En La Tierra Del Plomo Hay Estrellas

DONDE NADIE HABLA

El sonido de las balas comenzaba a perforar aquella noche en la quietud de las calles. El infernal sonido alborotaba la brosa amontonada junto al camino. La gente en Cruz de Oro se habia a constumbrado tanto a vivir en los bordes del infierno y por tal motivo cotidiano ya las balas no les asombraban. Alguno que otro curioso se despertaba a averiguar el porvenir de las balas. Abrían un poco la ventana, sólo un poco. No podian hacer ningún tipo de ruido porque a suposición de los soldados a esas horas la gente se encontraba durmiendo.

Cipriano Dominguez cierta noche despertó dando alaridos por toda la casa en dónde le recibieron, los hoteles años atrás cerraron. Verdaderamente nadie visitaba aquellos olvidados lugares del mundo. Según el mismo decía: " llegaba a cubrir un reportaje para la televisión nacional". Un hombre con aires de capital, bajo, gordo y siempre iba de saco y corbata. Los militares tocaron la puerta. Nadie abrió. Una patada de las botas pantaneras reventó la puerta de madera en el acto. Las mujeres se hicieron al rincón, a tal estado resumieron al pueblo, los convirtieron en ratones temerosos del sol. Nadie se atrevia hacerles frente, quien tuviera tales animo ´lo quebraban'  

A la fuerza sacaron a Cipriano de la casa. Se lo llevaron a los patios de la parroquia, desmenbrada, silenciosa, observante. Los gritos cesaron exactamente a las dos de la mañana. Después de largos meses los mangares comenzaron a florecer, todo un expectaculo de madrugadas y cenizas. El cuerpo de Cipriano Dominguez, según se cuenta, lo lanzarón al río, al fin y al cabo las mojarras no eran las unicas que dormian bajo el agua. Los cadaveres tambien pueden. 

El balaceo menguo por largo rato, cómo mengua la arena de la playa al recibir el oleaje vagabundo. Eloida se resguardaba dentro el guardarropas colonial buscando refugio entre el cruze. Tan serena, quieta, palida, permanecía. Las palpitaciones iban a mil por segundo. Sus pechos tiernos sobresalian de la bata nocturna, su piel color barro fresco se entremezclaba con infinitos matices redondeados en el cabello. Días atrás cumplia quience años de balas, que en otras tierras le lamaban 'las quince primaveras'. Carajo, quince primaveras. Lo esencial era salvaguardar su vida. Lo demas podia irse al caño. 

La brosa comenzó a crujir bajo las botas militares entremezcladas con sangre pueblerina. A viva voz se esuchaba la normativa frecuencia del grito: Dentro de quince días vendremos por acá de nuevo, escuchen bien. Necesitamos tres jovencitas virgenes, ellas son su unica esperanza de vida, virgenes. Quince días, ni más, ni menos. 

En toda la noche Eloisa no pudo 'pegar el ojo'  el gallo del abuelo cantó desde las cinco, no fue hasta las siete y media que por cosas del sin más concibio levantarse de la cama. Amarró el cabello. Se dirigio a la cocina. Preparó un café. Entre cachivaches viejos encontró el cuaderno para con mirada perpetua, lejana, serena comenzar a relatar en forma de cronica la historia de Cipriano Domiguez y la amenaza de las dos virgenes.

 

 

 



Macondo

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En el texto hay: guerra, realismo magico, artista

Editado: 14.06.2020

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