El Silbido De Los Arboles

El Silbido De Los Arboles

El Silbido De Los Arboles

 

 

—Aguanta por dios, aguanta —sus lágrimas eran incapaces de salir por el colapso. — Todo va a salir bien, todo está en calma, estoy contigo, lo siento, lo siento muchísimo — La angustia y la impotencia le estaban destrozando — ¡Por favor no te mueras! .— Dijo a pulmón abierto.

Era pronto, el sol estaba en pleno auge a esas horas de la mañana, ella estaba cansada, su vida ya no era suya hacía ya mucho tiempo atrás.

El amor que una vez le tuvo se desvaneció cuando le gritaron por primera vez, cuando el suelo estaba tan cerca de su cara y él tan lejos de la suya. Lo único que al final le permitían hacer para estar tranquila era empastillarse y comer setas, estas eran sus favoritas pues a si hablaba con los Árboles, sus mejores confidentes.

Carlos lo tenía todo, una mujer obediente, dinero y fama. Carlos ya no pegaba a su mujer desde hacía varios años, tiempo atrás ya le había dado un ultimátum : "o me haces caso o te largas, y si te vas no esperes nada bueno de mi". Una clara amenaza por supuesto. Por eso Carlos estaba contento, su mujer sonreía y le consentía, le atendía y él le regalaba detalles: le traía rosas, chocolate, le contaba chistes a diario… Pero él era el amo, por supuesto.

Cristina, dulce y bella Cristina, sin culpa alguna del temor y del amor que una vez sentiste y del que ahora eres presa.
Cristina bajaba al campo donde se formaba un pequeño bosque, lo hacía cuando su pareja trabajaba, tomaba algunas setas y se iba a conversar con sus amigos.

—Estas hermosa hoy Cristina , aunque veo que hoy te llevaste una cachetada, ¿Qué pasó esta vez? —Comentó entre los silbidos de los pájaros.
—Le dije que si podía irme un rato fuera y fumar, aveces me da de fumar, pero aveces me regaña por hacerlo, yo solo lo intenté — Respondió Cristina con la mirada perdida hacia el cielo.
Su pijama era gris, sexy, descotado y largo, era de la mejor seda que había, él lo había comprado para los sábados, quería tenerla perfecta para él. Para su miembro.

—Cris, ven conmigo, escapa de ese hombre, escapa de su instinto— Los pájaros sonaban cada vez más fuerte, el árbol se movía con el viento y sus ramas señalaban el horizonte.

—Me da miedo perderme, sin él ya no se que haría, le amé tanto que ahora no se escapar de él — Estiró su mano intentando rozar el árbol, alrededor habían más, pero todos coincidían y opinaban lo mismo.

—Nosotros te cuidaremos, sube con nosotros y verás esa cálida luz que hace tanto no ves, la paz que hace tanto que anhelas— Cristina comenzó a sollozar.

—Yo solo quería ser perfecta para él ¿Por qué habré valido tan poco?— No logró contenerse y cayó de rodillas.

—Tu valor no tiene precio en este lugar, vales tantísimo que no saben ver tu precio, tu precio es la felicidad y no pudieron pagarte, tuvieron que robarte y violarte. Nosotros te amaremos por siempre— El sol comenzó a desaparecer casi por completo, tan solo le quedaban un par de horas, como mucho.

—Sube, corre deprisa, sube pronto que está por llegar— Cristina, acogida por las dulces palabras de aquel árbol, se sintió protegida y, minuto a minuto, fue trepando a lo más alto de aquel árbol.

Carlos estaba prácticamente ya en el porche de su casa y se percató de que su mujer no había salido a la ventana para verle llegar como de costumbre y supo que estaría con esos dichosos árboles.
Asique se encaminó hacia el pequeño bosque, enfurecido de no verla en casa para él, su propiedad.
Lo que no esperaba era encontrarse a su Cristina en el suelo. Su cabeza sangraba, su vestido estaba roto y su piel pálida, estaba muriendo y le había esperado a él para verle mientras se apagaban sus ojos.

Cristina cada sábado se paseaba hasta un chalet, iba tan hermosa como siempre, con su pijama de seda. Los pájaros cantaban a las 3 de la mañana mientras ella se ponía delante de aquella casa, con su amigo el árbol. Así podría rememorar la escena en la que fue liberada, para que el hombre que vivía allí no pudiese hacer nada y lograse ver lo libre que era al fin.

Cristina cada sábado subía a la copa del árbol, daba las gracias por su libertad mientras se disponía abrazar el aire, lo sentía en todo su cuerpo mientras la mecía, mientras caía, para que al fin, tocase la cama. Para al fin, descansar en paz.
Carlos solamente podía ver aquella escena y enloquecer. Cada día su locura aumentaba, sábado tras sábado escuchaba las mismas palabras de CRISTINA:

—Estoy más feliz muerta que con tigo, gracias por ayudarme a ser libre.—



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En el texto hay: magia, abusos, machismo

Editado: 18.05.2020

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