Eureka / Un verano para Encontrarte

E P Í L O G O

Música: Ganster By Kehlani ♫

EPÍLOGO

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El sol brilla con demasiada intensidad, calentando la tierra árida que se esparce varios kilómetros a la redonda del lugar que él ha decidido visitar el día de hoy.

Mientras su vehículo sigue en movimiento ve el resplandor que ocasionan los rayos solares sobre el enrejillado metálico que flanquea el perímetro de todo el edificio.

Un par de torres se levantan a cada lado y aunque aún le quedan algunos metros de tierra caliente por recorrer, alcanza a ver como los oficiales que aseguran el área apuntan sus rifles en dirección de su auto.

Cuando finalmente se detiene junto a otros vehículos que también se encuentran el área de estacionamiento para visitantes, apaga el motor. Con las manos sudorosas se despega del volante y se baja cerrando la puerta de su Mercedes antes de comenzar a caminar con una seguridad fingida hacia el portón principal donde deberá anunciarse.

De camino, toma el pañuelo que guarda en el interior de su saco y seca las gotas de sudor que se le corren por la frente. Saber que está a punto de verla siempre consigue ponerlo de los nervios.

—¿A quién visita? —le pregunta el oficial a cargo a través de una ventanilla.

—Sophia Smith —responde el hombre sin vacilar.

—Necesito ver su identificación —él se la entrega sin poner objeción. El oficial verifica su información y lo ingresa en el sistema antes de regresársela.

—Adelante —anuncia. Las rejas suenan de forma electrónica y automáticamente se abren ante él.

Es escoltado por un camino de piedras hasta atravesar unas puertas dobles de vidrio templado, reforzadas con barrotes de acero. Lo conducen hasta una habitación donde es requisado de la cabeza a los pies para comprobar que no lleve consigo algo que esté legalmente prohibido en una cárcel del estado.

—Sígame —le indica una mujer policía cuando comprueban que todo está en orden.

Lo conduce a caminar por un pasillo tan solo y lúgubre que hasta el eco que produce el tacón de su zapato de vestir con cada paso que da, resulta ser perturbador.

La mujer utiliza una tarjeta que al pasarla por el sensor de la puerta hace que la luz cambie a verde y ésta ceda para poder entrar. Cuando lo hacen, él puede observar una serie de cubículos, uno al lado del otro, varios están ocupados por personas que sostienen un teléfono sobre sus orejas y otros están vacíos.

La policía lo guía hasta uno de éstos y al caminar puede ver del otro lado del cristal a mujeres vestidas únicamente con una braga naranja y que están siendo escoltadas por una serie de oficiales penitenciarios a sus espaldas.

—Siéntese y espere aquí. La traerán en un minuto —el hombre obedece sin hacer preguntas. Después de todo no es la primera vez que ha tenido que visitarla en lugar como este. La única diferencia es que aquel era más blanquecino y no contaba con una seguridad tan reforzada.

Pasan un par de minutos y la tensión dentro de él comienza a ir en aumento, para calmarse se pone a jugar con el anillo de matrimonio que lleva en el dedo anular, hasta que finalmente la mujer que tanto ha estado esperando ver, la que ha amado por mas años de los que le gustaría admitir, aparece frente a sus ojos.

Luce radiante  incluso dentro de esa braga corriente que lleva puesta. Ella sigue viéndose como una Diosa elegante de cabellos azabaches y ojos azules brillantes.

Estar tras las rejas no la hace cambiar para nada su porte estilizado y sus distinguidos movimientos cuando toma asiento al otro lado del cristal, levanta el teléfono y esboza una sonrisa diabólicamente encantadora.

—Qué alegría tenerte aquí, cariño.

—Como siempre, la alegría es toda mía, mi amor —le devuelve él sin apartar la mirada de sus labios rojos.

Ella sonríe triunfante por el poder que de sobra conoce que tiene sobre el hombre que la mira con adoración del otro lado.

— ¿Cómo vas con lo que te encargué? —se atreve a preguntar.

—Sigo trabajando en eso —responde él aflojándose el nudo de su corbata.

—Quiero que sufra —le recuerda ella mostrándose seria.

—Tranquila. Así será, me asegurare de ello —en su voz no hay indicios de duda. Pero su conciencia le aclamaba que esa idea no está del todo bien. Que no es justo hacer lo que planean. Pero al ver la sonrisa satisfecha de la mujer, todos esos pensamientos se esfuman. Entonces coloca la palma de su mano sobre el cristal y espera a que ella haga lo mismo sobre la suya para decirle con toda certeza—: Te lo prometo.

—Lo sé. Sé que siempre podré contar contigo, amor mío.

Él esboza una sonrisa al sentirse correspondido.

—Te deseo demasiado, Sophia —jura perdiéndose en la piel pálida de su cuello y bajando hasta lo más profundo que los botones desabrochados de su braga le permiten ir.

—En dos días tengo permitida la visita conyugal —le recuerda mordiéndose el labio. Él sonríe derrochando lujuria.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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