El asesino de las rubias ©

Capítulo I. Elizabeth Mod (Parte I)

Domingo 5 de octubre, 20hs, condado de Nueva York, El Bronx.

     —Disculpe la tardanza; el tránsito es imposible a esta hora —se excusó apenas entrar al Mouse's House, donde la esperaba impaciente su enigmático prestamista.

     —No hay de qué preocuparse, yo llegué hace cinco minutos —respondió mientras le hacía un ademán al mozo para que fuera a tomarles el pedido —. Elige lo que quieras del menú, aunque consejo —dijo acercándose tanto como la mesa del restaurante permitía—, la ensalada mixta y el lomo de res empapado en Satay, resultan un manjar.

     —Por supuesto, suena tentador.

     —¿Qué van a ordenar? —preguntó el mozo acercándose bandeja en mano, con una sonrisa de oreja a oreja.

     —Sí, quisiéramos dos especiales de la casa; muy condimentadas y una botella de su mejor vino

El mozo asintió con la cabeza y tras retirar las cartillas de la mesa, se retiró con premura al mostrador. El plato tardaría una media hora en llegar, tiempo más que suficiente para entablar conversación y construir la tan evasiva confianza, siempre necesaria en este tipo de reuniones donde el secreto y la discreción lo son todo.

     —Bueno, Elizabeth, como te dije por teléfono, estoy ávido de financiar tu investigación; todavía no me explico cómo nadie se ha interesado en tu trabajo —dijo mientras el mozo volvía para llenar sus copas.

     —Por favor, dígame Lizi; y ya sabe cómo es esto —dijo elevando las pestañas—; siempre que algo es desconocido, poco habitual, no hay muchos inversionistas que estén dispuestos a arriesgarse—respondió brindando a su salud.

     —El que no arriesga no gana —dijo guiñándole el ojo y elevando la copa; anticipando una velada inolvidable.

        El reloj marcaba las 22.15hs cuando se disponían a abandonar el restaurante, luego de una prolongada y constructiva sobremesa que duró alrededor de una hora. Conversaciones estrictamente laborales y alguna que otra pregunta indiscreta; que buscaba ahondar en la vida privada de la joven entusiasta, sirvieron para romper el hielo y oficiar de antesala a una noche que no hacía más que comenzar.

     —Mañana viajo a Florida por negocios, pero a mi regreso me pondré en contacto para delinear los pasos a seguir; tu trabajo estará en boca de todos antes de lo que imaginas —dijo aquel hombre de voz ronca mientras se ponía la bufanda para combatir el frio inclemente.

     —¿Usted cree? Pero aún no lo ha visto —se lamentó con un dejo de tristeza.

     —Confío en tu palabra; después de todo, fue mi culpa no haberte pedido que trajera una muestra esta noche.

     —¿Está muy apurado? Mi casa está a tres cuadras... serán solo unos minutos.

     —No lo sé —respondió mirando su reloj de oro— ¿Crees que debo observarlo?

     —Me encantaría que lo hiciera, así puedo explicarle en los borradores cómo funciona.

     No se habló más. Los dos extraños conocidos, caminaron hacia el hogar de la joven que, efectivamente, se encontraba a escasos 250 metros del restaurante. Elizabeth estaba emocionada; era la primera vez que alguien la tomaba en serio y se aferraba con uñas y dientes a la oportunidad que había estado esperando toda su vida. Con apenas 2º, un viento que helaba la sangre y una niebla espesa que humeaba con cada bocanada de aire, estaban más que felices de arribar al 367 de la calle Lincoln para ultimar los detalles de la operación.

     —Tome asiento Sr Robertson, enseguida regreso. 

     Dejó a su invitado en un sillón del living-comedor, mientras se marchó a su modesto escritorio para tomar los borradores del trabajo de su vida.

     La joven mujer no tardó más de dos minutos en regresar; sin embargo, el inversor, que no dejaba de observar las agujas de su reloj correr, transpiraba la gota gorda de la eternidad, mientras movía sus piernas de modo exasperante y secaba el sudor de su frente con un pañuelo de tela deshilachado.

     —Aquí lo tiene —Lizi soltó su carpeta como quien entrega un sueño y luego se dirigió a la cocina a buscar dos vasos y una botella añeja de malbec que estuvo reservando para una ocasión especial.

     —Eres toda una genio —dijo mientras ojeaba muy por arriba cada una de las hojas del proyecto de purificación—, no tengo duda de que esto será una verdadera revolución

Ni bien terminó de pronunciar el cumplido, su rostro maravillado se tornó adusto al notar que algo no estaba bien con su anfitriona.

     —¿Hace un poco de calor, no lo cree? —preguntó Elizabeth apantallándose con una servilleta.

     —Tu cara se está hinchando ¿está todo bien?

     —Sí, no se preocupe —respondió con muecas indisimulables de dolor, tomándose con una mano la zona abdominal y con la otra rascándose como si su vida dependiera de ello—, debe ser una alergia.

     —¿Alergia? ¿Existe algún modo en que pueda ayudarte?

     —Llame al 911 —alcanzó a decir mientras buscaba, en vano, llenar sus pulmones antes de desvanecerse, desfigurada, presa de una intoxicación letal.

 

Un par de horas antes en el Condado de Nueva York, Manhattan.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 23.09.2020

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