Hecha Pedazos: Diario de una chica Rota

Página V

Hay cosas tan simples que para nosotros son tan naturales que las llamamos insignificantes. No sabemos apreciar el dulzón aroma de las flores, el frescor del mar en el cuerpo, la delicadeza del viento agitandote el cabello, la calidez de los rayos del sol o la maravillosa experiencia de observar a la luna llena rodeada de estrellas. Cosas tan simples pueden tener increíbles significados. Pueden marcar un ito.
Así es con el toque. Diariamente tocamos, rozamos o chocamos contra alguien en la calle, en el bus, en el metro. En cada lugar. Se nos hace tan normal que olvidamos lo importante que el toque es.
¿Acaso no recordamos el primer beso, el primer abrazo, la primera vez que te cogen de la mano en público o la primera vez que entregas tu cuerpo y alma a alguien más tan solo a través del toque?
Fueron momentos importantes. Inolvidables. Que cada vez que vienen a nuestra mente provocan montones de distintas expresiones en el rostro. Pueden ser sonrisas, o lágrimas, o muecas de espanto.
Cada una de ellas marcaron nuestro futuro con hierro candente.
Pero luego de esa primera vez todo se hace cotidiano. Se vuelven costumbres.
No entienden su relevancia. Yo si lo hago.
Tocar a alguien para mi tiene sumo significado desde lo que me ocurrió. Significa confianza, que últimamente no estaba muy dispuesta a entregar a cualquiera, simboliza cariño, el que sólo aparece de ese lugar oculto en nuestro pecho, y significa valentía, la valentía que estoy necesitando para hacer algo que por dentro me horroriza y me provoca temblores de miedo.
Tocar a Theo me fue sumamente fácil. Eso fue lo que más me extrañó y asustó. 
El leve roce de sus dedos en los míos fue lo difícil de aceptar. Fue como recibir un latigazo en la carne ya desgarrada pero ya entumecida por el dolor.
Caleidoscopio. Así lo llamaría mi madre. Caleidoscopio de sentimientos entre la aceptación y el desagradable miedo que de vez en cuando me atacaba.
Sentí la suavidad con la que su dedo meñique se enroscaba en el mío y olvidé casi todo. La película infantil que seguía proyectándose en la sala de niños perdió importancia. Las risas de los pequeños se apagaron con lentitud. 
Mi miedo a su toque desapareció por arte de magia.
Lo que me había sucedido se opacó por una neblina de felicidad por mi nuevo logro. Pensé en cuanto se complacerían mamá y el psicólogo cuando se los contara. 
La confianza de que tocarlo no me causaría ningún daño me provocó alivio y una sacudida a mis partes rotas que ahora se iluminaban como cuentas de mar.
Así sentí como el fantasma de Jared se sentó a mi lado. Atemorizando nuevamente mis sentidos. 
Agarré con rapidez la cálida mano de Theo en la mía. Debía sujetarme a algo o a alguien antes de que mi conciencia se espantara. Necesitaba un ancla que me atara a la realidad y en ese momento Theo lo era.
Un delicado apretón de sus manos me hizo suspirar de alivio. Jared no estaba ahí. Theo lo estaba y no dejaría que el monstruo me llevara. Sentí como el fantasma se difuminaba. 



Claudia L.

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En el texto hay: amor esperanza vida

Editado: 25.05.2020

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