Experimentos Proyecto Escape

XXVI

DOCE

Quizás había actuado sin pensar. Admito que uno puede perder el control de la situación cuando uno siente cómo parece estar apunto de explotarle la cabeza debido a las tensiones.

    —Doce —dijo Lex, ya sabía que lo que realicé no parecía una novedad; solo me vio arrojar el cuchillo con el que exterminé a una ardilla que estaba corriendo entre aquellas ramas.

    La criaturilla ya había quedado tajada y yo no lo podía creer.

    Así que solo arrojé enseguida el arma al suelo; y ahora estaba notando algo que antes no había podido realizar, lo cual era matar animales. Pero esa razón sucedió el motivo eficiente, el de ignorar todas las palabras de Lex que no cesaban.

    —Se nota que Kai te enseñó bien —pero ella no mostró mucho interés en el tema con respecto al cuchillo, sino indiferencia.

    —Me dijiste que querías carne de ardilla, ¿no? —le dije, molesto.

    —Entonces ya sé qué decirte cuando quiera una malteada de chocolate —dijo Lex, quien no iba a cambiar su forma personal de pensar hacía mí, ni aunque le salvara de ser comida.

    —Vamos, que se nos está haciendo tarde.

    —Está bien.

    Tomé la ardilla y después todo siguió como si nada. Me mantuve en el silencio un buen rato, de la misma forma que un niño bueno lo haría. Durante un lapso que trascurrimos antes de llegar al lago maté a unas cuantas ardillas y unos mapaches, e ignoré todo lo que Lex parloteaba sobre mí, dejando que esa nueva actividad me ayudara a despejar la mente.

    Recorrimos los caminos hasta llegar al lago y una vez ahí Lex me llevó hacia el punto en donde ella se escondía en el momento que ella y su grupo iban a pescar la comida o la cena.

    Estábamos en un pequeño lugar que, al verlo con mis propios ojos, sabía que era algo maravilloso, algo tan magnífico.

    —No puede ser —comenté, inmutado, pues estaba sin palabras.

    —¿Qué? —Lex, por otra parte, mantuvo una mirada aburrida y nada convincente con ese paraíso—. Es sólo un jardín.

    —Lo sé, pero es hermoso —dije, estaba claro que tenía palabras cortas para describir lo que veía; pues el lugar en cierta forma tenía una apariencia semejante a la de un libro que había leído y el cual se llamaba "El Jardín secreto". Un paraíso.

    El lugar era un espacio que triplicaba el tamaño de dicho lago, casi igual como la aldea de los aborígenes; en él se situaban pocos árboles y muchísimas flores que cubrían los alrededores. También había pájaros, mariposas de colores auténticos y un sinfín de criaturas pequeñas que caminaban con libertad entre las plantas, el césped fresco y la tierra húmeda.

    —¡No! —Lex exclamó, y me hizo detenerme antes de que pudiera sacar mi cuchillo, pues en sus ojos delató mucho interés.

    —¿Te pasa algo? —dije, a centímetros de tomar mi arma blanca.

    —Ya cazaste muchas ardillas.

    —¿Y eso qué?

    —Que no necesitamos tantas, de lo contrario la carne se echará a perder. Debes pensar en los demás antes de actuar así.

    —Lo dice la chica que me obligó a pelear con un tigre gigante que casi logra matarme y devorarme de no ser porque…

    —No es mi culpa que te hayas equivocado. Yo te dije claramente dónde debías atacar a esa criatura para nada peligrosa.

    Lex no iba a cambiar su carácter, de todos modos no me importaba. Me sentía listo para encontrar esas raíces e irme cuanto antes, aunque Lex no parecía compartir la misma emoción.

    —¿Lex? —le llamé, cuando vi que comenzaba a caminar detenidamente entre la maleza, como si estuviera viendo lo que el jardín podría ofrecerle, aún más que el olor y dicho polen. Eso me hacía sentir muy incómodo, ella no era así realmente.

    ¿Cómo podía alguien permanecer en ese estado, como demostraba Lex? Estaba sumergiéndose no solo de forma mental en el jardín, sino que, de alguna forma, su corazón permanecía permanentemente allí, olvidándose hasta de mi presencia.

    —¿Lex?

    —¿Eh?

    —¿Te encuentras bien? —pregunté, viendo cómo iba reaccionando.

    —Sí, es solo que este lugar me trae muchos recuerdos —comentó.

    —¿Recuerdos?

    —Sí —dijo, casi con un nudo en la garganta—. Tontería, ¿no?

    Lex no era del tipo de personas que solían compartir semejantes sentimientos tan profundos, tan únicos y muy notorios.

    Intentar saber lo que su corazón sentía podía ser algo imposible tomando en cuenta que ella siempre actuaba diferente.

    —¿Tontería?, ¿por qué? —pregunté, mostrando mi gran curiosidad.

    —Por nada en especial —se dio la vuelta, tratando de ignorar mi mirada de tonto, cuando de nuevo se volvió—. Trent solía traerme aquí —y vi sus ojos brillantes, aunque entristecidos.

    —Ya veo —dije, evitando su mirada—. Este lugar es muy bonito.



C. M. Kenday

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En el texto hay: dinosaurios, jungla, mentiras

Editado: 18.10.2020

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