— Me sucedió algo muy curioso en el bus. Iba sentado en el último asiento muy a gusto, cuando me percaté que, en los asientos del lado opuesto del pasillo, había dos chicas que me miraban. Cuando se dieron cuenta que las descubrí observándome, cuchichearon entre ellas con unas risitas y luego me enviaron varias miradas coquetas. Debo admitir, aunque me de vergüenza, que inmediatamente me sentí orgulloso de mi propia hombría, que al parecer resultaba atractivo para cualquier espécimen femenino. Sonreí de lado con suficiencia y les guiñé un ojo, generando unas risas de picardía del otro lado. Era un ganador. Mientras sonreía me vino una necesidad apremiante en el fondo de mi nariz, era un picor molesto, que ocasionó unos segundos después, un estornudo cargado de un ímpetu propio de alguien infectado por todos los virus habidos y por haber. Pero no fue sólo eso, la fuerza del estornudo ocasionó que me golpeara la nuca contra el poste de hierro que se colocaba detrás de mi asiento, y si eso ya no fuera suficientemente vergonzoso, cuando volví la cabeza en un movimiento de inercia, vi que las chicas me miraban sorprendidas para segundos después estallar en carcajadas, entendía que había sido patético, pero no era razón suficiente para burlarse de mí de esa manera, iba a reprocharles su mala onda, pero me di cuenta a tiempo que se reían de otra cosa, sentía algo frío y pegajoso que se escurría por mi nariz y boca, y fue entonces, cuando me di cuenta que tenía la nariz chorreando de mocos.
Todos estallamos en risas, menos Benjamín.
— ¡No es gracioso! — Benjamín se cruzó de brazos con un gesto ofendido — Se los conté porque pensé que hallaría un poco de consuelo, ¡Pero parece que me equivoqué al confiar en ustedes!, ¡Y pensar que nos conocemos desde niños!
— Yo no me río — dijo Helen mirándolo con amenaza.
— Ah, sabía que mi bebita me entendería — dijo Benjamín y atinó a abrazarla, pero Helen no se lo permitió, en cambio, ella tiró de su oreja.
— Auh, auh, auh, auh — se quejaba Benjamín por el tirón de orejas.
— ¿Así que te gusta coquetear con las chicas en el bus?
El resto queríamos volver a la normalidad, las cosas se habían puesto un poco pesadas, ya que Helen parecía enfadada de verdad, pero era imposible sacarse de la mente la imagen de Benjamín en el tren con los mocos colgando, así que, aunque lo intentáramos, no podíamos parar las risas.
— Ellas eran las que me coqueteaban — Benjamín se veía entre adolorido y arrepentido.
— Pero tú les guiñaste el ojo.
— Ya, ya, lo siento — Benjamín estaba suplicando por la vida de su oreja — Juro que no tuve ninguna otra intensión. Ellas parecían lagartijas a comparación contigo.
Helen le soltó la oreja, pero esta vez se giró para ignorarlo.
— No te creo — dijo con la voz afectada.
— Vamos — Benjamín la rodeó por detrás — Tú eres la más hermosa para mí.
Y con esas palabras pareció ser suficiente para que Helen recuperara el humor. Volvió a girarse para abrazarlo y besarlo.
Qué fácil que es para ellos. Están molestos, y un segundo después se devoran las bocas.
— Estás perdonado — y volvió a besarlo brevemente — Pero me vaya yo a enterar que me eres infiel, puedes ir despidiéndote de tu hombría, de la cual estás tan orgullosos.
Benjamín pasó saliva y asintió con vehemencia. Helen hablaba en serio, muy en serio.
Aunque todos sabíamos, y seguro incluye a Helen, que Benjamín no podría serle infiel, la quería desde niños, y se notaba en como la miraba, que la adoraba como a su diosa. Sólo pasaba que era algo idiota.
Para ponerlos en contexto, ahora mismo nos encontrábamos en el parque a unas calles de la universidad. Salir de noche era muy precipitado, pero Nicholas convino que tomar aire fresco le haría bien, o por lo menos yo lo convencí de ello.
Había sido difícil sacarlo de su habitación:
— ¡Nicholas!, abre la puerta —estuve casi media hora insistiendo hasta que Nicholas decidió dejar de ignorarme — Tengo algo que decirte.
Esas parecieron ser las palabras mágicas para que se abriera la puerta, y del otro lado me revelaran a Nicholas.
Mi mejor amigo me recibió con un semblante bastante cansado. Sus ojeras eran inmensas y sus ojos estaban rojos. Me ponía furiosa saber que había estado llorando por ella.
Nicholas me dejó ingresar a su habitación, la cual era un desastre monumental. Había varias cosas tiradas en el suelo, como si hubieran sido arrojadas de las mesas y estantes a propósito, seguramente en un ataque de ira.
— Yo no quise decir que no confiaba en ti. Me interpretaste mal.
— Ni siquiera lo negaste.
— ¡No me diste el lugar para hacerlo!
— Pues, ahora te doy el lugar — Nicholas se sentó en una silla y me miró fijamente — Habla.