Edward Everwood

CAPÍTULO LV

Si toda la ansiedad que invadía dicho momento pudiera adoptar una forma tangible capaz de ser medida, de seguro no existiría manera alguna en que cupiera en el interior del recinto donde se encontraban. Y si bien el joven Everwood no tenía la costumbre de mordisquear sus uñas debido al nerviosismo, no cabía duda de que, a causa de las circunstancias en las que se encontraba, se vería tentado a adoptarlo como un hábito.

Frente a sus ojos se presentaba un espeluznante cuadro que ningún joven de su edad hubiese deseado presenciar en su vida. Tres de sus seres más apreciados se encontraban en manos de individuos viles y faltos de bondad, quienes amenazaban con cortarles de la existencia ante la impotente presencia del muchacho. Lo que lo hacía más desconsolador era el hecho de que su gran amigo, el imparable Tobias, quien era capaz de derribar una montaña si esta le bloqueaba el paso, se mostraba sumiso y con la moral más abajo que el sitio subterráneo en el que se encontraban.

El momento se sentía eterno, a pesar de que había transcurrido sólo unos segundos. Edward no pudo evitar que su respiración se agitara y su cuerpo entero comenzara a temblar de temor. Sus ojos, convertidos en azules manantiales, eran la mayor evidencia de su falta de capacidad para poner a salvo a sus amigos. De nada parecía servir su ingenio, ahora mermado a causa de su enfermedad y debido a la influencia de sus emociones sobre sus facultades de raciocinio, en contra de las balas, y sus fuerzas físicas eran escasas para enfrentar cara a cara a sus adversarios.

Sólo le quedaba rogar por un milagro; y lo que a continuación sucedió podía considerarse como lo más cercano a ello.

En el preciso instante en que Quade comenzaba a hacer presión sobre el gatillo del arma, un fuerte estruendo estremeció a todos los presentes. Edward cerró sus ojos y apretó su cuerpo, y de la misma manera reaccionaron Rachel y Tobias, e incluso el profesor dejó salir un leve grito de sorpresa.

—¿Qué fue eso? —preguntó Rott con su mirada hacia el techo del recinto, el lugar de donde parecía provenir el ruido.

El estruendo se convirtió en un fuerte rugido. Alarmados, Deacon, Quade, Edward y Rachel también levantaron la mirada y prestaron más atención para tratar de descubrir qué era lo que sucedía.

Tobias, por su parte, cerró sus ojos, respiró de manera profunda por su nariz y exhaló con violencia por su boca. Acto seguido, y con gran velocidad de reacción, decidió aprovechar la ventana de oportunidad que se había presentado; entonces abrió los ojos, retiró sus manos de su cabeza, sujetó el arma de Quade y la apartó de su cabeza.

Quade, quien no esperaba tal reacción de su parte, y mucho menos debido a encontrarse distraído, forcejeó con el muchacho y soltó un disparo que impactó cerca de donde Rott se encontraba. Esto alertó a Ira Rott, quien se percató del disturbio que ocurría a su alrededor. Entonces, por medio del uso de la gran fuerza que le caracterizaba al muchacho, se levantó, tomó a Quade como si fuese un costal mientras sujetaba sus manos y lo arrojó al suelo. Debido al dolor causado por el impacto, pues golpeó su espalda contra un pequeño montículo de monedas, Quade soltó el arma, misma que Tobias tomó y arrojó lo más lejos que pudo.

Conforme sucedía lo que se narró con anterioridad, Rott apuntó su arma hacia Tobias para disparar, pero se detuvo un momento cuando lo vio levantar a su empleado sobre sus hombros y sin demasiado esfuerzo para derribarlo, pues no quería fallar su tiro y que este provocase daño alguno a su compañero. Rachel, al percibir las intenciones de Rott, propinó al hombre un pisotón en el que aplicó toda su fuerza y su peso sobre su talón. El tacón de su bota lastimó el dedo más pequeño del pie de Rott quien, lleno de dolor, lanzó un grito, soltó a la chica y descargó un disparo de su arma que, por desgracia, hirió el brazo izquierdo de Tobias, una de las pocas zonas sin demasiada protección antibalas en su abrigo. Al verse libre de su captor, la joven Raudebaugh aprovechó para escapar, y entonces se dirigió hacia una de las montañas de oro donde se encontraba incrustado un florete que extrajo con un poco de dificultad.

Presa del dolor, Tobias lanzó un fuerte alarido mientras sujetaba su brazo lastimado con su mano derecha, y acto seguido pasó a apartarse de allí con presteza.

—¡Deja que te atrape y te daré tu merecido, mequetrefe! —amenazó Quade una vez que se levantó del suelo, con gran esfuerzo y la espalda invadida por un dolor indescriptible. Tomó de uno de sus bolsillos un gran cuchillo y entonces pasó a seguirlo a paso lento mientras profería quejidos.

Por su parte, Deacon quiso intervenir en la reyerta y dispararle al joven Tyler, pero se vio obstaculizado por el profesor Kallagher, quien se levantó del suelo y comenzó a forcejear y discutir con él.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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