El retorno del Asesino

Capítulo I. El Gran Maestre. Parte III

—Dame un respiro —dijo con un hilo de voz, desfallecido.

—El infierno no será muy diferente —soltó mordaz—, aunque aquí, mientas continúes de este lado del umbral, al menos tienes aire fresco que respirar y un hermoso cielo que atesorar.

—Ninguno de ellos va a cazarte, prefieren que tú tomes la iniciativa.  

—Me atraerán a sus madrigueras —susurró con un gesto adusto.

—¿Crees que podrás deshacerte de todos antes de que tu vida atraviese las puertas del otoño?

—Dime sus nombres y tal vez todavía puedas hacerte ver por un médico.

—No, esa posibilidad remota se esfumó hace varias horas —sonrió entre un vendaval de temblores—, solo soy un cadáver viviente con algo valioso que decir; sin embargo, ambos sabemos que de nada vale empezar una cacería de duros y letales omega cuando el alfa todavía respira.

—Tal vez deba amputarte otro dedo.

—Iowa es un buen lugar para iniciar —se apuró.

—Me temo que es un poco amplio el consejo.

—¿Acaso quieres que haga el trabajo por ti? —respondió con enormes muecas de dolor—. Estoy dándote indicios para que puedas rastrearlos a tiempo y ahorrarte una muerte dolorosa.

—Agradezco tu repentina y falsa preocupación por mi bienestar.

—Tiene predilección por las mujeres de la alta sociedad.

—¿En serio? —preguntó frunciendo el ceño—. ¿El demente que asesina a su abuela una y otra vez?

—Solo está perturbado

—Creí que mi vida ameritaba otro tipo de verdugos —soltó con ironía, con los brazos en jarra mirando al cielo que de a poco comenzaba a estrellarse.

—Jamás olvides que David mató a Goliat.

—Me aseguraré de tenerlo presente cuando le organice su cita con la eternidad. ¿Quién más?

—En serio necesito agua, mi garganta está seca y me siento desvanecer —farfulló

—Dame otro nombre y luego veremos si estoy de ánimo para saciar tu sed.

—Lo siento pero no voy a continuar en este estado.

—De acuerdo, solo por esta vez —dijo tomando una pequeña cantimplora de su mochila y acercándola hasta la boca de su prisionero.

Patrick no pudo ni saborearla. Apenas el líquido mojó su paladar, lo escupió tan lejos como pudo mientras se retorcía víctima de un ardor insoportable.

—¡Hijo de perra!

—¿No te gusta la nafta? —sonrió—. Dijiste que tenías la garganta seca.

—Púdrete Thomas.

—Dame el siguiente nombre antes de que te ampute los meniques.

—Me enorgulleces —rió como un demente—. Por fin rescatas de lo profundo de tus entrañas tu verdadera naturaleza.

—Tienes tres segundos…

—Hardy Newman.

A pesar de haberle dado el nombre, Thomas le extirpó el menique derecho y mientras Patrick gritaba de dolor, se lo metió en la boca para que se lo tragara.

Recién estaba iniciando. En un segundo, sin más motivo que satisfacer una pulsión repentina, y en pleno estado de sosiego, pasó de la amenaza latente de tortura al  sadismo más extremo sin escala ni remordimiento.

—Entonces… Hardy Newman.

—Ni te imaginas lo que disfrutaré tu agonía —farfulló—. No importa si solo soy polvo, te aseguro que desde algún sitio me regocijaré cuando por fin atravieses la sorpresa que te aguarda al final del camino.

—¿El asesino de niños?

—Hardy Newman es más que eso, es un ajustador de cuentas.

—Sí, puedes excusarte de mil maneras para obviar la literalidad.

— Kendal Pritsby

—Cómo no —sonrió—. Qué mejor que el arrogante sicario de las multinacionales para alzarse con un trofeo mítico.

—Malcolm Yannis

—Ese nombre sí que me sorprende —dijo frotándose la barbilla, pensativo.

—Aceptó gustoso castigarte por tus crímenes; de hecho, te aborrece.

—Un justiciero adolorido que ya no distingue el bien del mal, ni el tormento de la piedad.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, venganza

Editado: 19.02.2020

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