Las noches eran su único refugio.
Durante el día, él caminaba entre personas que hablaban demasiado y escuchaban muy poco. Tenía una vida funcional: despertaba, trabajaba, respondía, sonreía cuando debía. Pero nada de eso lo tocaba por dentro. Era como si su alma estuviera esperando algo que el mundo aún no le ofrecía.
Y entonces, llegaba la noche.
No sabía cuándo empezó. Solo sabía que, al cerrar los ojos, aparecía ella.
No siempre la veía con claridad. A veces era solo una silueta, otras veces una voz sin sonido. Pero lo que nunca cambiaba era la sensación: ella lo conocía. No por lo que mostraba, sino por lo que escondía. Y él, sin entender cómo, también la conocía.
En los sueños, caminaban juntos. A veces en bosques, otras veces bajo cielos estrellados. No hablaban mucho. No hacía falta. Ella lo miraba como si supiera que él había esperado toda su vida por ese instante. Y él… él se sentía completo por primera vez.
Pero al despertar, todo se desvanecía.
El vacío era brutal. No por la ausencia, sino por la certeza de que ella existía en algún lugar, y él aún no la había encontrado.
Comenzó a escribir. No era escritor, pero las palabras salían como si fueran dictadas por el viento. Llenaba hojas con frases que no entendía del todo:
“Ella camina en mis sueños, pero su alma vive en otro mundo.”
“No sé su nombre, pero mi corazón lo pronuncia cada noche.”
A veces, en medio de la madrugada, se levantaba y miraba las estrellas. No para pedir, sino para recordar. Porque algo dentro de él sabía que ella también las miraba. Que, aunque estuvieran separados por tiempo, espacio o destino, algo los unía.
Una noche, el sueño fue distinto.
Ella estaba sentada en un campo abierto, con una vela encendida frente a ella. Él se acercó, sin miedo. Se sentó a su lado. Ella lo miró, y por primera vez, habló:
—¿Por qué siempre estás aquí?
Él respondió sin pensar:
—Porque tú me llamas.
Ella sonrió. No con alegría, sino con reconocimiento. Como si acabara de recordar algo que había olvidado por años.
Y entonces, él lo supo.
No era un sueño cualquiera.
No era una fantasía.
Era un encuentro.
Un reencuentro.
Al despertar, escribió una sola palabra en su cuaderno.
No sabía de dónde venía.
No sabía por qué lo sabía.
Pero lo escribió con la certeza de quien ha encontrado su verdad.
Lucian.