Entre la espada y la pared.

Capítulo tres.

Castigo. 

—Lo, lo siento muchísimo... Yo... —me levanté y limpié mi boca con el dorso de mi mano. 

—No te preocupes, toma—me tendió un pañuelo blanco y avanzó hasta un pequeño pozo de agua para limpiar sus zapatos—sé que sí digo algo de lo que sucedió aquí, recibirás un castigo y sinceramente es lo que menos deseo que te suceda...

—No te preocupes, estoy acostumbrada —respondí mirando a una ayudante de la madre situada a un lado de la entrada mirándonos simultáneamente. 

—No es necesario que se lo calle, joven Vince— habló la ayudante—yo lo vi todo y la señorita será reprendida por su mal comportamiento, lamento las molestias que le pudo causar. 

Ella me tomó de un brazo y me sacó a tirones del lugar, Vince me regaló una mirada de disculpa y se despidió con su mano. La ayudante me introdujo en la casa y me llevó a mi habitación, me lanzó sobre la cama y cerró la puerta sin mediar palabra alguna. 

Sentí la vergüenza apoderarse de mi cuerpo y pronto mis mejillas se tornaron rojas, aún llevaba el pañuelo blanco en mis manos y en él se marcaban las iniciales del nombre de ese chico tan respetuoso y raro. Me introduje en el baño y enjuagué mi boca. Lo sucedido no abandonaba mi mente y la imagen tan vergonzosa se apoderaba de mi cabeza. 

Al salir del baño la puerta principal de la habitación se abrió y un estruendo llamó mi atención. 

—¡En tu vida vuelvas a tomar mi brazo de esa manera! —gritó la voz tan conocida de Des. 

—Yo puedo hacer lo que quiera y no te salvarás del castigo. No levantes la voz Desireé Langford, las señoritas no lo hacen. 

—¡Largo! —chilló mi amiga con más fuerza—¡Y metete tu Desireé Langford por donde más te quepa! 

Vi como la ayudante levantó su mano para abofetear el rostro de la pobre chica y con rapidez me abalancé sobre ella tomando su muñeca en el aire. 

—¡No le vas a poner ni un solo dedo encima! —la amenacé con una mirada feroz. 

—¡No te metas Tessandra! —sentenció la ayudante desafiándome con la misma mirada. 

—¡Largo de aqui! —hablé seriamente y empujé su débil y blando cuerpo hacia el pasillo, fuera de la habitación—Si vuelves a intentar ponerle una mano encima a alguna de nosotras te las verás conmigo, ahora ve corriendo a darle quejas a tu dueña y déjanos en paz—solté en un susurro amenazador y cerré la puerta en sus narices. 

Sé que esto me costará caro pero defenderé a las persona que amo a capa y espada. Miré a la pobre Desireé tumbada en su cama con la mirada perdida. 

–¿Ahora qué hiciste? —pregunté cruzando mis brazos sobre mi pecho. 

—Besé a un chico—soltó con la mirada perdida en algún punto de la habitación. 

—¿Qué hiciste qué? —pregunté muy asombrada. 

—He besado a un chico, Tes, recibí mi primer beso... 

—Des... Sabes que eso está prohibido, el beso se debe dar hasta el matrimonio ¿En qué estabas pensando? —pellizqué el puente de mi nariz y solté un bufido. 

—¿Y cómo estuvo? —pregunté, sé que estuvo mal pero las ganas de saber más me comían por dentro, es mi amiga y ya dio su primer beso... 

–Eso no importa, dime tú ¿qué haces aquí? 

—A diferencia de ti yo hice algo terrible... 

—¿Qué hiciste? —preguntó guiando sus ojos azules a mi rostro. 

—Fui a los establos con el chico... Y... Bueno, tú ya sabes lo que me sucede a mi en los establos. 

—¿Vomitaste frente a él? —preguntó. 

—Peor aún, vomité sus zapatos...—tapé mi rostro con mis manos y solté un bufido, da más vergüenza decirlo que revivirlo en mi mente una y otra vez, al menos ahí solo yo sabía lo que había vivido. Des empezó a reir de manera fuerte y despreocupada. 

—¡Cállate, Desireé! —chillé señalándola con mi dedo índice. 

—Sí, sí; disculpa—mordió su labio y se introdujo en el baño, dos segundos después sus risas volvieron a llenar el recinto—¡Qué pena, no lo puedo creer! —soltó entre risas. 

—¡Agh! ¡Cállate! —expresé con vergüenza y me deje caer en mi cama, tapé mi cara con la almohadilla blanca y dejé que mi rostro tomará todos los colores que la vergüenza podía poseer.

Al anochecer las chicas llegaron y tomaron asiento frente a nosotras. 

—¿Dónde estuvieron en todo este tiempo? —preguntó Catt quitándose sus zapatos. 

—Sí, no se aparecieron para la hora del desayuno y tampoco a la hora del almuerzo—siguió Ágata. 

—Estuvimos acá, encerradas. 

—¿Chicas, vamos, rompieron otra regla? 

Des y yo asentimos y justo cuando les íbamos a contar los acontecimientos, la puerta de la habitación se abrió de golpe y aparecieron dos ayudantes de la madre. 

—Llegaron nuestros verdugos—soltó Des avanzando hacia ellas. 

—La madre pide ver primero a la señorita Tessandra. 

Me levanté recibiendo miradas de incertidumbre de parte de mis amigas y sintiéndome cohibida seguí a las ayudantes hasta la oficina de la madre. 

—Tessandra Cooper, eres una salvaje. Nisiquiera mereces el honor de llamarte señorita—dijo la madre en cuanto me vio frente a ella. 

—¿Ah si? —pregunté avanzando hasta colocarme lo suficientemente cerca—Esto está muy interesante, quisiera que me contara más al respecto pero prefiero que vayamos al grano. 

Me arrodillé en el suelo con las palmas de mis manos extendidas hacia arriba. 

—No Tessandra, tú castigo de hoy no va a ser tan breve y delicado. 

—No sabía que golpear la palma de las manos cinco veces con una vara fuese delicado—solté poniéndome de pie—¿O acaso no ve las marcas de mis manos solo por tener una opinión diferente a la suya? 

La madre extendió su mano y golpeo mi mejilla con demasiada fuerza, la sangre fluyó de mi labio inferior y sentí la ira inundar mis pensamientos. 

—Girese y bajese el camisón hasta su cadera—una corriente de miedo me recorrió desde la nuca hasta los talones, había escuchado muchas historias sobre esto pero nunca me imaginé que fuesen ciertas. 



NQ Brenes

Editado: 27.07.2020

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