Edward Everwood

CAPÍTULO XXXVII

Ahora bien, mientras el equipo de investigadores llevaba a cabo su respectiva labor, sucedió que Rachel comenzó a despertar de su letargo inducido por causa de la sustancia que los raptores emplearon para hacerla cautiva.

Conforme despertaba, sus sentidos también lo hicieron poco a poco. Lo primero que notó fue que estaba en un sitio en penumbras, al que entraba tan sólo la débil luz de una lámpara incandescente del corredor contiguo al lugar donde estaba encerrada. Al mismo tiempo, comenzó a escuchar un sonido débil que poco a poco comenzaba a intensificarse a la par que se volvía estridente e insoportable. Una vez se aclaró su audición, no tardó en percatarse de que se trataba de Hawthorne, quien clamaba y lloriqueaba a voz en cuello por su liberación.

—¿Dónde estamos? —preguntó con voz débil, pero el único presente en el cuarto ni siquiera prestó atención a sus palabras, sino que continuó en su ruego—. Hawthorne, ¿dónde nos encontramos? —inquirió de nueva cuenta, pero no recibió respuesta alguna—. ¡Hollingsworth! —gritó lo más fuerte que sus fuerzas se lo permitieron.

—¿Qué en toda la tierra habitada es lo que quieres? —respondió airado el aludido.

—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó de nueva cuenta Rachel.

—Mujer tenías que ser —masculló exasperado, como si su sexo fuese culpable de que no estuviera enterada de lo sucedido, y sus palabras causaron indignación en Rachel—. ¿Qué acaso no te das cuenta? ¡Fuimos raptados! —respondió a gritos y vuelto un energúmeno.

—No puede ser —murmuró—. ¡Tenemos que buscar una manera de salir!

—¿Y qué crees que hacía? ¿Perder el tiempo?

—Y te quejas de mí y me acusas de ser ignorante sólo por ser de mi sexo —adujo Rachel—. ¿Acaso crees que sólo con solicitar nuestra libertad nos la van a conceder? ¡Ellos son criminales, no tus sirvientes!

—Quizá conmigo tengan piedad y accedan a mi solicitud si llego a un acuerdo con ellos. Pero en lo que a ti respecta, me parece que tu suerte se agotó.

—¿Qué? —preguntó perpleja—. ¿Piensas abandonarme aquí?

—No sólo lo pienso, voy a hacerlo. Es más, soy capaz de ofrecer tu misma alma a cambio de mi libertad.

—¡Esto es inaudito! —gritó vuelta una furia la joven Raudebaugh—. ¡Eres la peor escoria que jamás me haya tocado conocer en mi vida! Además, ¿te has puesto a pensar que sucederá con Devon? ¿Qué pensará tu amigo si se entera que ha perdido a la persona a quien ama, aun a pesar de que existió la oportunidad de haber sido liberada?

—Existen muchos peces en el océano, querida —respondió con mofa—; muchos de mejor calidad que la tuya. Tal vez encuentre alguno cuya carne esté inmaculada y libre de cualquier deshonor que usted haya cometido.

Esto fue el límite para Rachel. Tales acusaciones de algo por demás alejado a la realidad y sin una razón válida fue la que la dejó en estado exacerbado. Su feroz mirada, propia de las fieras enjauladas y embravecidas, y su respiración agitada no expresaban otra cosa que una ira incontrolable.

—¿Por qué insiste con tanta vehemencia en insultar mi honor? —protestó la doncella al borde de estallar en ira al tiempo que hacía el intento por ponerse de pie.

—¡Es lo menos que se merece alguien como usted! —reclamó Hawthorne.

—¿Y por qué razones insinúa que soy digna de recibir tan ofensivo trato hacia mi persona? —gritó la embravecida damisela.

—¡Por no aceptar mis intenciones amorosas y, sobre todo, por acercarte a ese cadáver ambulante de Edward Everwood! ¡Si no me hubieses rechazado desde un principio, te habrías evitado toda esta suerte de calamidades! —contestó.

—¿Qué clase de ridiculeces son las que dice? ¿Por qué incluye a Edward en esto? —preguntó, y de pronto recordó la conversación que mantenían momentos antes de haber sido privados de su libertad, lo que avivó un poco más la flama de la ira que la consumía—. ¿¡Cómo se atreve a obrar de una manera tan vil para con el joven Everwood!? —espetó con toda su ira.

—¡Porque no lo soporto! —contestó airado—. Siempre intenta probar que es una mejor persona de lo que yo soy, desde el primer día en que lo conocí; y lo que lo vuelve más lamentable es el hecho de que lo consigue. Tiene mejores amigos que los que yo algún día podría tener, y se mantiene ecuánime ante las adversidades que afronta, y en particular aquellas de las que soy el causante. Por si fuera poco, ¡a pesar de que el infeliz está a punto de morir, siempre mantiene esa sonrisa en su rostro y una actitud tranquila y confiada, y no puedo concebir a alguien así! ¡No puedo tolerar verlo brillar, aun cuando sus circunstancias sean tan oscuras! Pero, sobre todas las cosas, lo repudio porque te tiene a ti, Rachel Raudebaugh, y yo no.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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