El llamado de Naín

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Ya en la tarde-noche el viejo Tadeo  lo dejó descansar, se acababa de duchar y se dirigía a su cama para acostarse un momento, pero luego, un joven ixthus de unos quince o dieciséis años se le acercó.

—Hola—saludó—, me llamo Gera y soy tu compañero de dormitorio.

A Naín le resultó extraño que le hablara, desde la noche anterior cuando todos estaban enfurecidos con Lael por su presencia en Hekal, nadie le hablaba e incluso hasta evitaban cruzarse con él en cualquier lado.

Naín solo se quedó mirando al muchacho, tratando de averiguar cuáles eran sus intenciones; no podía ser nada bueno, nadie lo quería en ese lugar, excepto tal vez Tadeo y Lael y eso lo hacía preguntarse hasta cuando lo perdonarían por su pasado.

—Amm—Gera se puso nervioso al ver que Naín no le respondía—; los muchachos y yo…—titubeó—tenemos un tiempo libre y queríamos, queríamos invitarte a jugar un partido de baloncesto con nosotros, si tú quieres.

La invitación tomó por sorpresa a Naín ¿Por qué de pronto tanta amabilidad? Pero fuera como fuera, con su brazo en tan mal estado no podría jugar, así que prefirió declinar la oferta.

—No gracias, estoy un poco cansado.

—Bien, solo pensé que te gustaría, si cambias de opinión estaremos afuera.

El joven se dio la media vuelta y se fue.

Al quedarse solo en la habitación, Naín se dio cuenta de que era un poco deprimente, así que decidió salir a pasear un poco y matar tiempo hasta que se llegara la hora de dormir.

Las lámparas que iluminaban las jardineras y banquetas ya estaban encendidas, aunque aún no oscurecía del todo.

En la cancha de básquet efectivamente se disputaba un reñido partido, pero no le apetecía ir con ellos y siguió caminando sin un rumbo fijo.

Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que sus pasos lo llevaban directo hacia el hospital y se detuvo en seco “¿Por qué camino hacia allá?” se preguntó.

En una situación como esa, lo más común es darse la media vuelta y alejarse, caminar hacia un lugar donde se quiera ir; pero los pies de Naín se negaban a moverse, porque su cerebro no les daba la orden de hacerlo, porque su corazón quería quedarse ahí. Y es que un pensamiento se plantó en su cerebro: “qué bonito sería ver salir a Vasti” y casi como si lo hubiera deseado, la puerta de la entrada se abrió; y la rizada y abundante cabellera que tanto anhelaba ver, se asomó por la puerta. Inmediatamente Naín se escondió detrás de una de las farolas que estaba por ahí cerca, y desde ahí vio a Vasti despedirse de los que aún estaban dentro del hospital y caminar hacia su dormitorio.

Aún estaba Naín embelesado cuando Vasti entró en su dormitorio y cerró la puerta, pero fue cuando dejó de verla que cayó en la cuenta de que estaba escondido ¡escondido! Se sintió como un tonto por eso ¿Qué tenía ella de especial que lo llevaba a cometer semejantes tonterías? Enojado se dio la media vuelta y regresó a su propio dormitorio. Sus compañeros ya estaban ahí y reían y bromeaban entre sí, pero cuando Naín entró todos guardaron silencio. Naín notó el repentino cambio de humor del dormitorio, pero no le dio mucha importancia; decidió que si lo hacía les estaría dando gusto y razones para seguir haciéndolo, así que sin mirar a nadie se metió en su cama y se durmió; minutos después los demás hicieron lo mismo y apagaron la luz.

Temprano al amanecer, el viejo Tadeo volvió a despertar a Naín hasta su dormitorio.

—Muchacho, despierta—Le dijo mientras tocaba suavemente uno de sus costados.

—Tadeo—dijo Naín—, buenos días ¿Qué haremos hoy?

Tadeo sonrió cuando vio que Naín mostraba un poco de entusiasmo en lo que harían durante el día y le respondió animado:

—Primero que nada, los puercos necesitan un buen baño.

—Pero apenas me bañé ayer—respondió Naín en broma, lo que arrancó sonoras carcajadas a Tadeo.

—Eres muy gracioso muchacho, no, no pero me refiero a mis cerditos.

—Oh bueno, que bueno saberlo.

Le hacía feliz a Naín saber que al menos contaba con un amigo en Hekal, y animado siguió a Tadeo hasta el cuchitril cargados de escobas y cubetas.

— ¿Me dirás como se hace Tadeo?—preguntó Naín cuando llegaron.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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