Dulce venganza (edición)

Madre astuta

Para poder avanzar y dejar de tener miedo, Kaled le pidió a Florence un favor, y aunque la joven se negó rotundamente a hacer algo tan inhumano —según su punto de vista—, el joven empresario le explicó que era necesario, tanto por ella, como por él y es que requerían avanzar y curar sus heridas antes de que el mundo siguiera castigándolos por sus errores. 


Ella no tuvo más opción que aceptar las decisiones del hombre y de ayudarlo en aquella tarea tan dura que se le había encomendado ahora que llevaba su masculino cuerpo. Tuvo que apuntar las ideas de Kaled en su computadora y armarse de valor para actuar.


—Mónica, te necesito en mi oficina —habló a través de la línea, fijándose bien en la pantalla del computador.


—Sí —contestó la joven con voz dulce y antes de darle chance de decir otra cosa que la hiciera sentir peor, Flor finalizó la llamada y esperó paciente a que la mujer llegara.


No bastó mucho para que Mónica apareciera. Traía una taza de café humeante en la mano y algunos documentos que ella —ni Kaled— le habían pedido, atrapados entre su antebrazo y barriga. Una sonrisa se dibujaba en sus labios y un fuerte aroma a perfume inundó toda la oficina, aroma que a Flor le produjo picazón en la nariz. 


—Toma asiento, por favor —solicitó, recordando bien las palabras que Kaled le había dicho.


—Jefe, se me ocurrieron algunas ideas para mejorar la fiesta de la playa…


—Mónica, no te llamé para hablar de eso —anticipó nerviosa y miró la taza de café que la mujer le ofreció en son de paz—. Gracias —dijo sonriente, pero no bebió—. En estos últimos días has violado muchas de las reglas que alguna vez establecí para ti, cuando te contraté y te di toda mi confianza. 


—No, Señor Ruiz, por favor no me despida —adelantó ella, nerviosa por lo que ocurría. 


—Mónica, fuiste a mi edificio y te atreviste a esperarme afuera de mi departamento —explicó Florence con un nudo en la garganta—. Insultaste en reiteradas ocaciones a trabajadores de la agencia y…


—¿Trabajadores? —preguntó burlesca y a Flor le molestó su tono de voz—. A Flor, dirá, ¿no?


—Sí, a Florence Díaz —se nombró a ella misma y sintió un poquito de alivio al ver que por fin, después de meses de tortura, se estaba defendiendo—. Cuando te dije que era mi novia, no solo la insultaste, si no que tambén la buscaste para intimidarla…


—¡No es justo! —chilló Mónica, mostrando su lado más feo. 


—La vida no es justa, Mónica —respondió, justo como Kaled le había dicho que dijera—. Esta es tu carta de despido. Ven en treinta días y te entregaremos tu finiquito y todo lo que se te debe —respondió seria, intentando mantenerse firme.


—¿Cómo va a despedirme si no tiene dinero ni para pagar la luz? —burló y Flor se tuvo que reir por lo pendeja que le resultaba.


—Es un gasto necesario —contestó improvisando—. Cuando una manzana está podrida, es mejor sacarla o va a terminar pudriendo al resto —agregó sonriente y Mónica hizo un berrinche—. Que tengas una buena tarde —se despidió.


Y se levantó desde su silla para indicarle que ya era hora de partir. La mujer, aún sin creer lo que había ocurrido, se tardó algunos segundos más en reaccionar. 


—No es justo —repitió ella levantándose desde la silla—. Y no se va a quedar así —amenazó.


—Mónica, no seas terca, por favor —suplicó—. Florence podría demandarte por acoso laboral, ¿acaso no aceptas qué le hiciste Bullying? —preguntó cabreada—. Y yo también podría demandarte por acoso, eso de visitarme en la privacidad de mí hogar, cuando ya te lo había prohibido una vez, es acoso de primera. Además, estás ventilando los problemas económicos de la agencia cuando te exigí máxima discresión —agregó—. Ya no puedo confiar en ti.


—Señor Ruiz —lloró ella, pero se contuvo de armar un escándalo.


Cogió la carta de despido de mala gana y corrió por el pasillo, escapándose de ese momento tan humillante. 


Florence la miró marchar con muecas de tristeza y es que, a pesar de que la mujer la hostigaba a diario, no le odiaba e irracionalmente sentía aprecio por ella, también pena y es que podía ver todas sus debilidades emocionales, esas que se reflejaban en sus actitudes de guerra.


Con paso lento caminó hasta el puesto principal, donde la recepcionista se encontraba trabajando en silencio, muy concentrada en sus deberes. Se apoyó en el mesón y admiró en silencio lo que la joven tras la computadora hacía.


—Desde hoy Mónica ya no trabaja con nosotros; por favor, infórmale al equipo de seguridad para que bloqueen su tarjeta —indicó y la joven lo miró con horror, pero fue obediente, no quería que la despidieran a ella también. 



Caro Yimes

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En el texto hay: cambio de cuerpos, amor y odio, jefe y asistente

Editado: 10.12.2020

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