Heridas Invisibles

I.

—Lo prometido es deuda, amigos, y como aquí en su estación, Downtown 99.1, somos hombres y mujeres de palabra, les estaremos transmitiendo, ¡en vivo!, el desarrollo del día más importante de la Feria Ganadera Estatal en Hackland. Y para aquellos que no lo sepan, estaremos contando con la presencia del Campeón Nacional de hándicap y dos veces ganador del Campeonato Handicap de las Américas, el republicano, ¡Aurelio Tierrablanca!, ¿o no, estimadísimo George?

—Apuesto las barbas de mi abuelo a que sí, Ricky…

—¿Las barbas de tu abuelo? ¿Cómo así que las tienes?

—Pues me las debe de una apuesta que hicimos, se las corta si yo se las pido, así que… Ya ves, George.

—Esa es una historia que me gustaría escuchar más tarde… Ya lo saben amigos. Que no diga que no se lo advertimos, que no lo engañen, que no le mientan, aquí le tendremos la transmisión ¡en vivo! de la Feria Ganadera y si no es así puede pasar a la estación a reclamar…

—Las barbas de mi abuelo…

—Las barbas del abuelo de George, así es. Nos escuchamos pronto, amigos. Mientras tanto, nos vamos con una selección music…

—¡¿Quién dejó la radio encendida en la sala?! —La estridente voz de doña Filomena inunda las cocinas de nueva cuenta—. ¿Matilde? Seguro fue ella. ¿Dónde está esta escuincla?

—No grites, Filo, me revientas la cabeza, pues. —La respuesta de doña Cleo baja los aires de la matrona, suavizándole el rostro. La mandamás se masajea las sienes en busca de un poco de alivio para su jaqueca, aunque tiene envuelta la cabeza en un pañuelo de colores estridentes y autóctonos de la región de Puebla para prevenirlas—. Tu hija se fue hace ratos, no fue ella. Deja eso por la paz y ayuda a terminar de envolver esas cemitas que están por ‘ay. ¡Jesús bendito!, éste dolor de cabeza me va a matar.

—¿’Tas bien, Cleo? —inquiere la otra, olvidando su rabieta al ver a la ama de llaves inclinarse para cerrar sus ojos unos segundos.

—Sí, ya estoy bien. ¡Ándale!, que se nos hace tarde. ¡Ilario! —Al ver a su hijo buscar salida por la cocina le detiene, éste se acerca con diligencia.

—Dígame, ‘ama.

—Ándate a buscar a la Matilde, que se nos hace tarde, por favor.

—Ma´… —rezonga el pelinegro, pero su madre le silencia.

—Ya te dije —farfulla sujetándole la punta de la oreja con fuerza, haciendo que Ilario se incline para intentar mitigar el dolor, pero mientras más se agacha él, su madre más fuerte le presiona el cartílago—, que no me estés rezongando. Es tarde —soltándole por fin y éste se queja—, tráela pa’ca.

—Sí, ‘amá.

Zapateando el suelo con fuerza Ilario deja la cocina y se dispone a caminar hasta su casa, ya que prácticamente son unos metros lo que le separa de la propiedad de su familia y la de los Benítez. Maldice a la chica en su mente ya que por su culpa se ha ganado una colleja, siempre ella en medio de todas pesquisas que le dan.

Camino a casa de los Benitez, se encuentra a su hermano aún sin su cambio de ropa para el evento y el instinto de hermano mayor le gana, dándole un golpe con los nudillos y una orden de cambiarse como alma que lleva el diablo, sino, no va a la feria. De la mala gana su hermano cambia el rumbo que llevaba, sea donde sea que fuese, y lo redirige hacia su casa.

Diez minutos más tarde toca la puerta de la casa de Matilde y se adentra sin esperar permiso porque claramente escucha el ajetreo en la cocina y la radio que doña Cleo, la madre de la chica, recién había apagado; ahora suena una canción country muy apropiada para el evento que les espera.

—¡Matilde! ¡Mati! —llama un par de veces, hasta que llega a la radio y la apaga, la chica en cuestión emerge del pasillo de la cocina—. Me mandan a buscarte, apúrate que se… —Olvida lo que estaba por decir cuando sus pupilas pueden tener un vistazo de la joven Matilde en su traje de “china poblana” confeccionado a la medida: la blusa blanca sin mangas con bordado de colores estridentes de seda que vio hacer a su propia madre durante varias noches, ahora sabe para qué o quién eran; la falda con su sección superior verde chillante y la parte inferior cubierta con lentejuelas y un color rojo intenso que se le impregna en las retinas, pero son los bonitos ojos almendrados de la joven y los labios pintados en rojo granate lo que le hipnotizan más, enmarcados en dos trenzas adornadas con cintas a juego con su falda.

—¡¿“Qué se” qué, pues?! —inquiere ella, exasperada, con un ojo en la cocina y otro en él, sólo entonces Ilario reacciona y recobra su dominio propio.

—Qué es tarde, apúrate.

—¡Achís! ¡Voy, voy! —brincando con prisas sale disparada para la cocina e Ilario la sigue—. Esas cajas ya están listas, llévalas, por favor —le señala, terminando de preparar otros utensilios. Ilario obedece adentrándose a la cocina de su vecina, dando un vistazo a la parte trasera de su vestido ya que puede—. ¿Qué me ves? ¿Soy o me parezco? ¡Ah!, ¿te gusta mi vestido?



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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