Edward Everwood

CAPÍTULO III

La vida del pequeño Edward resultó bastante complicada. Desde que era un niño dio señas de gran debilidad física y de poseer una salud deplorable. Con suma frecuencia sucumbía a enfermedades y males de diversas índoles, a tal grado que ver entrar y salir doctores a su habitación se convirtió en algo habitual en su vida. Sin duda resultó un gran reto para Christine y una gran decepción para el señor Everwood, quien nunca imaginó que alguien de su misma estirpe careciera de las características que convertían a los Everwood en una de las familias más fuertes de Couland. La frágil salud de su hermano menor hizo que creciera en Arthur una fuerte preocupación por la vida de este, pues era el último recuerdo de la madre a la que tanto amor profesó; razón que lo impelió a dedicarse a estudiar medicina para de esta forma poder cuidar mejor de él en el futuro.

Convivir con sus hermanos le fue muy complicado. No soportaba realizar actividades físicas al aire libre con ellos. Tan sólo correr unos pasos hacía que terminara extenuado y sin aliento. Su pálida tez se tornaba roja cual tomate y con frecuencia terminaba bañado en sudor, aun cuando el clima era tan fresco que hacía casi imposible el que uno transpirase siquiera un poco. De hecho, la mayor parte de su infancia la vivió encerrado en su propia casa, detrás de las cuatro paredes de su cuarto que lo separaban del mundo exterior.

Nunca asistió a una escuela para recibir su educación básica, a diferencia de sus hermanos. Toda su educación la recibió en casa. El señor Everwood, preocupado porque su hijo se perdiera de recibir su debida formación académica, contrató a los mejores tutores, instructores y maestros particulares que pudiese encontrar no sólo en Kaptstadt, sino en todo Couland, con tal de brindarle la mejor educación a su retoño.

Para colmo de males, en el ámbito académico no siempre fue un muchacho destacado; debido tal vez a verse con frecuencia afligido por dolencias que mermaban sus facultades. Los instructores no daban muy buenas referencias a sus padres de su progreso estudiantil, e incluso llegaron a darse por vencidos y afirmar que, lo más probable, es que tuviera alguna deficiencia cognitiva.

Los Everwood, a pesar de mostrarse un tanto indignados con la opinión de los tutores, no perdieron la esperanza e hicieron lo posible por ayudarle a progresar en lo académico. Contrataron otra clase de instructores que tuvieran un enfoque diferente en su educación, además de que ellos mismos se involucraron en sus lecciones, y en esta ocasión los resultados que obtuvieron fueron favorables.

Sus nuevos instructores señalaron algunas habilidades sobresalientes en el pequeño: Edward poseía un ingenio innovador para construir objetos con materiales simples, como bloques de madera, piezas de relojería, metal y otros materiales que tuviese a su alcance. Asimismo, se le percibía una notable destreza para resolver rompecabezas, acertijos y juegos de palabras.

Su padre, fascinado por las impresionantes aptitudes que su hijo demostraba, apoyó el desarrollo de sus talentos. A menudo le compraba rompecabezas cada vez más complejos y le conseguía piezas de diversos materiales para que crease cuantas cosas deseara. Asimismo, su hermana Beatrice apoyó bastante en su educación e inculcó en él el gusto por la lectura. Con frecuencia lo acompañaba en la sala de estudio o le llevaba alguno que otro libro cuando no estaba en sus posibilidades salir de su habitación. Gracias a ello, Edward se convirtió en un ávido lector de libros de diversos temas, desde asignaturas comunes como matemáticas, biología, ciencias e historia, hasta de temas un poco más complejos como mecánica, ingeniería, carpintería entre otros, todos relacionados a la fabricación y reparación de diversas cosas en general, lo que le ayudó a pulir sus habilidades. Asimismo, comenzó a progresar a pasos agigantados en su formación académica. En verdad que sus talentos se encontraban ocultos; sólo necesitaba la motivación adecuada y un gran esfuerzo de su parte y de sus padres para hacerlos salir a la luz.

Con el paso del tiempo, la condición de Edward mejoró poco a poco contra todo pronóstico, pues muchos de los doctores que lo atendieron auguraron que no llegaría a vivir para ver su décimo invierno, por lo que todos en la casa Everwood resultaron regocijados de que dichas predicciones estuviesen erradas. Sin embargo, su aspecto físico no parecía tener mejora alguna. Era más bajo y mucho más delgado de carnes que otros niños; incluso Diana era más alta que él a su edad. Su piel se veía muy pálida, en contraste con el color de piel tan saludable que mostraban sus hermanos, y en lo que se refería a su fuerza física, esta no era suficiente, pues tenía a menudo dificultades incluso para levantar algunos objetos que cualquier otro niño de su edad podría llevar en sus manos sin problema alguno – sin embargo, es notable mencionar que su salud se volvió más estable y su condición física mejoró de manera notoria, pues para el momento que llegó a cumplir catorce años de edad, tenía una estatura y una complexión física promedio para un joven de su edad, aunque todavía eran un poco bajos para los estándares de su estirpe.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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