Dulce Tortura ©

Capítulo 6



 

—Kairi, despierta.

Abrí mis ojos de golpe al escuchar esa voz. Me senté sobre la cama asustada y observando con verdadero asombro a Donovan dentro de mi habitación.
Primero tallé mis ojos fuertemente para comprobar que la vista no me fallaba, que él de verdad estaba aquí.

—¿Qué haces en mi casa? —Espeté de golpe.

Él se encontraba comodamente sentado a mi lado, como si fuéramos grandes amigos, como si tuviéramos mucha confianza; pero sinceramente si hubiese necesitado llamar a alguien para que me ayudara, no sería a Donovan.

Me aparté lo más que pude de él, quería mantener la mayor distancia que pudiera entre nosotros.

—Te atacaron, Max me llamó y por eso vine —entorné los ojos.

—¿Cómo demonios es que Max se enteró de lo que sucedía? —pregunté con desconfianza.

—Él sale a cazar al bosque, más bien todos lo hacemos —dijo de una manera extraña, como si se estuviera refiriendo a otra cosa— Para tu buena suerte, pasaba por aquí, alcanzó a escuchar tus gritos.

No entendía el motivo por el cuál no me tragaba del todo sus palabras, pero de nada me serviría insistirle en ello, dado que no tenía pruebas para comprobar que lo que me decía era cierto o falso, sólo me quedaba no creer en ellos, no me inspiraban la mínima confianza.

—¿Quién... quién era la persona que me atacó? —susurré.

El semblante de Donovan se ensombreció visiblemente, tensó la mandíbula e hizo una mueca de desagrado.

—Escapó —simplificó. Comencé a mover mi cabeza de forma negativa; era absurdo.

—No... no pudo haber escapado de las garras de aquel lobo...

—¿Lobo? ¿De qué demonios hablas? No había ningún jodido lobo —repuso seguro, mirándome como si estuviese loca.

Rápidamente me puse de pie, lo que provocó que me tambaleara y fuera a dar de bruces contra el suelo de mi habitación.

Miré a Donovan al verme entre sus brazos segundos antes de tocar el suelo. Mis labios quedaron cerca de los suyos, su aroma me golpeó exquisitamente y su calidez me embargó por completo.

—Debes tener cuidado —sugirió en voz baja. Me solté de su agarre sin querer hacerlo del todo.

—Dime qué sucedió con el lobo y el ladrón —exigí. Él hizo un gesto cansado.

—Ya te dije que no había ningún lobo —se mantuvo firme.

—No me vengas con esa mierda, Donovan, yo lo vi... no estoy loca —aseguré.

—Pues viendo tus fachas, dudó de la veracidad de tus palabras.

Mi vista fue hacia el espejo que se encontraba detrás de Donovan; mi cabello estaba hecho un desastre, mi blusa cubierta de sangre y rota de algunas partes, dejando sólo tirones cubriendo mi cuerpo, además que mi cara de hallaba sucia, hecha un asco.

Bien, si parecía una loca.

—No me cambies el tema —advertí cruzándome de brazos.

—¿Sabes qué? Hoy no es precisamente una buena noche para molestarte y soportar tus impertinencias. Ya estás bien, así que me largo.

Lo vi caminar hacia la puerta, me interpuse obstruyendo su paso de alguna manera, aunque era consciente que podía quitarme de allí en segundos.

—Hazte a un lado.

—No, no lo haré hasta que me digas que ocurre —afirmé.

—No tengo nada que decirte porque no sé de que hablas. Simplemente podrías darme las gracias y ya —espetó serio.

—No —dije—. Un tipo trató de secuestrarme, un lobo de un tamaño increíble entró a mi casa y se lo llevó... eso es demasiado y la única persona que tengo para que aclare mis dudas, eres tú.

—Te lo digo en serio, Kairi, te equivocas de persona —dijo ansioso.

—Dime lo que sucede, maldita sea. —Seguí insistiendo.

—Quítate o te obligaré a hacerlo... y créeme que no deseas eso.

No me amedrenté ante su amenaza, aunque quizá debería de hacerlo. Era de madrugada, me encontraba sola en casa con un chico del cuál no conocía nada y que había tomado como pasatiempo hacerme la vida imposible.

—No hasta que me digas la verdad. —Aseveré tajante. Él cerró sus ojos y negó con la cabeza.

—Eres tan testaruda y estresante.

Y dicho esto me tomó por la cintura y me tiró sobre la cama subiendo sobre mi cuerpo en un parpadeo. No pude pronunciar palabra alguna porque él plantó sus labios sobre mi boca impidiéndome hablar, mucho menos quejarme.

Moví mi cabeza de un lado a otro intentando evadir su tan malditamente adictiva boca, pero él sujetó mi mentón, obligándome a permanecer quieta mientras trataba de dominarme.

—Te lo advertí... —dijo con la respiración acelerada.

—Quítate —ordené en voz baja.

—Oblígame —susurró besándome de nuevo, pero esta vez lo hacía despacio, invitándome a responderle, algo que hice... Porque, si bien, era difícil resistirse a él.



Elena López

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En el texto hay: celos, lobos, amorodio

Editado: 16.05.2019

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