El día después de la graduación se sentía extraño. La emoción de la ceremonia había pasado, y ahora solo quedaba el vacío de la despedida. Era el primer día de una nueva etapa, pero no podía dejar de pensar en lo que había dejado atrás, especialmente en Adriana. Desde que desperté, no hacía más que recordar los momentos que compartimos, la despedida, la promesa de volvernos a ver.
El sol entraba por la ventana de la cocina, tibio y sereno, como si supiera que yo necesitaba un respiro.
—¿Dormiste bien? —preguntó mi mamá mientras servía el chocolate caliente.
—Más o menos —respondí, encogiéndome de hombros.
Mi papá hojeaba el periódico sin mirar realmente las páginas, y Laura untaba tanta mantequilla en su tostada que parecía más postre que desayuno.
—Anoche, cuando saludamos a tu profesora… nos impresionó —dijo mi papá—. Tiene una manera de hablar que te hace sentir como si te conociera de toda la vida.
—Es encantadora —añadió mi mamá, con una sonrisa breve—. Y cuando habló de ti… se notaba que lo decía de corazón.
No dije nada. Solo asentí, fingiendo que estaba concentrado en mi desayuno, pero invadido por un cúmulo de emociones en mi interior. A veces los reconocimientos más simples son los que más pesan.
—Nunca había visto a alguien hablar con tanto cariño de un alumno —intervino Laura—. Se nota que te quiere mucho. De una forma muy linda. Es especial. Se nota.
Sentí un nudo en la garganta. Bajé la mirada, con una mezcla de orgullo y nostalgia que no supe disimular.
—Sí… —dije finalmente, con una pequeña sonrisa—. Es muy especial.
Terminamos el desayuno hablando de cosas sueltas, pero apenas tuve un rato libre, salí de casa.
La foto.
No quería que aquella imagen quedara en el olvido digital. La necesitaba en mis manos.
Fui a la papelería de la esquina para imprimirla en papel fotográfico. Pedí que me la imprimieran en alta calidad. No quería que se perdiera nada de esa expresión en su rostro. Tras imprimir la foto, fui a buscar un portarretratos. En la tienda me ofrecieron varios modelos, pero supe cuál era el indicado apenas lo vi: madera clara, sencillo, sin adornos. Como ella.
Una vez llegué a casa, recorté la foto y la puse en el portarretratos. Ahora, al sostenerla entre mis manos, sentí una punzada en el pecho. La observé detenidamente: Adriana sonreía con ese brillo en los ojos que tanto admiraba. Yo, a su lado, también sonreía, pero ahora me di cuenta de que en mi mirada había un matiz de nostalgia anticipada. Como si, en el momento de la foto, ya supiera lo difícil que sería estar lejos de ella.
Después de un rato, fui a mi escritorio y abrí el cajón donde guardé el pequeño rosario que Adriana me regaló ayer. Lo sostuve con delicadeza entre mis manos y lo observé detenidamente. El pequeño crucifijo plateado reflejaba la luz del sol que entraba por la ventana. Lo apreté entre mis dedos y suspiré.
Luego, mi mirada se deslizó hacia el sobre que aún descansaba en el mismo lugar donde lo había dejado anoche. Sentí un nudo en el pecho.
Ayer había querido abrirlo más de una vez. Tenía la carta en las manos mientras subíamos al carro, y estuve a punto de romper el sello apenas llegué a mi habitación. Pero algo dentro de mí me detuvo. Tal vez era respeto, tal vez miedo. Había algo sagrado en ese sobre, como si contuviera no solo palabras, sino un pedazo del alma de Adriana. Y yo no quería leerlo a la carrera, con el corazón aún agitado por la despedida. Quería estar solo, en silencio, preparado para todo lo que ella pudiera haberme escrito.
Ahora sabía, con una certeza serena, que había llegado el momento. Había algo en la quietud de este día, en la luz tibia del mediodía, que me hizo sentir listo. Me levanté, tomé la carta con manos temblorosas y volví a sentarme, dispuesto por fin a abrirla.
Despegué el sello con cuidado y desdoblé la hoja. La caligrafía de Adriana era delicada, firme, inconfundible. Respiré hondo antes de empezar a leer:
«Sebastián,
Elegir un regalo para ti no fue fácil. Nada parecía suficiente para resumir lo que significaste en mi vida este año. Al final, decidí darte algo muy personal: este rosario. Me acompañó durante mucho tiempo y me recordó que no estaba sola, que Dios caminaba conmigo incluso cuando todo parecía oscuro. Hoy quiero que sea tuyo, no solo como un recuerdo de mí, sino como un signo de Fe, de amor y de protección. Que en cada paso que des, sientas que Dios te cuida, te guía y te sostiene.
No puedo explicar con palabras cuánto bien me hizo encontrarte. Este año tuvo momentos en los que el dolor me dejó sin aire y el miedo parecía no tener fin. Era como si, poco a poco, el mundo se hubiera quedado sin color. Y entonces llegaste tú. Tu compañía fue una luz. Y no una luz de las que encandilan, sino de las que dan calor y orientan el camino. Tus palabras y tu atención genuina me recordaron que aún había belleza, que valía la pena confiar, que incluso en los días más oscuros había motivos para seguir adelante.