Edward Everwood

CAPÍTULO XIV

Transcurrieron un par de semanas desde aquel sábado en el que Edward y Tobias accedieron a formar parte del proyecto del ex detective Andy Anderson y el profesor Kallagher. Con puntualidad y constancia, los dos jóvenes se presentaron los días sábado para aprender un poco más del oficio del señor Anderson, y durante los días de clases ponían en práctica todo aquello que se les enseñaba. Asimismo, Edward recomendó ciertos libros a Tobias para que se instruyera con respecto a la ciencia de la investigación y la criminología; mismos que con gusto aceptó leer, aunque con la certeza de que poco de ellos nuestro joven compañero logró absorber.

Ahora bien, durante esas semanas, y fiel a lo que se había propuesto, Edward había llevado a cabo un sinnúmero de intentos por volverse más cercano a la señorita Raudebaugh. Resultó favorable para el joven que ella no aceptara una sola de las proposiciones que le fueron hechas por otros de sus compañeros de estudio durante ese tiempo. Todo aquel que intentaba ganarse el corazón de la doncella, sin importar el medio que utilizara para conseguir dicho propósito, era desdeñado casi de inmediato y recibía una respuesta tan gélida como el invierno en Couland.

Por desgracia, a causa de su negativa actitud hacia las intenciones amorosas de sus compañeros de clase, muchos de quienes fueron rechazados por la joven, heridos en el corazón por la actitud que muchos de ellos consideraron como orgullosa hacia sus pretensiones, comenzaron a fabricar rumores en torno a ella con tal de arruinar su reputación. Uno de los primeros en hacer correr esa suerte de comentarios de tan mal gusto fue el mismísimo Hawthorne Hollingsworth, el primero a cuyos encantos resistió la señorita Raudebaugh.

Con su actual notoriedad ahora manchada por los prejuicios que en torno a ella se habían generado, Rachel Raudebaugh se ganó el desprecio de muchos de sus compañeros en el instituto, tanto de su mismo sexo como del opuesto quienes, debido a que creían a ciegas las palabras que circulaban en boca de tantos sin siquiera tomarse un momento para corroborarlo, llegaron a menospreciarla en sumo grado.

El único que se apiadaba de la joven Raudebaugh era Edward. Fueron numerosas las oportunidades en las que se ofreció a acompañar a ambas jóvenes durante el almuerzo, compañía que ellas encontraban grata y que apreciaban sobremanera a pesar de la situación que se había generado en torno a Rachel. Con frecuencia, Edward compartía con las jóvenes algo del conocimiento que había adquirido con la lectura de sus libros. En ocasiones era un pasaje de una novela, y en otras eran datos fascinantes sobre cierta materia, en especial de artes, música y animales, algunas de las cosas favoritas de Rachel. Sus intenciones tenían un doble propósito pues, a la vez que compartía un momento en compañía de aquella persona por quien sentía un gran amor, se dedicaba a observarla con detenimiento, escuchaba lo poco que de su boca salía y, con esa información, deducía cuanto podía de la joven.

Hawthorne Hollingsworth era testigo de la cercanía del joven Everwood con la joven Raudebaugh, un contacto mucho mayor que lo que él logró conseguir. Esto provocaba en su persona sentimientos nocivos y ominosos, mismos que sólo la envidia podría engendrar, y en su astucia motivada por haber permitido que esa clase de pensamientos anidaran en su cabeza y dar rienda suelta a su corazón a que se dejara llevar por la influencia de estos, comenzó a maquinar una serie de artimañas para perjudicar la amistad entre Edward y Rachel.

Caminaban por un corredor un poco solitario del instituto el joven Everwood acompañado de su fiel amigo Tobias Tyler, un miércoles, el primer día del sexto mes en ese año. Se dirigían hacia la primera de sus clases y conversaban acerca de la tarea de ese día cuando Hawthorne Hollingsworth apareció justo frente a Edward.

—¿Qué novedades tienen ahora el perro y el gato? —preguntó Hawthorne con la intención de provocarlos.

—Buen día tenga usted también, joven Hollingsworth —respondió Edward calmado.

—¿Qué es lo que quieres ahora, Hollingsworth? —preguntó algo ofuscado Tobias.

Edward notó que su amigo comenzaba a perder los humos, por lo que puso su mano sobre el brazo de este a la vez que le musitaba que se calmara.

—Oh, nada, sólo quería saludar a mis más apreciados colegas y desearles que tuvieran un buen día. ¿Qué acaso no tengo derecho de hacerlo?

—Como usted diga, joven Hollingsworth —respondió Edward, quien no terminaba de tragarse la evidente falsa modestia de Hawthorne.

—Por cierto, ¿no habrán visto por aquí a la doncella Raudebaugh? Tengo tantos deseos de saludarla.

—Te vas a llevar una gran desilusión, Hawthorne. Ella ni siquiera tiene deseos de saludarte —contestó Tobias con cierto aire burlón hacia el joven Hollingsworth.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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