Heridas Invisibles

XIV.

Con potente calor, la muralla de fuego impide que los empleados de la hacienda puedan hacer algo más que lanzar baldes con agua desde varios metros de distancia y que los extintores se acaben antes de que las llamas sientan el efecto reductor en sus raíces: están dispuestas a devorar cada tablón de madera y cada viga hasta que no quede nada. El capataz Saldivar y su hijo, Ilario, han buscado todas las opciones para abrir alguna de las puertas del establo pero algo las mantiene atoradas desde dentro y no hay forma en que puedan entrar para liberar los caballos antes de que los alcancen las llamas.

Los patrones llegan corriendo y se detienen en el mismo punto, donde el calor les impide acercarse a la pared lateral que arde con intensidad en medio de las dos mil horas, el humo les amenaza con asfixiar tanto como el fuego. Sí, se llamó a los bomberos, se buscaron formas de entrar…

—Lo siento, patrón, pero no hay manera de salvar a los animales —informa Mazariegos, con una pena terrible en su voz, más al escuchar los relinchos de los animales rogando por auxilio. Esto estremece a Adriano y le agita hasta desencadenar una tos seca incontrolable, Antonella se apresta atendiéndolo y con ayuda de doña Cleo y la joven Matilde lo logran alejar del fuego hasta que consigue aire fresco y agua para beber sus medicinas.

—Por favor, Adriano, tienes que alejarte de aquí —ruega Antonella, arrodillada en medio del césped a su lado, temiendo por su corazón. Con temple desmedido, el signore se resiste.

—¡Sí mis animales mueren, estaré con ellos hasta el último minuto! —declara, mirando con lágrimas en los ojos hacia la barbacoa cruel que consume sus preciados tesoros. Como si la visión no fuese suficiente, el olor a carne quemada les llega eventualmente, acompañada del horror y la desesperación en el corazón del hacendado. No habrá nada para cuando los bomberos lleguen.

Movimientos y gritos de más alarma distraen a Antonella del consuelo que brinda a su amado Adriano. Cos`e? Ilario pasa corriendo cargando con un balde con agua en un extremo muy opuesto de donde el incendio se ha originado: la entrada más posterior del establo. Entonces ella lo sigue y le encarga a doña Cleo y a Mati que cuiden de Adriano, diligentes, las mujeres obedecen y la miran correr en aquella dirección mencionada.

—¡Ilario! ¡Ilario! ¡¿Qué hacen?! —grita, pero su amigo apenas y se detiene para mirarla cuando se acerca su padre y le arrebata el balde, cruzando la esquina llega a unos matorrales donde el fuego amenaza con llegar en pocos minutos, entonces encuentra a Franco y otros dos empleados inmiscuidos en la tarea de enrollar una cuerda larga en un solo círculo, misma que Franco toma y envuelve con un brazo. El capataz José Mazariegos le empapa con el agua desde la testa hasta los pies, y le entrega una camisa empapada para que se envuelva la cabeza con ella, antes de cubrirse el rostro, Antonella se agita y le interrumpe—. ¡Franco! ¡Franco, ¿qué piensas hacer?

—Podemos entrar por una claraboya del techo, liberar la puerta y los animales, pero no hay tiempo, quítate —espeta, atando la camisa en su cabeza como un turbante, entonces lo mira escalar por un tubo de drenaje que no ha sido cambiado en muchos años y cuyo óxido no le da buena pinta de ser resistente. Aunque su tono brusco no le agrada, Antonella no puede oponerse al verlo avanzar con seguridad y determinación, pensando primero que puede morir, y después que teme por su vida con cada fibra de su ser.

Se pierde en el borde del techo y sólo les queda alejarse unos metros para verlo caminar por el mismo, haciendo equilibrio hasta que usa la llave inglesa que los trabajadores le dieron, rompe un vidrio y se inclina para buscar sujetar la cuerda a una viga, cuando lo logra, toma una bocanada de aire, pero desde abajo sólo le pueden ver sumergirse y no volver a hacer aparición en el cielo nocturno. Afuera, sólo queda rezar por él.

Las manos de Franco se sujetan a la cuerda y sus piernas se enrollan alrededor como lo harían en una de las pistas de obstáculos en las que entrenaba, sin embargo, la caída es muy alta y la cuerda muy corta, y desde su punto de vista puede ver que dos corceles están envueltos en llamas y los demás pronto estarán igual. Cuando llega al límite, se deja caer con intenciones de rodar y suavizar el impacto, pero aún con ésta precaución su rodilla hace un sonido extraño, se pone en pie y nota que su articulación no duele mas no responde muy bien tampoco. No importa, cojeando busca el camino a la puerta y la encuentra imposible de abrir: Alguien ha clavado maderas en ellas.

La llave inglesa que cargaba no sirve para nada, y la camisa que debía protegerle le está asfixiando casi tanto como el humo que envuelve la habitación, en ese momento, sólo puede escuchar el relinchar de los animales, el crepitar de las llamas devorándolo todo y su corazón latiendo tan fuerte. Fuerte, fuerte, ¡Canelo es fuerte!

Se apresura a buscar el establo del animal, y lo encuentra en un estado de terror, como si éste comprendiera que su presencia significa salvación, se deja montar, sin la silla apropiada y Franco lo guía hasta las puertas más alejadas del incendio. Comprendiendo la orden, con las patas delanteras el brioso Canelo azota una vez, más las puertas no ceden, comm´on!, ¡una vez más! Franco se sujeta con fuerza de las riendas y una tercera vez obtiene la libertad para el animal, pero el jinete ve el cielo estrellado pasar frente a sus ojos, seguido por una cola de humo y el techo del establo, luego, su espalda toca el suelo con fuerza y pierde el conocimiento.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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