Emma
— Déjame ir. — le gruñí a Baruck quien se paseaba por la habitación buscando las jeringas que Jared había robado.
— Oh no, queridísima Emma, sigo teniendo planes para ti. — sonrió de costado mirándome y después se encogió de hombros volviendo a lo que estaba. —Además, no me arriesgare a perder a mi única oportunidad. — de un cajón lejano, sacó otras jeringas con el mismo contenido que las robadas.
Abrí mis ojos con horror.
— Pero... ¡No puedes tenerlas! Jared las tomó. — luché por sacarme una correa de la muñeca.
— Se le llama precaución, Emma. — se rió bajo y volvió su mirada hacia mí. — Además, hay un dicho muy popular en el mundo mortal, eh, ¿cómo empezaba? — tocó su barbilla poniendo una pose pensativa y haciendo que sus músculos sobresalieran, junto a sus venas obviamente notorias. — ¡Ah, claro! Hombre prevenido, vale por dos.
Me guiñó un ojo y volvió a la mesita.
— Nunca seré lo que quieres que sea. — gruñí de nuevo. — Jared vendrá, de nuevo. Y vas a pagar. — levanté mi barbilla armando mi valor.
Baruck estrelló un gran libro sobre la pequeña mesa y me miró con ojos furiosos, los conocía bien, porque siempre que me mandaba a hacer algo y yo me negaba me ponía su mirada que emanaba fuego.
— ¿Crees que necesito tu opinión? — se acercó lento, haciendo que mi cuerpo se comprimiera. — ¿Crees que tu mortal volverá a venir por ti? — avanzó otro paso, mis ojos estaban atentos. — ¿En dónde crees que estás, ser con alas? — se paró mirando mis ojos y obligando a mi cabeza a que no apartara la mirada. — Él, tu mortal, no podrá ni poner un pie en Saitor. Pues adivina quién es príncipe de ésta dimensión. — sonrió con mucho cinismo.
Se acercó tan rápido que no pude ver cómo tomaba mi cuello y comenzaba a apretar sin dejar un solo respiro. Yo gemía, pues su fuerza era demasiada.
— ¡¿De verdad crees que un cobarde como tu novio tendrá el valor de venir por ti?! — me lanzó contra la silla haciendo que ésta cayera y se rompiera, liberándome. — Los cobardes son cobardes para siempre, Emma, ten consciencia de eso. — me levantó la barbilla y me dejó caer de nuevo. — Un mortal, tan poca cosa... Eres cómo tu madre. — dijo con tanto asco que hizo que la sangre me hirviera.
Me levanté con todo el esfuerzo del mundo tomando conmigo un pedazo de metal de la silla.
— En primer lugar, Baruck. — dije secando mi labio, del cual manaba sangre con un toque oscuro. — No soy como mi madre, yo si tuve el valor de luchar por las personas que amaba. — hablé rápido. — Segundo, los mortales pueden ser tan poderosos como tú o como yo. — Baruck sonrió y yo eché mi cabello hacia atrás, preparé firmemente el fierro y lo miré con los ojos envenenados. — Y tercero... ¡Te arrepentirás de haber ofendido al hombre que amo!
Me abalancé contra él y clave el fierro en su pecho dando continuación a una patada en su barbilla y él salió volando por los aires estrellándose en una pared y gimiendo por la impresión.
— Jared es un guerrero. — dije con fiereza y tomé la jeringa que decía "ichor" en la mesa.
Según lo que había aprendido en estos días con Baruck, un demonio inyectado por el icor de otro demonio podría causar una grave convulsión.
— ¡Y no permitiré que hables así de él! — grité saltando en el aire y clavando la jeringa en el cuello de Baruck, haciendo que gritara de dolor y me empujara con su fuerza bruta.
Me estrellé contra la pared y me quedé un momento para recuperar fuerzas.
— Eres muy inteligente, Emma. — se rió mirándome. — Pero no lo suficiente. — se acercó mirándome desde arriba. — Tú, vas a ser mía, por las buenas o por las malas. — inclinó la cabeza y me sonrió. — Tú decides.
— ¡Nunca seré tuya! — le grité en la cara. — ¡Primero prefiero morir antes que ser alguien de tu bando! — me enfurecí y tomé otra vara levantándola y Baruck tomó mi muñeca con fuerza.
— No te preocupes, cariño. — me besó la mejilla. — Para cuando estés perdida en amor por mí, ya estarás muerta, literalmente. — me sonrió mostrando todos sus dientes. Y por un leve momento, mis ojos se desorbitaron y se perdieron en su linda sonrisa, porque, no podía negar que Baruck era apuesto, y su sonrisa tenía un efecto encantador y hacía que te perdieras en su mirada.