Épsilon, tráfico de pasiones

ENTRE REALIDADES

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Perdió la noción del tiempo. Su reloj se había detenido hacía mucho, mucho rato, justo en el momento de introducirse en aquel bosque inanimado plagado de vegetación salvaje y exuberante.

No recordaba el atajo de vuelta a casa, tenía la ilusión de ver surgir a un hombre estático de hojalata o a un espantapájaros sin cerebro para acompañarla por aquel sendero sofocante. Se hallaba perdida entre la más asfixiante de las espesuras, en donde el único organismo conocido que había observado, eran hileras perfectas de hormigas diminutas y negras.

Apartaba las ramas moviéndose con cautela, hasta que una detonación semejante a un petardo la alertó de que ni estaba sola, ni el estruendo correspondía al chupinazo de San Fermín.

Buscó cual felino doméstico azuzado por los ladridos de un perro callejero, un lugar donde agazaparse, aunque la intención no era la de saltar, sino la de ocultarse.

No iba a usar la escasa energía vital que almacenaba su ser ni para defenderse ni para huir, solo deseaba que en una corta sucesión de minutos —tampoco importaba que fueran algunas horas—, el tiempo obrara el milagro de retornar su mundo al orden original; y se prometió solemnemente, que de escapar de allí, frenaría su impulsividad curiosa, en concreto la que le había incitado a presionar botones desconociendo su utilidad y sus efectos.

Respiraba lento, no quería provocar ruido alguno que la delatara, de suceder, no tendría la menor idea de cómo reaccionar. Las heroicidades estaban previstas para otra clase de individuos, aquellos que no tenían miedo a la muerte, aquellos convencidos de que tras el deceso les esperaba algo mejor.

Sugestionada, se abrazó con fuerza a las rodillas intentando mimetizarse en el entorno, mesurando los centilitros de aire inhalados, inmóvil como un junco, recordando con los ojos cuajados en lágrimas lo que había dejado atrás sin ofrecer respuestas ni sinceridad.

Lloraba en silencio, en suspenso, aterrada, mientras las inoportunas y molestas hormigas comenzaban a trepar por sus piernas. En ese instante un errático pensamiento cruzó por su mente, valorando que de concluir todo allí, como mínimo formaría parte significativa en el mantenimiento de la cadena trófica. Como bióloga sería un gran honor, como humano… ya no tanto.

Así soportaba estoicamente las mordeduras de las minúsculas mandíbulas de aquellos insectos comunes, aceptándolas como un merecido castigo impuesto por haber desvelado nuevas leyes de la física, tomándolo a modo de penitencia pagana.

—¡Eider! —un grito susurrado de una voz amada y conocida, le hizo desovillarse sin evaluar nada de lo anterior.

—Pero… estás… ¿qué haces aquí? —El asombro la asfixiaba.

—Te lo explicaré cuando estemos a salvo, debemos largarnos.

—Has hablado con Jota. —Resignada negaba con los ojos cerrados—. Prometió no hacerlo… Gaël, yo no… no puedo volver contigo… ¿no lo comprendes?

—Por supuesto que sí, regresarás a dónde perteneces.

—Pero… tú… tú no puedes… no debes abandonarlo todo.

—No voy a abandonar nada. Eider… vamos, estamos en peligro.

Tomó la mano de su chico aturdida con la fusión de emociones que experimentaba, saltando del regocijo y la felicidad de tenerlo a su lado, a la confusión de no saber cómo había dado con ella, al desconcierto de escuchar llamarla por su nombre, a la desazón de saberse hostigados…

Sin embargo, determinó no averiguar nada más, solo debía concentrarse en superar aquella situación de peligro a la que se enfrentaban ahora que disponía de las energías suficientes para intentar lo imposible con tal de que no les dieran caza.

Entraban y salían de sendas tejidas de helechos vetustos, tan densos que no se distinguía un palmo más allá de sus narices, era angustioso tanto por la humedad opresiva, como por lo agotador de la carrera.

—Gaël… ¿quién nos persigue? —Jadeaba con el esfuerzo.

—Los malos.

—Sí, es evidente… las buenas personas, por lo general… no suelen ir disparando al aire.

—No es el momento…

Y tenía razón, aquello no era un coto restringido para practicar el Paintball, ni los proyectiles contenían pintura, ni las pistolas eran de aire comprimido. Se trataba de escapar con vida, por lo tanto el resto de aclaraciones podían esperar.

De repente, ante ellos apareció una zona despejada. Bajo sus suelas ya no había tierra húmeda, sino rocas formando un peñón.



Sònia A. Kirchen

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Editado: 26.03.2018

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