El Olor de la Muerte (libro I. Saga Cazadores)

CAPÍTULO 1. LOS MINISTERIOS (PARTE IV)

Un par de horas después, y, habiendo atravesado dos distritos para llegar al central, conocido como Telium, en donde se emplazaban los ministerios y todos los edificios más nobles y burocráticos de la ciudad, y en cuyo corazón se perdían los ocho ríos en el gran cráter de Omnia, me encontré por fin esperando en una de las salas del ministerio central.       

Era una planta alta.

Me habían comunicado que debía aguardar allí a la visita de un funcionario que me expondría la situación a la que me tendría que enfrentar desde ahora y en los próximos dos años hasta que mi mayoría de edad me permitiese presentarme a las pruebas, y pudieran nombrarme rastreador.

Me comunicaría cuáles eran mis funciones de cara a los humanos, y a qué debían restringirse mis actividades. Y también se me permitiría formularle las preguntas pertinentes al respecto.

―Buenas tardes, Elías Dakks ―saludó una voz a desde la silla, que pronto se giró para dejarme ante la figura de un hombre vestido con un elegante traje de corbata que contrastaba con el atuendo de turbante que enarbolaba su cabeza se dirigió a mí con premura.

Me levanté y nos estrechamos la mano.

―Buenas tardes, señor ―Correspondí con seriedad.

―Toma asiento, Elías, por favor ―Me invitó a sentarme en la misma silla de la que apenas acababa de levantarme.

Obedecí.

Después él se sentó en un sillón tapizado de cuero, al otro lado del viejo escritorio de madera en el que no detuve mucho mi atención, porque tras él se abría una enorme cristalera desde la que se divisaba la ciudad entera.

Era el lugar más enorme que hubiera pisado. Llevaba un buen rato observándola, de hecho, sin salir de mi asombro. Uno podría haber nacido allí, pasar en aquel lugar el resto de su vida, y cuando llegase el momento de su muerte se marcharía de este mundo sin haber llegado a conocer una enésima parte de aquel laberinto asfixiante.

― ¿Qué te parece Mok, Elías? ―preguntó en tono afable aquel hombre que había olvidado presentarse, trataba, naturalmente, de entrar en calor antes de empezar con una conversación de la seriedad que tenía la que estábamos a punto de mantener.

La mayoría de la gente, por no decir, cada persona que aquel hombre hubiese conocido habría respondido sin titubear a aquella pregunta con el adjetivo maravillosa. Pero mi país de las maravillas estaba muy lejos de ese lugar, y yo lo llamaba casa, era el salvaje norte. No obstante, reprimí mi primer impulso de calificarla como laberinto asfixiante.

Los del sur adoran la diplomacia.

---Es inmensa, más grande de lo que la imaginaba ---admití.

Era verdad. Lo que más me sorprendía de aquel lugar, a parte, claro está, de las extrañas costumbres y de todas aquellas criaturas que parecían vivir inmersas en un ritmo de vida, y una situación diametralmente opuesta a mi modo de existir, era, sin duda, que posiblemente se tratase del lugar más enorme que conocería.

Rompió a reír.

―Me alegra que seas original. He hecho esta pregunta a muchas personas, antes que, a ti, y la respuesta siempre es maravillosa.

―Quizás nunca le formuló la pregunta a alguien del Norte ―Me atreví a replicar, de forma espontánea. Así tanteaba el terreno.

Dejó escapar una sonora carcajada. Mucho más que su risa previa.

―Es bueno sentirse orgulloso de la tierra ―Concedió―. Nunca he tenido el placer de visitar el Norte, aunque quizás algún día me lo plantee. Soy Blake Nagny, por cierto, olvidé presentarme.

Aleluya por la presentación. Y no sabía muy bien por qué, pero mentira el resto.

A todo el que no vive ni ha vivido en el Norte le aterroriza pisar aquellos bosques. Sentir el frío en su piel. Y oler la llama del hambre, extendiéndose por la mayoría de sus hogares.

Aquellas personas nunca sabrían lo que era pasar hambre. Y mejor para ellas. No puedes culparlas por haber nacido en un lugar rico. Y recalco, rico, que no mejor. Porque yo nací en el mejor lugar que podría imaginar. Y ellos nunca tendrían la oportunidad de apreciarlo.

Me limité a sonreír educadamente, por supuesto. No iba a prorrumpir en divagaciones estúpidas que no demostraban inteligencia teniendo en cuenta la oportunidad que se me ofrecía.

―Bien Elías, será mejor que nos ciñamos al asunto que nos ocupa ―culminó cambiando su previo tono jocoso por una voz más seria pero amable. A aquella gente se le daba bien la diplomacia de por sí, por el contrario, yo había recibido miles de ostias hasta aprender lo que era esa palabra. Y pese a todo seguía siendo un buen salvaje, que, por si no lo sabíais, es el sobrenombre que acompaña a las gentes del Norte. Barra: la diplomacia no termina de ser mi fuerte.

Sin duda aquel hombre nunca había visto a nadie como yo. Pese a su corrección y modales le fue imposible disimular la necesidad de sus ojos por detenerse en la porción de mi cabeza que a un lado y detrás de mi oreja se veía rapada. Con el tiempo me tatuaría un tribal en aquella zona, era parte del rito iniciático de los cazadores del salvaje Norte.



Lunahuatl77

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En el texto hay: el primer amor, novelajuvenil, secretosymisterio

Editado: 28.07.2019

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