había conseguido, al fin, llegar a su destino; o al menos eso creía.

     Tocó la puerta innumerable cantidad de veces sin obtener respuesta. Golpeó sus manos, en forma de aplauso para ser escuchado, pero nadie abría. Le dio no menos de seis vueltas a la casa buscando un resquicio por dónde colarse, pero era infranqueable. No había nadie; aunque la luz encendida en su interior decía lo contrario. Se sentó a esperar. Apoyó su cabeza en aquel tronco torcido y antes de dejarse seducir por el cansancio que lo invadía y cerraba sus ojos contra su voluntad, el frío -y el filo- de una enorme espada sobre su cuello lo despabilaron con rapidez.

―¿Quién eres tú? ―preguntó la voz firme de una mujer encapuchada que no dejaba ver su rostro.

―Me, me me llamo Se… Sebastián ―respondió tartamudeando, víctima del temor, poniéndose de pie como podía.

―¿Qué haces aquí y quién te ha enviado? —insistió—. ¡Habla! ­

―La verdad no sé qué hago aquí, no sé cómo llegué aquí y mucho menos estoy seguro de quién me manda ―replicó con franqueza, aunque cada palabra que salía de su boca era una provocación y una burda mentira a los oídos de aquella mujer.

     ―Tienes diez segundos para decirme qué te propones brujo o te cortaré la garganta ­―lo amenazó.

     ―¿Brujo?, ¿por qué me dice brujo? Soy tan solo un joven ­―se excusó apretando los ojos como queriendo despertar de una pesadilla espantosa.

―Solo un brujo se adentraría en el Bosque Nocturno y lograría llegar tan lejos como tú lo has hecho, ¡criatura del demonio! —bramó.

Sebastián no sabía qué decirle, cualquier razón o argumento sonarían a excusas a oídos de aquella encapuchada que había tomado la decisión de matarlo ante el más mínimo movimiento. Solo un milagro podía salvarlo de aquella situación. Fue entonces cuando, resignado a aceptar su inevitable destino, su mirada se enfocó, perdida, más allá de la espadachín que lo amedrentaba. Allí lo supo, aquella niña de hipnotizantes ojos verdes que irrumpió en la escena, abandonando la seguridad de aquella vieja casa, era quien había estado llamándolo y quien lo había guiado hacia ese momento y a ese lugar.

—¿Dónde estás mirando maldito canalla? —inquirió la mujer percatándose de una presencia a sus espaldas ­—. ¿Qué haces ahí parada? Sabes que no debes salir de nuestro hogar —le dijo a la niña que no hacía otra cosa más que observar al joven acorralado e indefenso.



Sebastian L

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En el texto hay: romance, accion, aventura

Editado: 05.04.2021

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