Ecos del silcencio

•11•

 


La guerra había sido sangrienta desde todos los puntos de vista y a pesar de que ya habían pasado cuatro años, Diego era incapaz de olvidar las atrocidades vistas . 

Cuando había decidido servir a su país, era el deseo de poder estar allí y luchar por la patria lo que lo había empujado a hacerlo, sin saber en ningún momento lo que todo aquello provocaría. Nadie le dijo las muertes que vería, las vidas que quitaría y menos aún que en su conciencia se quedarían gravados todos los actos que había hecho que más tarde se arrepintiera cada segundo libre de su día a día.

Cuidar del campo hacía que su cuerpo se cansara evadiendo así el tiempo y la mente, caía sobre su cama muerto cada noche y no solía soñar la mayoría de la veces. Pero las últimás semanas el tormento era mayor, la mente y las pesadillas lo estaban desgastando, la sensación de soledad y que el tiempo volaba en su contra lo debilitaban a cada instante . El vacío en su pecho se hacia cada vez más grande hasta consumirlo de manera inexolicabel, se sentía solo, olvidado, sin felicidad ni sueños que perseguir. Miles de veces se quedaba mirando hacía el nada preguntándose que era lo que sucedía con su vida. La importencia al no poder cambiar, al no encontrar fuerzas para ello era cada vez mayor y poco a poco le iba carcomiendo hasta aquel día donde la necesidad de terminar con todo era mucho más tentadora que antes.

No tenía nada ni a nadie, no le quedaban ganas ni esperanza. Simplemente una gran caía hacía el más oscuro vacío del que ya no deseaba salir.

Aquella madrugada cuando un rayo cruzo el negro cielo, sus ojos estaba abiertos y pudo observar la belleza de la naturaleza y escuchar el primer trueno de la madrugada.

Sonrió pensando que era algo bello al fin y al cabo, decidiendo en ese instante , estando en paz con sigo mismo, que aquel día iba a ser el  último de su vida. 

La madrugada dio paso a un anaranjado amanecer y Diego tomo un bote de pastillas del armario del baño. Lo observo durante unos segundos mientras fruncía los labios y lo apretó con fuerza mientras buscaba algunos medicamentos más.

La guerra, las heridas, las balas y la vida en general le había enseñado muchas cosas que de lo contrario jamás podría conocer. Una enfermera parlanchina y largos días en una cama de hospital le permitieron en esta ocasion elegir las pastillas mas adecuadas para lo que pretendía. 

 

El coctel iba a ser potente, lo presentía y buscaba, así que tras mezclar todas las pastillas menos las de un bote, lo coloco todo en uno de los recipientes. Removió suavemente todas como si que lo fuera a servir para algo y más tarde lo vertió en la palma de su mano. 

Le daba pena el viejo y el hecho de que quizás fuera el que lo pudiera encontrar pero a esas alturas no tenia ya a nadie a quien dejarle su cuerpo.

Decidió que aquella noche le escribiría una carta, dejaría dinero en el sobre para un digno entierro y espero que por lo menos le dieran una buena sepultura, para que su cuerpo no se quedara tirado en algún pozo sin más.

Suspiro cuando el despertador sono, lo apagó con desgana y tras una rápida ducha se vistió como todos los días. La taza de te aún humeante permanecía en una de sus manos mientras que sus ojos grises miraban aquel lugar con melancolía. Su hogar durante los dos últimos años, del cual no costaria despedirse.

Akua miraba la taza de café entre sus manos mientras se encontraba sentada en el porche de la casa. Oyó ruido en el interior de la vivienda y se levanto con extrema rapidez para entrar corriendo al interior, su abuelo le encontraba sentado sobre la cama con la vista perdida. Akua tomo una de sus manos y lo miro con amor y miedo, simplemente lo veneraba, era el hombre al que más amaba en el mundo y no tenía miedo de reconocerlo, pero si de decirlo.

Pero el aparto bruscamente la mano y ella dio varios pasos para alejarse. Cuando era más pequeño esas cosas no sucedían.

--Lo siento- hablo su abuelo con una voz seca y raspada- pero la lluvia me trae muy malos recuerdos.

Akua no supo si debía preguntar.

--Asi fue como la conocí- siguió el con la mirada perdida en la ventana por cuya superficie se deslizabas las transparentes gotas de lluvia.

Supo que hablaba de su abuela, a pesar de que sus recuerdos eran de pequeña, podía aún sentir el calor que su abuela le daba, las largas tardes que pasaban juntas recorriendo el campo y miles de instantes donde su abuela aparecía. 

Sonrió sin poder evitarlo y se acerco hacía una de las sillas en la saque decidió sentarse.

No se atrevía a mirar a su abuelo, aquel hombre ahora la imponía, pero no podía evitar seguir queriéndolo como cuando era más pequeña. Habían pasado cinco largos años que los distanciaron, el odio familiar impedía volver hacía atrás y aunque Akua desconocía la mayor parte de la historia, podía sentir que algo iba mal y tenía la esperanza de no solo descubrir que fue lo que había sucedido si no que también poder recuperar a su abuelo.

--La extraño- dijo ella al final tragando con pesar y aguantando las ganas de mirarlo.

Oyó como el viejo suspiraba y no pudo evitar girar el rostro y encontrase con su gris mirada.

Pudo percibir una pequeña sonrisa en aquellos carnosos pero ya arrugados labios, una sonrisa que iba dedicada a la lluvia y al recuerdo, pero para Akua era mucho más de lo que esperaba.

Cuando dieron las nueve de la mañana el sol parecía dispuesto a salir por lo que Diego, fiel a sus labores decidió comenzar su  último  día laboral. Se dirigió hacía el establo dispuesto a sacar al salvaje y negro demonio, llamado también caballo, hacía la explanada para que pastara. Lo que no esperaba fue encontrárselo suelto dentro del establo y pasarse prácticamente una hora corriendo tras el para atraparlo, si el viejo se enterraba de que el animal se había escapado, ya no le iban a hacer falta las pastillas y no pudo evitar sonreír antes tal broma de mal gusto de su mente.



Green_tango

Editado: 30.04.2021

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