La lluvia caía con intensidad golpeando las ventanas de la casa. Había quietud, nada se movía dentro de esta hasta que una oscura figura emergió de las escaleras. Daba largos pasos para poder llegar a la puerta principal. Acercó su mano al picaporte y antes de poder girarlo la luz se encendió.
— ¿A dónde crees que vas? —preguntó una voz femenina.
La figura se volteó y se quitó la capucha de encima.
— Eso no es de tu incumbencia —contestó.
— Haces demasiado escándalo en escapar. Responde ya.
— Tú no eres nadie para darme órdenes.
— No, no lo soy puesto que alguien más es la autoridad aquí…
— Sabes que ya no obedezco a mi padre.
— Nunca lo has hecho.
— Solo eres un fastidio. Mejor guarda silencio. Debo irme.
— ¿A dónde? —volvió a preguntar.
— A un lugar lejos de aquí —respondió exasperada.
Regresó y esta vez pudo abrir la puerta en paz. Salió con el cielo cayéndose para luego colocarse de nuevo la capucha y avanzar. Ella insistió y detuvo su paso.
— Tienes en cuenta que va a buscarte.
— ¡Ja! Crees que aún le importo, total, ya te tiene a ti, muñequita de porcelana.
— Lo dices ahora porque estas molesta, pero luego te vas a arrepentir de tus palabras.
— Por supuesto que no.
— Bueno… ahora que te vas ya no tendré que soportarte. Me he librado de ser tu saco de boxeo siempre que te enojas o estas triste. Gracias por irte, depresiva neurótica —dijo con indiferencia y lleno de veneno lo cual molestó más a quien huía.
Rápidamente, la tacleó y de uno de sus bolsillos sacó una navaja apuntando a su cuello.
— ¡Vamos, mátame! ¡No tienes las agallas para hacerlo!
— No. No lo haré…por hoy, solo quiero decirte algo así que pon atención —frunció el ceño—. Bien. Recuerda quien soy, recuerda mi rostro y todas las cosas que tú y tu mamá me hicieron. Yo volveré por ti, miserable y antes de que te des cuenta estarás tres metros bajo tierra —concluyó.
Como dejárselo de “advertencia” le hizo un profundo corte en la mejilla. Gritó de dolor, alertando a los padres. Las luces del segundo piso se prendieron y ellos bajaron. Al ver la escena la madre chilló y el padre se lanzó a ellas, quitándola de encima. Se puso de pie de un brinco, aún tenía la navaja ensangrentada en la mano.
— ¿Por qué lo volviste a hacer? —dijo el padre extrañado.
— ¡Oh, por Dios! ¡Llamaré a la policía! —exclamó la madre quien corrió hacia el teléfono.
— Dime, ¿Por qué lo hiciste de nuevo?
— Porque… ¡Se lo merecía! —fue lo único que pudo argumentar. Estando ahí parada observó la imagen que se producía ante ella: la madre llamando a una patrulla, la chica sollozando de dolor por la herida, el padre viéndola con unos vacíos ojos y ella sin moverse.
Su cuerpo respondió. Corrió hacia su cuarto y tomó un maletín. Bajó las escaleras, salió de la casa y, a pesar de la lluvia, dijo algo a los cuatro vientos. Algo que todo el vecindario debía enterarse.
— ¡Escuchen todos! ¡Yo volveré! ¡Verán de nuevo mi rostro y…! —miró la entrada de la casa de donde se asomaban los padres y la chica—tú pagarás todo lo que me hiciste.
Huyó sin mirar atrás.
El padre dio unos pasos hacia el frente.
— Vanessa… regresa —susurró, pero era demasiado tarde. Ella ya se había alejado de todo, de su casa, de su familia. Un camino sin retorno.
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Editado: 10.11.2021