Existen bailes que se recuerdan por la música y otros más por los momentos que compartiste con esas personas. Una súplica de auxilio, un refugio de calma o una confesión dolorosa. Todas y cada una de ellas capaces de ser recordadas, sin importar si el tono es dulce o amargo. La vida es como una pieza de baile, o aprendes a disfrutarla y hacerla tuya mientras dura o te dejas guiar, esperando con ansia el final. Si eres lo suficiente listo, aprendes a elegir la primera no sin antes haber cruzado con la segunda.
—¿Dónde estabas? —un pequeño y cauteloso grito emergió de mi voz hacia Ron tras vislumbrarlo.
—Bueno, yo... tomé un poco de dulce de uva, así que fui... no me harás decirlo o ¿sí?
—No, no lo haré.
Me relajé un tanto mirando que nadie se percatara de mi inusual interacción con un guardia azul para pasar a mirar sus grises ojos.
—Ron, ¿cómo fue que lograste entrar ese día al festejo de Dante? —pronunciar el nombre de mi hermano menor me provocó un inmenso dolor.
—¿Por qué la pregunta? ¿Has descubierto algo que yo no sepa?
«Tal vez»
—No, pero mira este lugar. Está repleto de fuertes... tú me entiendes ¿no?
—¿Importantes?
—Sí, algo así. Todos ellos han venido a festejar el nacimiento de nuestra clase, más ¿qué hay de los que no lo son? ¿Qué es lo que hacen ellos en este momento?
—Tratas de decir...
—Qué si tú entraste, que no evitará que los desertores o rebeldes lo hagan también. Este parece el tipo de festín que tanto esperarían destruir.
—Ofi no pasará nada hoy, créeme. Además, yo no entré, ya estaba dentro. Portaba un uniforme. Soy un real ¿lo recuerdas?
Suspiré, cubrí mi rostro con la mano.
—Creo que tienes razón. Temo que me estoy volviendo paranoica como mi padre. Es solo que pasó algo muy extraño hace poco con... —dirigí una mirada a la pista de baile.
—¿Qué sucedió?
—Nada, Ron. Nada con importancia —el silencio nos cubrió ante mi renuencia de querer contar lo sucedido con Tadeo Crampo y es que lo que mi mente maquinaba en ese segundo no tenía mucho sentido, sin embargo, debía averiguarlo—. Gracias por acompañarme en esto, incluso si es una locura. Mi don no funcionó en ninguna de las veces que practicamos aun si lo intentamos de todas las formas posibles.
—¿Por qué querer usarlo? —la pregunta de Ron nace desesperada—. Digo, si no ha emergido tal vez sea porque deba quedarse de ese modo no crees.
—¡Quiero pertenecer! —exclamó desesperada. Me relajo al mirar su expresión por mi tempestuoso arranque—. Tal vez, no lo sé, eso explique lo anormal que soy. Quizá la vida me arrebató mi fuerza para brindarme su caridad de otra manera —miré mis manos—. Siendo esto.
Hubo compasión y lástima por la chica que tenía frente a sus ojos. Por la princesa que él miró llorar por ser rechazada una y otra vez por el círculo que llamaba "los suyos".
—Esta vez funcionará, Ofi —me alentó sin atreverse a tocarme, levanté la mirada para estrellarme con esa bella mirada gris que me prometía tanto—. Te lo puedo asegurar.
Sonreí con cortesía, porque de ser cierto, aquella promesa me daría de lo que sospechaba.
—Ya tengo a mi primera víctima —dije.
—¿De verdad? ¿Quién es, dime? —mi vista se movió al salón.
—El general Octavius —emití—. Desearía saber por qué no le agrado y espetarle que el desprecio es mutuo.
—En ese caso, no habrá problema cuando le mires a los ojos y lo encantes —los dedos de sus manos se movieron frente a mi rostro, causando una risita por mi parte—. No te quitaré los ojos de encima. Ni a ti ni a ese hermoso vestido que te hace tanta justicia.
No pude evitar sentir el color subir por mis mejillas.
Levanté mi falda antes de que lo notara y caminé con dirección al general. Me concentré, respiré y miré su rostro, así como Octavius hizo lo mismo.
—Buena velada, General Octavius.
—Buena velada, princesa.
—General —tragué saliva antes de continuar—. ¿Piensa que soy una niña berrinchuda y futura reina débil? Solo responda sí o no, por favor.
De la nada, su copa en la mano quedó inmóvil. A lo lejos, parecería como si ambos yaciéramos inmersos dentro de una simple conversación.
—Sí —respondió sin rodeos. Su rostro tenso me otorgó el indicio de creer que había caído bajo aquel control.
—¿Alguna vez le ha hecho daño a mi familia?
Mi teoría era que él obtuvo la mejor ventaja de todo el accidente, ya que ascendió notablemente de posición. Para mi desgracia, negó.
—No, mi deber es proteger a la familia Tamos. Siempre seré leal a ellos, incluso a usted.
«¿Incluso a mí? ¿Qué querría decir con eso?»
—¿Por qué no le agrado? ¿Por qué le pesa tanto protegerme?
—Porque nunca he creído que usted sea una Tamos, así como el resto de la nobleza también lo cree.
Su confesión arrancó todo plan que pude seguir ejecutando. Desvié la vista a todos los nobles del gran salón. Bebían, reían y conversaban con júbilo. Poco importaba mi esfuerzo por encajar. Nunca lo conseguiría.
—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó el general Octavius. Volví la vista a él. Y tal cómo pasó con Tadeo, él no recordaba nuestra pequeña charla.
—No, me parece que ya hizo mucho por mí esta noche, general.
El gran banquete se anunció y deseé salir de ese falso baile con la rabia y vergüenza invadiendome en semejante proporción. Debí resistir y sonreír ante el llamado de mi abuela para verificar que todo yaciera conforme a lo planeado.
—Andando, debes estar a lado de tu padre —instó mi abuela con su mano sobre mi espalda con la mirada fija en nuestra mesa. Los asientos vacíos de mi familia serían más visibles que nunca—. Esta noche te necesitaremos toda la velada, así que no te atrevas a tomar los aperitivos de la derecha o si no deberás...
—Lo sé abuela, lo sé. Me saldrán ronchas y me intoxicaré si consumo carne.
Los animales, al igual que los humanos, sufrieron cambios tras la oleada de infección. Quien no poseyera el gen fuerte quedaba expuesto a que la ingesta de cualquier especie sobreviviente los enfermara. Por eso los seguidores no podían consumir carne y yo incluida.
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Editado: 13.10.2026