El Engaño

Recuerdos; Primera Parte

JONÁS

No todos los niños tienen las mismas oportunidades que los demás: unos nacen en familias adineradas y se sostienen en una vida de riqueza y lujos; otros en medio de comunidades pobres y son obligados a trabajar a muy temprana edad; y en muchos casos, como el de mi hermano y mio, estamos obligados a sobrevivir en las calles, sin un hogar o una familia, forzados a luchar contra el dolor y el hambre. Pero nuestra vida no siempre fue así; antes teníamos todo lo que cualquier niño hubiese deseado: casa lujosa, sirvientes y una familia unida, pero cuando sufrimos la muerte de mamá, mi papá sufrió una seria depresión que trajo como resultado un segundo matrimonio falso y una muerte por tener una infección en el hígado.

Desde ese día, mi hermano Beto y yo hemos sido obligados a vivir en las calles vendiendo chicles, limpiando parabrisas y durmiendo en edificios abandonados con el fin de sobrevivir.

—¡Córrele, Johnny! —me dijo Beto—, que todavía nos faltan diez cuadras para llegar.

—Ya voy Beto; oye, ¿al menos podemos descansar un rato? Me estoy muriendo de sed y no hemos comido nada en...

—Lo siendo Johnny, pero tenemos que seguir caminando, recuerda que la banda se marchará esta noche, con o sin nosotros.

—¿Y que tal un chicle?

—Tampoco; acuérdate que no hemos surtido y que esa caja es lo último que nos queda hasta que lleguemos a una dulcería.

—Está bien, nada mas déjame respirar un poco.

Beto y yo llevamos dos años viviendo en las calles y durante ese tiempo hemos estado huyendo de criminales, drogadictos, pervertidos, y de la policía. Por otra parte, ambos sabíamos que vivir en las calles no conduciría a nada bueno debido a que la probabilidad de morir era muy alta, pero no teníamos otra opción; cuando papá falleció, dejó toda nuestra herencia en manos de Teresa, su segunda esposa, quien nos echó de la casa a los pocos días que nuestro padre falleciera.

No teníamos a donde ir. Mis padres eran hijos únicos y nuestros abuelos estaban muertos. Solo nos tenemos el uno al otro.

—Y aquí es... Pelícano. Muy bien, ya solo nos faltan unas cinco cuadras más Johnny.

—Gracias a Dios, pero, ¿todavía te acuerdas a qué hora nos dijo el Tuercas?

—A eso de las cuatro y media. Lo bueno fue que solo nos va a cobrar lo que hoy sacamos de los chicles.

—¿Y a dónde nos va a llevar?

—Él dijo que al D.F. Ahí la gente es más generosa, sienten lástima por los niños como nosotros.

Para mí, mudarme no era algo nuevo; esa era la tercera vez en el año que Alberto y yo teníamos que cambiarnos a una ciudad donde no estuviésemos boletinados por robar frutas de los mercados ambulantes o despensas de supermercado.

Incluso me he llegado a preguntar, ¿qué irían a pensar mispadres sí se enterasen que Beto y yo tenemos que recurrir aesas tácticas para sobrevivir?

—¿Y crees que nos deje comer algo en el camino?

—¡Quién sabe, Johnny! Pero lo que sí sé es que nos vaa ayudar a escondernos en un tren.

—Solo espero que no nos tiren del vagón, como laúltima vez.

Lo único bueno era que, según los rumores, el Tuercassiempre les daba a los miembros de su banda un paquetede galletas saladas antes de partir. Una buena noticia paraalguien que no había masticado una sola miga de pan en casidos días y una oportunidad de oro que tuvo que ser alejadade nuestras manos por una inesperada sorpresa que comenzócon los gritos de unas personas diciendo:

"¡Auxilio! ¡Por favor!¡Sálvennos...!".

Lo primero que pasó por mi mente era la curiosidad de saber siesas voces eran reales o solo un producto de mi imaginación.

Digo, si hoy en día uno no puede estar muy seguro de lo quepuede ocurrir en la calle, no pude asegurarme de lo que ocurríasino hasta que mi hermano y yo pasamos por un restaurantellamado Paolo's que al parecer se estaba incendiando.

Yoconocía a Beto. Él no iría a perder la oportunidad de huir conel Tuercas a otro estado por ayudar a unos desconocidos aescapar de un incendio... ¡pero yo sí tenía que hacer algo!

En ese entonces no parecía importarme lo que pasara, o simi hermano me fuese a abandonar, siendo que lo único quedeseaba era hacer lo que hubiese hecho mi madre en unmomento así.

—¡No puede ser...! —gritó Marcela—. ¡Papá!

—¡Marcela! —gritó Paolo desde la cocina—. ¡Tienenque salir de aquí! ¡No se preocupen por mí! ¡Solo salgan yesperen a que los bomberos lleguen! ¡Busquen ayuda...!

—¡No, papá...! ¡Tú eres mi única familia, y me rehuso aperderte, como perdí a mamá!

—¡Eso no importa...! ¡¡¡Huye!!!

—¡¡¡Papá!!!

—No podemos hacer nada Marce —interrumpióPoncho—, tenemos que huir, el lugar se está derrumbando.

—¡Olvídalo, no me voy sin mi padre...!

En solo cinco minutos el fuego ya se había expandido encasi todo el restaurant: las salidas estaban bloqueadas, latemperatura estaba aumentado y tanto el mostrador como lasáreas del comedor y juegos estaban siendo consumidas porel fuego... y Marcela lo sabía, pero aún así, estaba dispuesta ahacerlo. Sin importar lo que pasase, ella tenía que ir a salvar lavida de su padre.



C. M. Kenday

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Editado: 20.03.2018

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