El novio de mi hermana

Capítulo 24

Oí el ruido seco del congelador al abrirse, el crujido de los cubos de hielo al ser arrancados de su bandeja. Los pasos no se fueron. Se acercaron a mi espalda.
—Pensé que los médicos eran más eficientes. Ese plato tiene una capa de esmalte menos —su voz era un filo, fría y despectiva a mis espaldas.
—¿Viniste a supervisar el lavado de trastes, Lombardi? Qué poco para un hombre de tan importantes tratos ¿Tienes algún consejo que darme,oh sabio empresario? ¿O solo viniste a soltar más de tus perlas de desprecio? Pensé que venías a ayudar —dije, sin volverme, intentando que mi voz sonara firme y fallando estrepitosamente.—Pero veo que solo quieres criticar.
—No vine a ayudar —respondió su voz, grave y más cerca de lo que esperaba.—Vine por hielo —el tintineo de los cubos en su vaso sonó como una burla.—Pero es difícil concentrarse con tu… presencia. Distrae. Como un accidente de tráfico.

Me di la vuelta entonces apagando el grifo y secándome las manos con un trapo , apoyándome contra la mesada para no tambalearme. Él estaba a solo dos pasos de distancia, inmóvil, observándome.Había dejado su saco en la sala y se había arremangado la camisa, revelando unos antebrazos fuertes y venosos que no cuadraban con el hombre de negocios.La cocina, que antes parecía espaciosa, de repente se sentía diminuta.
—¿Siempre eres tan encantador o haces un esfuerzo especial conmigo?
Él estaba más cerca de lo que imaginaba. Menos de un metro nos separaba. Su mirada, antes fría, ahora ardía con una intensidad nueva.

—Contigo no tengo que esforzarme, Russo. Eres un libro abierto de pretensiones e inseguridades. —Dio un paso al frente. El espacio personal murió—Crees que ese novio insulso te da valor. Solo te está quitando el poco fuego que tienes.
—Alex es mil veces el hombre que tú serás —escupí, temblando de rabia.— Él no necesita pisotear a los demás para sentirse grande.

Una mueca cruel torció su boca. —¿Pisotear? Yo solo veo la realidad. Y la realidad es que tiemblas no de odio, sino de ganas de gritar que te aburres. De que te pudres en esa mediocridad dorada.

—Cállate.

—¿Por qué? ¿Porque duele o porque es cierto?

Nuestra respiración era un duelo de suspiros cortados. El mundo se redujo a la cocina, al espacio diminuto entre nuestros cuerpos. Y entonces, lo vi.
Sus ojos, aquellos ojos verdes que desprendían odio y desprecio, bajaron. No a mis ojos, sino a mis labios. Se detuvieron allí, y algo se quebró en su fachada. La máscara de indiferencia se resquebrajó, y por una fracción de segundo, vi puro deseo crudo, incontestable.

Fue ese vistazo lo que lo perdió.

Un gruñido ronco, casi animal, escapó de su garganta. Y entonces, él se rindió.

—¿Qué quieres, Bruno? —El tono fue cortante, un último intento de defensa.

Su mano se enredó en mi cabello de un tirón, no para lastimar, sino para poseer. La otra mano en la cintura, clavándome contra su cuerpo antes de que pudiera protestar. No hubo suavidad, ni pregunta. Solo hambre.

—Maldita sea —masculló, y fue una maldición para sí mismo, una rendición.

Y entonces, sus labios se estrellaron contra los míos.

El beso no fue una exploración. Fue una afirmación. Un acto de posesión salvaje y desesperada. Su sabor a whisky y a hombre me invadió, abrumador. Su lengua no pidió permiso; tomó. Tomó como si estuviera muriendo de sed y mi boca fuera el único manantial.

Gemí, un sonido ahogado que él capturó con su boca. Mis manos, que deberían haberlo empujado, se aferraron a los brazos de su camisa, arrugando la tela costosa. Dios, cómo besaba. Era todo odio convertido en fuego, todo desprecio transformado en una necesidad brutal.

Él me apretó más fuerte contra sí, y sentí la evidencia dura, palpitante e innegable de su excitación presionando contra mi vientre. Un recordatorio crudo y vulgar de que esto era real, de que su cuerpo traicionaba la misma furia que ardía en el mío.

Rompió el beso tan abruptamente como comenzó, jadeando, con sus labios hinchados y sus ojos negros llameando con un fuego verde que me quemó el alma.

—Eso —jadeó, sus ojos negros llameando con un fuego verde— es lo que realmente quería.

Antes de que mi mente pudiera formar un pensamiento, una palabra, una maldición, se apartó. Ajustó su evidente excitación con un gesto brusco, como si se avergonzara de su propia pérdida de control.
Tomó su vaso de la mesada, donde lo había dejado. Su mirada era un torbellino de rabia, lujuria y autodesprecio.

—El hielo se derrite —dijo, y su voz sonó extrañamente ronca, quebrada.

Girándose, salió de la cocina, dejándome a mí temblando contra la mesada, con los labios ardientes, el cuerpo en llamas y la certeza de que la línea que acabábamos de cruzar no tenía vuelta atrás.

La puerta de la cocina se cerró a mis espaldas con un click suave, un sonido ridículamente mundano comparado con el estruendo que rugía dentro de mi pecho. Tomé una respiración profunda, tratando de aplacar el fuego que me quemaba las mejillas y el temblor incontrolable de mis manos. Me sequé los labios con el dorso de la mano, pero nada podía borrar la sensación de su boca sobre la mía, áspera, demandamte, y devastadoramente familiar.

El contraste con la sala fue brutal.

Alex y Eva estaban hundidos en el sofá, envueltos en la tenue luz azulada de la televisión. Una comedia romántica, por las carcajadas que soltaban.
—¡Em! ¡Justo a tiempo! —gritó Alex sin apartar los ojos de la pantalla, alargando un brazo para hacerme espacio a su lado.—Esta escena es buenísima, ¡no te la pierdas!

Eva se rió, girándose un segundo hacia mí con los ojos brillantes de diversión. —Sí, ven, ¡es absurdamente graciosa!
Sus sonrisas eran amplias, relajadas, completamente ajenas al terremoto que acababa de sacudir mi mundo en la cocina. Me deslicé en el sofá junto a Alex, quien de inmediato pasó un brazo sobre mis hombros y me atrajo contra su costado, caliente y familiar. El gesto, que normalmente me habría reconfortado, ahora se sentía como una mentira.
Y entonces, sentí su mirada.




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