Historia de Amor

Capítulo 3: Fuera de lo común

La pelinegra agachó la cabeza, prestándole atención a su libro nuevamente. Comenzó a perder el interés en mí. Tenía que impedirlo. No se me ocurrió otra cosa más que saludarla.

- Me llamo Ludwing, ¡Ludwing Benites! Tú eras Matilda, ¿verdad?

Hablarle hizo que volviera a dirigirme la mirada. Esta vez me sonrió y me regresó el saludo, seguido por una afirmación. No obstante, al poco tiempo me dibujó una mueca de fastidio, como si mi pregunta la hubiera incomodado en demasía.

Entendí entonces que acababa de arruinarlo todo.

Derrotado, me dispuse a salir del salón consolándome con que al menos nadie había presenciado nuestro fugaz y torpe encuentro. Levanté la mirada para apreciarla una última vez antes de salir en busca de mis amigos, descubriendo así el nombre de su libro.

- ¿Cuauhtémoc Sánchez? Es una de sus obras, ¿verdad?

Matilda volvió a fijarse en mí, ahora con un rostro incrédulo, dejando de lado el encuadernado para contestarme. Su semblante había cambiado por completo otra vez, y junto con ella su interés. Ahora fue ella la que quiso saber algo de mí, por lo menos mis gustos literarios.

Le conté que era un fanático de su trabajo, y que me había leído casi todo su repertorio de novelas. Desde las más románticas y melosas, hasta los de autoayuda y superación personal/familiar.

Di un par de pasos al frente, muy lentamente, dispuesto a aproximarme hacia su carpeta. Cada vez eran menos los pupitres que nos alejaban.

- Hoy en día son pocos los chicos que leen por voluntad propia. No pensé que tú también formaras parte de ese pequeño grupo. Aunque bueno, siendo sincera si tienes la pinta de uno.

- Antes no leía mucho. Fue gracias a mi mamá que pude cultivar el hábito. Las novelas de Cuauhtémoc me ayudaron mucho hace un tiempo. Él… ¡él es mi héroe! _mi escenario era completamente prometedor. Ya tenía su atención, mi trabajo ahora era saber mantenerla_. De hecho, fue gracias a eso que también me inspiré a escribir, aunque no lo hago con frecuencia. Solo en mis tiempos libres.

Me había empezado a gustar ser la fuente de sus exclamaciones.

- Vaya, eso sí que no me lo esperaba _sonrió ligeramente_. Entonces dígame señor escritor, ¿qué más has leído sobre él? _su interrogante vino acompañada por una invitación. Su cuerpo se desplazó hacia un lado para que tomara asiento en su carpeta.

No dudé en corresponderle. Agregué luego que mi libro favorito era el que estaba leyendo en estos momentos, aquel en donde dos estudiantes se enamoran mientras experimentan el amor y el sufrimiento por parte de sus demonios personales. Todo durante su adolescencia.

- Fueron novios sin serlo _concreté con miedo_. Aunque siendo sincero, no me gustó del todo su continuación. Espero que algún día salga una tercera parte en donde expliquen las cosas que la secuela no hizo.

Lo que sucedió a continuación fue algo que no me esperaba. Me dijo que no bromeara con eso, ya que según sus palabras: “Si existiera una secuela, ella ya lo sabría”.

- Es en serio _reafirmé, convencido_, aunque no es muy conocida por esta parte de Suramérica. Creo que lo único rescatable son sus primeros capítulos y el final que fue inesperado. Yo…

Matilda frunció el ceño. Nuevamente, lucía enfadada conmigo.

- Si vas a contarme la historia, ya mejor no me la compro _bramó.

- Perdón, me emocioné _mis excusas no la convencieron_. Si deseas te puedo prestar mi copia original. La tengo guardada en mi casa, creo que tú le darías un mejor uso que yo. No sé… ¿Te gustaría?...

Un movimiento rápido de cabeza, junto a un “sí” lleno de emoción, fue suficiente para plantearme un nuevo objetivo: encontrar el libro antes de que anochezca. Era increíble la manera en como podíamos relacionarnos pese a ser literalmente un par de desconocidos. Teníamos un punto fuerte en común, pero no fue el único por más raro que parezca. Al igual que yo, tampoco era muy fanática de los deportes ni de los lugares ruidosos, resaltando casi al instante que estar a solas en el aula le trajo mucha calma.

Deseaba que nuestra conversación nunca se terminara. Pero mi propio sistema digestivo me jugó en contra, recordando que había quedado en alcanzar a mis amigos en el quiosco.

- ¿Quieres ir a la tienda a comprar algo? _le propuse entonces con amabilidad, poniéndome lentamente de pie para extenderle la mano.

- Lo siento, pero no puedo acompañarte _respondió con tristeza, liberando un leve suspiro para luego volver a retomar su lectura. No obstante, le insistí de buena fe asegurándole que le haría bien tomar un poco de aire fresco_. ¡TE DIJE QUE NO! ¡NO FASTIDIES!

La rabia que desbordaba por sus ojos fue lo único que necesité para entender que debía de alejarme cuanto antes. Pensé que quizá y había ido muy rápido con ella. Aunque poco o nada me duró esa idea en la cabeza ya que al salir del salón, Evans y los otros me abordaron con prontitud, tomándome desprevenido.

Habían estado observándonos todo este tiempo desde los exteriores del salón. Y por supuesto, eso fue suficiente para que comenzaran a molestarme con ella románticamente y a viva voz.

- ¡Vaya bateada que te dieron! _exclamó Alfredo con euforia_. Quien pensaría que esa chica si tenía su carácter. ¿Qué le dijiste para que reaccionara de esa forma?



Irvin Proleon Benites

Editado: 27.01.2021

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