El secreto de la princesa -parte tres-

Parte dos: El nuevo plan de Zuleica

Úrsula le contó cuáles eran sus planes. Zuleica caminó de un lado a otro, como lo hiciera Úrsula antes. Estaba pensando cómo hacer coincidir los planes de Úrsula con los de ella. Y entonces tuvo una idea.

Siguió hablando por un momento con la mujer del escritorio y concluyó:

―Eso haremos, Úrsula. ¿Tienes alguna duda?

―No alteza, todo es claro, como el agua.

Úrsula notó que aquella respuesta agradó a Zuleica. Zuleica también notó que Úrsula la miraba como queriendo descifrar las reacciones de su rostro, así que la miró con seriedad con unos ojos difíciles de soportar.

―Deja de mirarme como si trataras de intimidarme. Te prohíbo que me veas a los ojos de ahora en adelante, ¿de acuerdo?

―Como ordene, alteza ―y la mujer agachó la cabeza.

Estuvieron en silencio unos segundos solamente porque escucharon que llegaban los hombres que estaban al servicio de la Bestia. Al darse cuenta, Zuleica corrió de inmediato a colocarse con maestría la tela negra sobre el rostro y se puso la capucha. Con su voz natural le indicó a Úrsula:

―Ahora nos pondremos de acuerdo con los muchachos. Tú sigues siendo Grettel y yo sigo siendo la Bestia.

Cuando terminó de hablar entraron los adeptos. Traían sus ropas hechas giras, completamente desgarradas. Entraron quejumbrosos. Primero Ricardo, malherido. Luego Isaac y Jame, con la camisa casi destruida por completo. Enseguida entró Erick, con arañazos en la cara y sangrando de un brazo. Luego el Garrocha, apena si podía caminar, renqueaba con un pie y entró con dificultad. Por último llegó el Guiller, al parecer el menos afectado, pero con las ropas echas garras. Se le veían los calzoncillos blancos con corazones y por pantalón solo le quedaban retazos rotos desde arriba hasta abajo, unidos en la cadera nada más. Traía los cabellos totalmente desordenados y sangre seca en la ropa, que al parecer le había salido por la nariz.

Zuleica, hablando en su papel de la Bestia, dijo:

―¿Qué significa esto, bola de buenos para nada? ¿Dónde está esa princesa? Les advertí que si no volvían con ella, no volvieran, porque si lo hacían, les iba a pesar.

Al decir esto se soltó dándoles patadas a todos, incluyendo a Rick. Úrsula solo veía y pensaba en el monstruo que había criado. Le atemorizó pensar que también le pudieran tocar patadas a ella en aquel ataque de histeria de la plebeya embravecida.

―Cálmate, por favor ―dijo entre quejidos Rick―. Escucha al menos lo que ocurrió.

Aquella voz y aquellas palabras parecieron convencer a la Bestia, que en ese momento se surtía a Jame y a Frank.

―A ver, habla ―dijo con enfado y con su voz grave.

―Lo que pasó fue que ―empezó Ricardo― ya teníamos acorralada a la princesa, y justo cuando la íbamos a capturar, llegó una mujer de la nada, no sé si sería su ama madrina…

―Fueron dos y se dice hada madrina, no ama madrina…―interrumpió Isaac.

―Bueno, como sea, dos mujeres, no sé si esa princesa tenga ama o hada madrina, pero esas dos mujeres echaron a perder todo el plan. Porque una de ellas detuvo a los cachorros y ya no pudimos atrapar a la princesa. Al contrario, los perros, todos sin excepción obedecieron la orden de la mujer: corretearnos a nosotros y hacernos esto. Nosotros huimos, pues los perritos nos comenzaron a perseguir. Tratamos de defendernos, pero no pudimos evitar bastantes mordidas y arañazos que nos dieron. Luego se fueron de regreso a quien sabe dónde, imagino que con esa mujer y nos dejaron malheridos. La princesa se fue con esas dos mujeres que nunca en mi vida había visto.

La Bestia dio un grito de animal salvaje. Después habló:

―Maldita sea, ya no podemos hacer nada. Ahora déjenme pensar un momento, enseguida regreso. A ver, tú, Úr… Grettel, encárgate de curarles las heridas a estos inútiles. En cuanto tenga un plan, regreso.

Y salió de la cabaña vieja.

Úrsula les preguntó de mal humor a los hombres si tenían algunos vendajes o alcohol para ayudarlos. Ellos dijeron que no. Entonces solo les limpió las heridas y con camisas que tenían guardadas se amarraron las heridas para que no corriera más sangre.

―¿Qué le pasó en la cara, Grettel? ―preguntó Isaac.

―Resbalé y caí ―dijo mirando al preguntón con expresión de pocos amigos.

―¿Y en su vestido? ―preguntó Jame.

Los ojos grandes de Úrsula lo miraron con desprecio.

―Ya dije lo que me ocurrió. Dejen de estar preguntando. Metiches y chismosos, están peor que las viejas del mercado.

 

Úrsula fue por más agua. Afuera miró a Zuelica toda de negro, con su disfraz, mirando hacia la entrada de la cabaña, espiando quién entraba y salía mientras pensaba con calma qué hacer ante sus planes frustrados. Úrsula le indicó que solo iba por agua, para que no pensara que quería huir. Zuleica autorizó y siguió en sus pensamientos. Úrsula volvió a entrar y también se limpió la cara con el agua de la palangana.

Después de un largo rato, una vez que los hombres ya estaban vendados y con mejores ropas, la Bestia entró.

―Lo tengo ―dijo con entusiasmo―. ¿Dónde estás, Guiller? Ven aquí. Todos los demás salgan, necesito hablar a solas con él.




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