El hombre del sombrero grande- #1 Trilogía Solsticio

2 TÚ Y YO Y...¿ÉL?

Lunes 26 de septiembre 2016

 

Nuevo día, mi fin de semana no pudo haber sido peor. El debate que tenía con mis pensamientos no era nada fácil. Pasé todo el domingo pensando en Damián, y me distraje tanto en mis monólogos que no me había prestado atención a lo que tenía que repasar de mis clases. Jamás me había pasado esta situación, tanto era mi deseo de encontrarme con él que  incluso arreglé mi ropa para este día. Lamento no tener más de donde escoger; en mi vestimenta siempre escojo lo más simple posible.

Una blusa blanca de algodón, pantalon azul y un par de zapatillas azules eran mi mejor opción. Me hice una cola y me dirigí a la Universidad. Mientras caminaba hacia mi salón observaba por todos lados si veía una señal de él, pero todo era tan normal, que mis esperanzas se fueron lejos. Decepcionada entré al salon , aun no había llegado nadie, ni siquiera la Licenciada Ortegón. Me senté saqué mi cuaderno para dar un último repaso, ví mi celular eran las 6:14am. Quizás pasaron unos 5 minutos, cuando escuché unos pasos que se acercaban al salón desde el pasillo.  Y vi entrar  a Damián al salón. Mi respiración se cortó por unos segundos y mi corazón latía tanto que lo podía sentir en mi garganta ahogándome.

Iba vestido con una camisa celeste estilo jeans de mangas largas y él se las había doblado un poco antes de los codos, pantalón negro rasgado de las rodillas y zapatos casuales cafés. Llevaba en sus manos su laptop y un portafolio negro.

— Buenos días señorita Lavalle — me dijo sin dirigirme la mirada. Ha llegado muy temprano.

— Sí — le respondí quería aparentar que no tenía importancia — estoy repasando mis apuntes.

— No lo dudo, es usted una excelente alumna — y su mirada se clavó en mí. No pude evitar lo nerviosa que estaba y comencé a tocarme la nariz y miré rápidamente mi cuaderno.

— Sabe — me dijo — a partir de ahora seré el instructor de esta clase. Le ayudaré a dar la sesión de hoy a la Licenciada Ortegón.

Y puso su laptop en el escritorio.

— ¿Enserio?, no es de extrañar si tambien eres un alumno destacado. Pero ¿Porqué en esta clase?. — me invadía la curiosidad de saber quien era y el porque no puedo ver su aura.

— ¿Me creería que el motivo es porque estoy buscando a una persona?

Que intriga Dios mío

— Tengo muchas razones señorita Lavalle — su tono de voz cambió, comenzó a dirigirse hacia mí y pude sentir un escalofrío en mi espalda no era un sitio seguro para mí, de nuevo quería salir corriendo — la principal razón es que quiero encontrarla y estoy tan interesado que quiero conocerla muy bien.

Él se sentó en un pupitre que estaba adelante de mí. Trataba de evitar su mirada penetrante, mi nerviosismo era obvio, pero no podía dejar de mirarlo, creo que en ese instante el tiempo se congeló. Es tan atractivo y pude contemplar su rostro muy bien. Tenía sus cejas gruesas pobladas, sus ojos eran oscuros pero justo en el centro alrededor del iris empezaban a tornarse grises, sus labios son perfectos. Era el rostro de un hombre rudo, pero apesar del escalofrio de su presencia cerca de mí ¿Porqué sentia paz?

Me sonrió, Dios... es bella su sonrisa. Dirigí mi mirada al escote de su camisa, tenía un collar delgado muy discreto que tenía como dije un anillo. Era de plata, se miraba muy costoso.

— Señorita Lavalle ¿Quisiera un café?

— ¿café? — estaba extrañada

— Sí, se lo puedo traer del salón de descanso de los profesores.

Se levantó y salió del salón — que bello ese anillo — me dije — estoy segura que la persona que él busca sea la dueña. Me molesté al pensar en que buscaba a una mujer.

Al instante volvió con dos vasos. Y de nuevo se sentó en el pupitre. Me dió el café, estaba a la temperatura perfecta como para tomármelo rápidamente.

— ¿A quien deseas tanto encontrar? — me moría de curiosidad.  Quería escucharle decir con sus propias palabras, para perder mis esperanzas.

— Es una mujer — me dolió el estómago cuando lo dijo. Quería que la tierra me tragara.

— Debe de ser muy especial para tí Damián.

— Todo depende cuando la conozca Camila. La he buscado por mucho tiempo; no creo que sea la misma, pero quiero averiguarlo.

Se quedó viendo el suelo, su rostro quedó de perfil, tenía hecho su moño, perfectamente arreglado su cabello negro. No podía creer que lo que estaba observando no era el suelo, si no mis pies. Y recordé que el viernes pasado cuando se me cayó mi apuntador láser, miró detenidamente mis tobillos y me ruboricé.

— ¿Te ha dado calor el café?

— No — le dije — pero está delicioso, gracias.

— Era lo que querías Camila, que te invitara aun café — hubo una pausa — pero perdona que no sea en un lugar más bello, era mucho más mi deseo de intercambiar palabras contigo.



Margaret Lezpoda

Editado: 13.06.2018

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