Edward Everwood

CAPÍTULO XXXIII

Los días después de aquel fin de semana transcurrieron con absoluta normalidad. Uno bien podría imaginar que, debido a lo sucedido en casa de los Sadler esa noche, la relación actual entre Edward y Rachel podría ser tensa y tener momentos incómodos; mas fue interesante y curioso que no resultara ser de esa manera.

Por el contrario, Edward y Rachel parecían ahora más unidos; como si fuesen dos hermanos. Sus tratos, saludos y atenciones fueron los mismos que solían ser antes de aquel fin de semana, cosa que dejaba más que extrañados a la señorita Sadler y al joven Tyler debido a que, en su caso, cuando Esther informó a Tobias que sus sentimientos no correspondían a los del muchacho, ambos se trataron como si fuesen desconocidos por un tiempo hasta que volvió a rayar en ellos la familiaridad que les había tomado tiempo conseguir.

Lo que no dejó de causar ciertas punzadas de dolor en el corazón de Edward fue lo que ocurrió el lunes, el décimo sexto día del décimo mes, cuando las amigas con las que Rachel se frecuentaba en el instituto descubrieron en mano de la joven Raudebaugh el anillo que simbolizaba su actual relación con Devon. Fue un aluvión de preguntas el que las jóvenes dejaron caer sobre Rachel, e incluso algunas se atrevieron a argumentar que esa joya se le había sido entregada por Edward. Para su pena –no la de Rachel, sino la de Edward, quien a menudo se encontraba presente en dichas situaciones–, Rachel tuvo que desmentir tales insinuaciones y admitir que no había sido el joven Everwood el que le había dado esa muestra de su afecto, sino más bien otro hombre. Las reacciones fueron evidentes. Muchas se decepcionaron, mientras que otras, con júbilo, la felicitaron sobremanera. Fueron momentos como esos los que exigieron mayor esfuerzo de parte de Edward para mostrar fuerza y mantener la serenidad que le caracterizaba.

Sin embargo, eso no fue lo único interesante en la agenda de nuestros personajes. Sucedió también que, durante las siguientes semanas, y gracias a una plática que Andy entabló con el jefe Beasley –huelga decir que, más que una conversación amena, aquello pareció un monólogo unidireccional saturado de protestas de variado contenido, color e intensidad; en particular ahora que el buen Andy ya podía mantenerse en pie por más tiempo gracias a las técnicas de rehabilitación administradas por Evelyn y a ciertos aditamentos proporcionados por el profesor Kallagher, y podía hablar, o mejor dicho gritar, de frente con Baldric Beasley–, por fin Edward y Tobias recibieron algunos casos que resolver. Claro estaba, el nivel de los muchachos aún no era el suficiente para asignarles casos importantes, por lo que tanto Andy como ellos tuvieron que satisfacer su deseo con casos de minúscula importancia.

Sin embargo, es curiosa y notoria la manera en la que la ironía trabaja; pues si bien el jefe Beasley se encargó de proporcionar sus casos menos importantes, fueron estos lo que, sin advertirlo, proporcionaron gran fama y renombre al equipo de investigadores; mismos de los que hablaré sin profundizar demasiado en detalles.

La gran mayoría fueron asuntos sin demasiada dificultad; lo mismo resolvían el robo de una simple joya hasta la desaparición de un vehículo enorme, o de un niño pequeño, a quien después encontrarían dentro de un agujero en un edificio abandonado de la ciudad; con vida, por supuesto, aunque por completo aterrado.

Sin embargo, el crimen que lanzó al estrellato a la dupla fue un curioso robo a una joyería. El joven Everwood y su fiel compañero Tobias asistieron a resolver dicho caso el miércoles, el décimo octavo día del décimo mes. Y, tan prestos como se presentaron, así de prestos resultaron ser para resolver el crimen.

Edward llevó a cabo una pesquisa profunda. Analizó los detalles en la escena del crimen, interrogó al propietario y también indagó por si acaso algún testigo podía dar fe de lo sucedido. Hubo testigos, si, un reducido número de ellos, y cada uno de ellos dio su respectivo testimonio.

Desconcertado, Edward siguió una corazonada y solicitó ver los documentos y registros financieros del joyero, mismos a los que tuvo acceso. Una vez que los analizó, ordenó a uno de los oficiales asignados por el jefe Beasley para que hicieran compañía que pusieran en custodia al propietario y que también llamaran al jefe Beasley. Este apareció pronto en la escena de crimen, y Edward solicitó que arrestara al joyero. ¿La razón? Él mismo era el culpable del crimen.

Durante su interrogatorio al propietario, Edward notó ciertos indicios que captaron su atención: una cortada en su dedo pulgar derecho que se había hecho ese mismo día y astillas de vidrio en sus pantalones y zapatos, productos del momento en el que destrozó las vitrinas para aparentar que alguien había entrado a hurtar ese día. Aunado a esto, el testimonio proporcionado por los testigos resultó ser poco convincente y nada concordante, lo que fue una gran casualidad en su favor. Asimismo, en sus registros financieros, además de un decremento en sus ingresos de los últimos meses, notó ciertos documentos que hacían referencia a deudas y préstamos solicitados por el propietario, mismos que tenían el carácter de urgentes en su pago y de no haber sido finiquitados. Para Edward y Tobias esto no resultó ser otra cosa sino la pista que necesitaban para declarar al culpable.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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